Publicado por rubengarcia en diciembre 7, 2011
Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume y a la cereza para ser tostada. La vainilla y el café maduran en los asoleaderos. Son mujer y varón. Ella perfuma la vida diaria, y él todos los días, como una campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa antes de encontrarse con el trabajo.

La gente de Cox tienen en sus patios plantas de café con sus hojas que parecen boleadas con aceite, su brillo entorpece la mirada. ¡Qué espectáculo cuando los cafetales florean! El color blanco es tan tupido que podría decirse que nieva en el trópico. Los niños miran crecer la cereza y contemplan cómo el rojo se apodera, milimétricamente, de la circunferencia. Cuando está lista, la engullen, pues es como una gota de melaza. Las señoras dejan que el fruto seque en la mata. La cosechan con su dulce y luego con morteros pequeños quitan sus ropas, hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro, bajo el amparo de su sapiencia. Al cobijo del fuego, se dispersa el aroma y ambos, vainilla y café, revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio en la memoria.
Hay en Cox olores de madrugada, vespertinos, nocturnos y olores de canícula. El santo olor del pan que se esparce tumbando paredes y acariciando el gusto, pan de la mañana, pan de la tarde, batidas con huevo de rancho y canela. Olores de noche que las plantas dispersan en cielos abiertos, olores de jazmín caminan, trotan y vuelan de los árboles, hasta el regocijo de las mecedoras.
Había aromas desagradables; llegaban en temporadas de sequía cuando las aguas negras corrían perezosas por la cañada y dejaban escapar su fetidez. En algunos lugares tenías que pasar corriendo para evitar la nausea. Por eso, cuando llegaban las aguas, el pueblo se lavaba y esparcía en el ambiente la recompensa: el olor a tierra mojada.
Los panaderos amasaban la harina y con habilidad, la tejían en variadas formas, cociéndola en hornos de barro. El olor a pan se ofrecía antes de abrir el día y poco antes del crepúsculo. Un día, conocí Leer el resto de esta entrada »
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