Archivos de la categoría ‘GENERAL’
Publicado por rubengarcia en mayo 25, 2012

Después de bañarnos subía mis piernas sobre su regazo, con habilidad masajeaba mis plantas y cortaba mis uñas,
luego retozábamos hasta la media noche. Un día, furiosa me gritó diciendo que la engañaba
y blandió el machete; la desarmé y sucio de ira, de un golpe le cercené la cabeza.
Desde entonces ando a salto de mata y el dolor se abre en los dedos cuando tropiezo con las piedras.
¡Nadie como ella! Tenía mano de santa para restaurar mis pies.
Pueden verla con imágenes en :http://www.youtube.com/watch?v=u2PXKKaeV-E
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Publicado por rubengarcia en mayo 23, 2012
En mi dormitorio la cama es blanda, con sábanas rojas de seda, y las almohadas blondas y frescas. No tengo lámparas de noche, me gustan las velas de colores. Apagaré la luz y si me sonries prenderé una con aroma a canela. Como hace calor dormiremos solo con las sábanas. ¿Te presto pijama o duermes sin ropa? Bien ¿Qué quieres qué me ponga? Yo suelo dormir con una camiseta. Me desnudaré, pero, ¡no mires! Cierra tus ojos. ¡No hagas trampa! ¿Quieres que me perfume? ¿O me prefieres natural? ¿Te metes a la cama? Por fa, arremanga el lienzo y descubre el sitio para que me cobijes. ¿Sabes de que me rio? Siempre tengo los pies fríos y deseo entibiarlos con el calor de tus piernas ¿no te enojas?¿ apago la velita o quieres dejarla así? Me recuesto en tu pecho y le digo en voz baja a tu corazón: me encanta que estés en el lugar que sueño cada noche, es la primera vez, que un hombre se acuesta conmigo en este lecho. Es la primera vez. ¡No me defraudes!
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Publicado por rubengarcia en mayo 18, 2012

Con cariño para: Stellamantrana y José Cruz jr.
Me recuesto en el asiento mullido del autobús y, logro un recuento de lo que me acontecía hace más de sesenta años. El ómnibus rodea la ciudad y, el paisaje fluye veloz. Estas tierras parceladas, eran exuberante selva. Pronto llegaré a la brecha de los Barriles y allí me apearé.
Los árboles que conocí, los cercenaron. Los recuerdo enormes, colmados de heno, con raíces gruesas y barbas, que salían de la obesidad del tronco. Sólo dejaron el zapote. En aquellos tiempos era un mozuelo que se abría. Ahora es el único gigante que mira hacia los pastizales donde rumia el ganado. La brecha, actualmente es un camino de terracería, pero, me llevará por el sendero que transitaba con mis mulas, cargadas de refacciones e hilos.
—¿Le alquilo un caballo? -dije al ranchero. Se quedó incrédulo.
—¿para qué? Solo espere al autobús y le dice al chofer donde desea bajarse. Además si lo tumba el caballo, no creo que aguante el golpe.
-No se preocupe, se montar bien y si algo me pasara, le dejo el costo del animal.
El caballo tiene paso ligero y responde. ¡Esto es placer! Lo del camión, con asientos mullidos es: comodidad. Lo escucho resoplar, es fiel a sus instintos. Él soporta mi peso y yo acaricio sus crines, le hablo y parece entenderme.
Salimos de la carretera y tomamos la vereda. Es el viejo camino a dos arbolitos. Leer el resto de esta entrada »
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Publicado por rubengarcia en mayo 16, 2012

Despierto en la madrugada con la boca seca. Voy a la cocina, abro la nevera y saco la jarra,que en vez de agua contiene una cara con la boca abierta por donde sale una lengua polvosa y aplanada.Tengo sed, me dijo con voz aniñada. Con violencia me incorporo de la cama con lumbre en la garganta y mi corazón a galope. Estoy inmóvil y aniquilado esperando la mañana.
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Publicado por rubengarcia en mayo 14, 2012

No era difícil que él descubriera mi culpa. Si me hubiese tocado se habría dado cuenta de mi piel enfebrecida, del calor que me dejaron unos besos ajenos, el latido de mis senos y el rocío de mi intimidad. Me alejé, no quise que me rozara con sus manos y que me despojara de las sensaciones que tú dejaste. Me quedé sola, con el pensamiento distante y pegando un botón que se derretía entre mis dedos. ¡Dios! Sólo las puntadas que atravesaron sus pequeños huecos saben mi secreto.
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Publicado por rubengarcia en mayo 8, 2012
Marchan los borrachos dando traspiés por el camino terroso. Van de dos en dos haciendo altos súbitos. El más sobrio es quien lleva la garrafa de caña. Son cuatro litros que pondrán al centro. Ellos acomodarán sus traseros alrededor del galón y terminarán cuando no quede olor a caña. Éste es su sitio preferido: un solar baldío donde la
hierba crece y un árbol de naranja agria los provee de sombra y fruto.
Estarán tomando en cofradía. Brindando por lo que pudo ser y no fue. ¿Por qué más brindaran? ¿Por la mujer que abandonaron, por los hijos que no han visto, o por el rencor que tienen acumulado?
El final es una calca de otros ayeres, quedan tirados y camuflados por la hierba. Hay uno en pie, es un perro que siempre los acompaña y convidan de lo que comen y beben y él agradecido lame cara y boca, mientras ellos sueñan y sus manos anestesiadas acarician la testa del can.
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Publicado por rubengarcia en abril 30, 2012
Mis manos viven en el río de tu espalda,
y veo en tus párpados la sospecha de un sueño.
Es perfecto el trapecio de tus pechos,
que van y vienen,
como ondas de agua.
Resbalan mis dedos dándole libélulas a tu nuca,
y mis labios son un tigre que piensa en gacelas.
Tus pestañas tiemblan por instantes,
y sólo murmuran crucigramas.
Sentado me extasío en la belleza de tu espalda,
tu pelo -corrientes que silban-
se bifurcan en la curva de tus hombros.
Tus hombros son dos mundos en el cielo y
cuando cruzas tus manos como pájaros en vuelo
me olvido de mis ausencias,
y entiendo que eres un renacimiento.
Tejo mil aventuras cuando recorro el surco de tu espalda.
Lo lleno con agua,
navego, escalo y
le siembro flores con aromas lejanos.
Oh señora han pasado mil años
y sueño que vivo en las colinas de su espalda.
Déjeme ahí para ponerle sus ojos a la luna,
para ser un eterno caminante,
y sembrarle estrellas subterráneas.
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Publicado en GENERAL, POESÍA | 20 Comentarios »
Publicado por rubengarcia en marzo 15, 2012
Eran las tres de la mañana y el frío intenso del altiplano de México se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un sudor perlaba su nariz, que hacía contraste con la oscuridad de sus ojeras. El cabello era nido de finas gotas de agua que parecían dibujarle una diadema. Apretaba las mandíbulas y la lividez de su cara se acentuaba cada vez que el dolor oprimía.
Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta, se había hecho bolita y dormía profundamente. Los cubículos estaban separados por cortinas de plástico que corrían por los tubos de acero inoxidable. Le daban al espacio una privacidad asfixiante, por los vapores del yodo y el tufo adosado de los enfermos.
Nos reconocimos. Ella estudiaba para auxiliar de enfermería y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo, fuimos a una ciudad cercana, paseamos por el parque y juntos disfrutamos de un helado. De regreso, en el autobús, recostó su mejilla en mi hombro y su mano cayó sobre mi muslo. La abracé, y con los dedos frotaba la cima de su pecho, mientras mi boca reconocía el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó a más; simplemente, dejé de verla, no sé por qué. — ¿Eres el único médico aquí? — Sí. — ¿No hay nadie más que tú? — No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo? — Me da vergüenza. — ¿Vergüenza? ¿Por qué? — Tú sabes… No puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros. — Por eso mismo deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención? Dime, por favor. Poco a poco, se fue relajando y platicándome su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar, quien la llevó al baño, le pidió que se despojara de su ropa interior y, envuelta en una bata, volvió con ella para que se recostara en la camilla, y yo pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante de látex, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, ¡pero los momentos eran tan opuestos! ¡Qué lejos y cerca estaba la penumbra del camión! En aquellos momentos, su respiración crujía e iba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que parecía avasallarnos. No recuerdo qué fue lo que nos detuvo y nos despedimos. En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en el interior de su anatomía y buscaron los vidrios que rompían la continuidad de sus tejidos. ¡Sabía ya qué la estaba matando! Me comuniqué con el jefe de la guardia, quien estuvo de acuerdo y pidió con urgencia la presencia del anestesiólogo. Por un momento, nos quedamos solos. Me miró con ojos lejanos. Hubo un abrazo sin fuerzas y un beso tierno en la boca. Luego, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas, resbalando a tientas por mi cuello. Me dio otro beso. — Por si no te vuelvo a ver. – Me dijo. Se fue con su cita a la unidad quirúrgica. Yo tenía más consulta y los recuerdos calientes. Afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.
LOS PASILLOS DEL HOSPITAL
Los pasillos del hospital se iluminan con luz fría. Son transitados con prisa. El camillero que lleva una embarazada, un enfermo o un herido desangrándose hacia el quirófano. También corre la enfermera con su carrito de medicinas porque hay un infartado en algún cuarto. Por los pasillos caminan los familiares deshechos en silencio, otros, callando gemidos con el pañuelo en la boca. Van y vienen penas y esperanzas. Las embarazadas caminan de un lado a otro, cargando el peso de su vientre, algunas platican en silencio, otras piden a la virgen que el niño no tenga malformaciones. Por los pasillos del hospital corren historias bajo una luz fría. En los pasillos que dan a la sala de espera de urgencias, hay preocupación, angustia y una miríada de oraciones que buscan salida al cielo.

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Publicado en GENERAL, UN PUEBLO EN LA MONTAÑA | 14 Comentarios »
Publicado por rubengarcia en marzo 1, 2012
Un día, mi querido amigo Celedonio me preguntó que dónde había aprendido a sacar niños, y le conté que de estudiante pocas oportunidades se tienen de atender partos, que el verdadero fogueo inicia cuando ingresamos a la vida hospitalaria, como interno de pregrado. La primera vez que me tocó hacer guardia en el hospital, el médico jefe me dijo: “Mira tú te vas encargar de esta ala del hospital, aquí se internan las que están en trabajo de parto y tu labor consiste en ir evaluando quién se va a la unidad de atención y debes mandarlas cuando el cuello de la matriz tenga cuatro centímetros de dilatación. Así que debes estar pendiente”
La enfermera joven, morena, con ojos de paloma y cejas que se tocaban en su extremo medio, dijo: “Doctor, la paciente de la cama doscientos veinte está alterada. Seguramente puse cara de estúpido, pero ella, sonriendo, habló “vamos a revisarla”. Fui con ella. La paciente daba la impresión de estar siendo golpeada por alguien. De un carrito sacó un par de guantes y los puso frente a mí. Mi torpeza debió ser evidente para calzármelos, así que sacó otro par, porque seguramente había contaminado . Pero ella, sonriente, exclamó “perdón, estos sí son del tamaño de sus manos”. Fueron momentos en que me puse a sudar tanto como la paciente; “los pinches guantes no calzaban bien en mis manos”. Cuando por fin lo hice , ella le habló con cariño a la mujer y ésta empezó a tranquilizarse. Pude al fin meter mis dedos dentro de la cavidad vaginal, pero una vez
dentro, éstos estaban hechos bolas, sólo sentían lo blandito y tibio del tejido. La enfermera me preguntó: “¿Cuánto tiene de borramiento?” Me quedé callado y volví a meter mis dedos. Ella se puso unos guantes con una facilidad que me hizo sentir vergüenza. Le hizo tacto y me dice en confidencia “tiene como un ochenta por ciento y tres de dilatación”. Toqué, toqué de nuevo, y seguí sus consejos. Poco a poco lo oscuro se hizo claro. Han pasado los años, pero la memoria de mis yemas sigue fresca, si en este momento hago tacto a una señora en trabajo de parto, diré con exactitud cuánto tiene de dilatación y borramiento, pues la yema de los dedos nunca olvida. La enfermera será siempre tu gran compañera si le das su espacio, su lugar y ganas su afecto.
El hospital donde realicé mis prácticas estaba recién hecho y no había más que los médicos especialistas de base y once internos que recién egresamos de los cinco años que exigía la carrera. Treinta y seis horas continuas de trabajo, por doce de descanso. Cuando terminábamos la jornada, lo único que deseábamos era dormir y dormir. Así que subíamos las escaleras reptando los escalones, para tirarnos a la cama. ¿Cómo es que no explotamos? Pues había médicos que nos hacían pedazos el ánimo y otros que, como verdaderos maestros y amigos, nos daban mucho de ellos. Otra forma de evadirnos era jugarnos bromas y aceptar que una serie de sonrisas hacen la angustia más llevadera. Mi preparación dio como resultado atender los partos con éxito, y cada vez que hacía las disposiciones para atender una situación complicada, recordaba las bromas que jugábamos.
Urgencia en la sala de partos
En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede. Con un trapeador, el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos, los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares, están de pie. De pie es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan. Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. Si acaso se oye una radio que da la hora. Los que toman las decisiones críticas, o sea los especialistas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.
En el piso (así llamamos al sector de hospitalización), las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras (algunas, ángeles; otras, no tanto) aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina. El puente entre la paciente y la institución son los internos, médicos de pregrado, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen en el cuello de la matriz cuatro centímetros de dilatación. Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es
conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado es no tener “Camachos”. En el momento exacto, a esa hora crucial, preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.
A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero, ese sí, clavado en la vena. Dos internos guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que normalmente hacían los camilleros. El jefe, en el silencio del hospital, daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. — ¡Camacho! ¡Camacho! ―vociferaba con angustia, nuestro equipo.
El escándalo despertó a todo el mundo. Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención de la parturienta. Los internos de pediatría acudieron a la sala para recibir al nuevo ser y, los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud su uniforme esteril. Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades para que las apoyara en las pierneras y quedara en posición. Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo. — Ya, señora; todo va a salir bien —y, por dentro, muriéndonos de risa. El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. — ¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado. No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco. El jefe de internos, Durazo, escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.
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Publicado por rubengarcia en febrero 24, 2012
EL NIÑO ATRAVESADO
Al violinista le conocía porque vivía casas abajo de doña Licha. Nunca, había tratado con él. Alguna vez, le vi en las fiestas del pueblo. Con tendencia a ser gordo, de calzón y con un pañuelo rojo en el cuello y su nariz de cotorro que se acentuaba cuando se ponía el violín en el cuello. El problema: su esposa no podía dar a Luz. El día había sido intenso. Casi dormía cuando escuché que tocaban la puerta. — ¡Qué sucede! — Médico, mi esposa no puede aliviarse. Rumbo a su casa, dijo que había dado a luz a un niño, pero había otro que no podía nacer. Cuando llegué a la vivienda, divisé a la parturienta en el suelo, acostada sobre un tapiz que tejen con la hoja de la palma y que lo nombran petate. La luz de los candiles bañaba de cobre la pieza y la palidez de la señora se hacía robusta. Sobre ella, una manta la arropaba. Sus manos
parecían cargar su vientre y gemía con discreción. Al verme, las comadronas se apartaron cuchicheando en su dialecto. Les dije que no se fueran y el esposo se los repitió en totonaco.
El cuarto estaba dividido en dos, por un gran lienzo de manta. En una, dormía la prole; y en la otra, su mamá daría a luz un nuevo hermanito. Las cosas habían cambiado y ellos no imaginaban que el ser que siempre les había protegido, pedía ayuda. En las viviendas puede que no haya sillas, trasteros o camas, pero nunca falta una mesa fuerte y amplia donde sitúan las imágenes de Jesús, la virgen María o nuestra señora de Guadalupe. Todos los días, encienden una veladora y es una forma de pedimento. También, están las fotos de los que se han ido y la luz, es una manera de decirles que están presentes.
Me incliné aluzando con una lámpara de mano. El cansancio reflejado en su cara, dibujaba con exactitud que la fuerza que le quedaba era muy breve. Contraía los músculos de las mejillas y de la frente, cada vez que el dolor trituraba su abdomen. Al tocar la piel de su cara, resbaló por mis yemas un sudor frío. Le pedí a las señoras que sostuvieran las piernas para hacerle un tacto y darme cuenta de lo que había dentro. Se me vino a la cabeza, la vez que hice el primero y escuché la voz del maestro que me preguntó: “¿qué siente?”, y contesté con voz abochornada: blandito y calientito.
Hoy, en esta madrugada, sólo estaban las comadronas, las imágenes, la luz de las velas y una mujer atrapada. Los especialistas, los quirófanos estaban muy lejos. Me calcé el guante de látex, lo bañé de agua para quitarle los restos de talco e introduje mis dedos, a lo lejos la voz del maestro: -Recuerden las erres: si es redonda, regular y resistente, el chamaco viene de cabeza. Si es redonda y blanda, viene de nalgas; si no encuentran nada de eso, busquen los pies, los brazos del producto y, después, las manos y traten de saludarlo. Si su mano encaja bien en la de ustedes, entonces, tendrán una idea de cómo está situado el niño en el útero.
No había dudas, el bebé estaba atravesado y Leer el resto de esta entrada »
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