Publicado por rubengarcia en enero 30, 2012
Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches escucho los horrores de aquel momento. la cortina se mueve, suspiro y trato de dormir; aunque el presente me propone un final cercano.
Sudoroso y tenso, percibo los latidos desordenados de mi corazón. Con esfuerzo me siento y voy al baño. Orino sobre la blancura de la taza y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado. Camino
a tientas hacia la cocina para tomar agua: me calma el ardor y mi panza se vuelve tolerante.
Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano subordinado, que vive gracias a Dios y a las medicinas.
Sin embargo, mis parientes han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán.
Cuchichean en los pasillos: cómo irán vestidos cuando esté en el velatorio, qué bocadillos darán y discuten, si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Sí; ¡tengo deseos de abandonarme a la corriente! No soporto este duelo diario, mas una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.
Y entonces sobreviene el recuerdo de cuando tenía diez años.
Vagaba por el malecón y me distraía mirando el río. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan. llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos gastados.
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