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		<title>Un paseo por la montaña VI</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jan 2012 17:47:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[UN PUEBLO EN LA MONTAÑA]]></category>

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		<description><![CDATA[ALGUNOS PACIENTES Los ahorcados —Es camino a Chumatlan, no hay pierde, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen. — ¿Ahorcados? — Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban gente. No fue difícil dar. Reconocí al enfermo: muy delgado, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1821&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>ALGUNOS PACIENTES Los ahorcados<br />
—Es camino a Chumatlan, no hay pierde, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen. — ¿Ahorcados?<br />
— Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban gente.<br />
No fue difícil dar. Reconocí al enfermo: muy delgado, respiraba con dificultad y con fiebres que lo llenaban de sudor por las noches. Tos de meses. Un mal con siglos de historia y que conocemos bien: “Enfermedad de pobres con tratamiento de ricos”, nos decían los maestros. De poco sirven las medicinas, si no hay una buena alimentación. Por más que miraba y miraba, sólo había pobreza. Por fortuna, traía medicinas para el mal, pero habría que insistir que con un mes de tratamiento no bastaba. En aquellos tiempos, se tardaba un año para completar el proceso. ¿Y el alimento, de dónde lo sacarían? En el pueblo, cada semana mataban res y cerdo, dos o tres veces. Gallinas en el patio no se veían. —Come cada tercer día carne de tlacuache. Con eso empezarás a engordar, pero no te olvides que es un año de tratamiento.<br />
Dejé de verlo, y en una ocasión, el día de la plaza, entre tanta gente, una persona joven me enfrentó. — ¿Ya no te acuerdas de mí? Qué difícil, la verdad nunca he sido buen fisonomista y cuando la gente <a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cox1.jpg"><img class="wp-image-1822 alignnone" title="coxquihui" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cox1.jpg?w=515&#038;h=786" alt="" width="515" height="786" /></a>pertenece a una etnia y visten igual, pues mucho menos. — Yo soy el enfermo que fuiste a ver a la salida de Chumatlan. Tengo la casa debajo de los “ahorcados”. — ¿Tú eres..? Mi sorpresa consistía en que éste se veía gordo, luciente, enérgico. — ¿Te sigues tomando las medicinas? —Sí, pero lo que me está curando es la carne de tlacuache que me recomendaste, pero ya me chocó. ¿Puedo comer carne de gallina?<br />
LA GASTRITIS<br />
Había otros pueblos de la sierra que tenían mejores condiciones. Disponían de un centro de salud, luz eléctrica y vías de comunicación. Era el caso del pueblo de Coyutla. Aunque estos poblados están al pie de la sierra cuando el calor aprieta, se siente el pellejo colmado de ardor, pero teniendo luz, un ventilador mitiga el sofoco. Tuve un amigo que hizo su servicio social unos años antes de que yo hiciera el mío. Una noche que compartimos, me hizo la siguiente confesión: -En tres días no hubo luz en el pueblo. El sol rompía y mi cuerpo era una esponja seca. El ventilador parecía meditar. Había terminado la consulta. Pronto, darían las dos de la tarde, y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba, mentalmente, qué amigos podrían estar dispuestos, pero todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de consulta, llegó un paciente. Entre el bochorno, el sudor que brotaba de mi testa, le comuniqué, que tenía una gastritis y que debía tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes. Nada de chile, nada de grasa, nada de caña y venga dentro de quince días. Cerré el consultorio y fui a dar de vueltas al centro del pueblito con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio, nada como algo frío en la mano y una buena plática. Sin embargo, a esas horas, encontré lagartijas, señoras comprando de última hora, pero ningún amigo. Estaba bajo la sombra de un árbol cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Le abracé, y pronto charlé como si no le hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito. — Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta— y a empellones le metí a la cantina, ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo ¡Salud! — Yo tengo gastritis, no puedo tomar. — ¿Quién dice que no? — Pues usted. — Yo no me acuerdo. — Me lo dijo hace como una hora. — ¡Qué memoria tengo! ¿Y qué te dije? — Que no podía comer, ni chile ni grasa. — ¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa. — Pero irrita. — Bueno, irrita, si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces&#8230; ¡Salud! De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, tomó resuello y me dice: — Médicos como usted, hay pocos. ¡Me caí de madre! Yo no le hacía caso, sólo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.</h4>
<p>CUANDO UN RICO SE ENFERMA<br />
Fue en la madrugada. Tocaron a mi puerta. Supe que la esposa de Walo tenía un fuerte dolor. Poco después, iba rumbo a su rancho, adolorido por el golpe que tuve al caer del caballo brioso. Acostumbrado a mi yegua, jalé la rienda sin precaución, y el caballo relinchó. Iba imaginando cómo fue mi caída y la suerte que tuve de no lastimarme, ya que el suelo era rocoso. Me reí, tengo dura la cabeza.<br />
La señora de treinta y tantos años, refería un dolor bajo la costilla del lado derecho de gran intensidad. Descarté inflamación de apéndice y administré analgésicos. Media hora después, el dolor cedió. Cuando su marido me preguntó si le volvería el dolor, le dije que sí. -Requiere estudios y probablemente termine en cirugía.<br />
Horas después, llegó una avioneta. Más tarde, abordaría un avión para que la trasladase a la ciudad de México, a un centro hospitalario de lo mejor en aquel entonces. Poco antes del mes, había regresado, con menos kilos y con una cicatriz en el abdomen. Los ricos de todos lados así se curan, siempre y cuando, la vida les dé oportunidad de llegar al hospital.<br />
El pobre se cura con hierbas y a la buena de Dios, también, si tiene suerte de encontrar pasante y medicina. Porque si no hay medicina, de qué sirve el mejor diagnóstico. Es real decir que el médico deja de ser médico cuando carece del recurso. Se nos olvida que debemos conocer sobre medicinas alternativas y, llevar una buena estrategia educativa para enseñar y promover la salud: con el paciente, con los grupos, en un marco de respeto a su cultura.</p>
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		<title>Un paseo por la montaña(V)</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jan 2012 18:48:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[UN PUEBLO EN LA MONTAÑA]]></category>

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		<description><![CDATA[El consejo de un maestro hacía eco: “si ven a un dentista en el pueblo, quiere decir que hay recurso, pues los servicios de ellos son caros”. Era cierto que en el pueblo no había un odontólogo de forma permanente, pero llegaba uno cada mes que recorría las comunidades de la sierra. El pueblo de Cox [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1810&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4><a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cox.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1816" title="cox" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cox.jpg" alt="" width="640" height="480" /></a>El consejo de un maestro hacía eco: “si ven a un dentista en el pueblo, quiere decir que hay recurso, pues los servicios de ellos son caros”. Era cierto que en el pueblo no había un odontólogo de forma permanente, pero llegaba uno cada mes que recorría las comunidades de la sierra. El pueblo de Cox estaba en su itinerario. Nunca  lo conocí personalmente, pero sí por las consecuencias de sus tratamientos. Cuando no había muelas que sacar, simplemente, se cambiaba de profesión y le daba por recetar.<br />
—Doctor, va a pasar mi hermano por usted. Mi papá está enfermo.<br />
Arreglé el maletín y, sobre la yegua de nombre Gurrumina, salí a ver al enfermo.</h4>
<h4>Fueron como dos horas de camino. Setenta y tantos años. Delgado. Lo encontré acostado con aparente buen estado general. Se quejaba de un dolor en el abdomen, del lado derecho, a nivel de la cicatriz umbilical. A veces,  colmaba en la boca del estomago. Dolor de pequeña a mediana intensidad que tenía día y medio de haber iniciado. Él le echaba la culpa de su enfermedad a unos elotes tiernos que había comido por la noche. Lo exploré con toda la atención puesta en el dolor. Recordaba a mi maestro de salud pública: “la muerte campea en los extremos de la vida”. Repetí la toma de la temperatura, tanto axilar como oral, y encontré que estaba por encima de los 37.5 grados, sólo unas décimas. Me tardé en revisarlo, pero al final, deseaba de todo corazón el apoyo de los datos de laboratorio. Allí, no había. Sólo un paisaje de vacas pastando, gallinas correteándose en el patio y guajolotes esponjados.<br />
— A tu papá hay que trasladarlo a un hospital; el dolor que tiene puede ser causado por el apéndice inflamado. Requiero<span id="more-1810"></span> de análisis de laboratorio y radiografías para decirte qué es lo que tiene — le dije al hijo mayor. Mañana, si el tiempo favorece, hay que viajar en avioneta y llevarlo al hospital civil, donde se le estudiaría y en caso de ser operado, el costo es mínimo. Si deseas, voy con ustedes, algunos amigos míos trabajan allí. Además, tengo que ir a la ciudad por un asunto familiar.</h4>
<h4>En honor a ser familiares de Doña Licha, no les cobré; en correspondencia, me dieron una calabaza y me invitaron a comer un caldo de gallina acompañado con tortillas recién salidas del comal. Pensé que a la mañana siguiente los vería en el “aeropuerto”, pero no fue así. Regresé un día después y por casualidad me topé con el hijo mayor, frente a la puerta de mi consultorio.<br />
— ¿Qué ha pasado con tu papá?<br />
— Ya está mejor médico.<br />
— ¿Mejor?<br />
— Ese día, pero más tardecito, llegó el dentista porque a mi esposa la está curando de una muela. Le contamos de mi papá y aprovechamos para que lo viera. Él, también, sabe de medicina y no estuvo de acuerdo con su diagnóstico. Le aplicó tratamiento para los parásitos y la infección, y mi papá ya se siente mejor. Se le quitó el dolor, la calenturita y sintió hambre.<br />
-¡Eran parásitos médico!<br />
Eso fue lo último que dijo y soltando la rienda de su caballo, siguió su camino.</h4>
<h4>Días después, supe que el anciano lo llevaron de urgencia. Lo atendieron con un cirujano particular, muy reconocido. Quince días duró internado. Por fortuna, el mal tiempo instalado en su cuerpo cedió y dio paso a una convalecencia de atoles, caldos y cuidados extremos. Un día que jugaba naipes con Celedonio, sacó a la plática que hacía quince días, en el campo  donde aterriza la avioneta, había llegado el papá de doña Licha y con discreta indiferencia preguntó.<br />
— ¿No fue el paciente que atendió en el rancho, fulano?<br />
— El mismo.<br />
— ¿Sabe cuánto le costó el chistecito de no haberle hecho caso? — Dijo, añadiendo rápidamente: aquí en el pueblo todo se sabe. El “sacamuelas” metió su cuchara y todo por ganarse unos quintos más. Ellos, para evitarse el gasto de llevar a su papá a la ciudad, no lo hicieron. Pues, que den gracias a Dios que su papá vive, pero se vio muy grave. Tuvieron que vender cinco cabezas de ganado, y ya usted sabe que el mandamás no da un paso sin huarache; y cuando le van a vender, compra barato; más aún, sabiendo que tenían una urgencia.<br />
Un mes después, volví a ver al anciano. Repetí, minuciosamente, la exploración. El hijo mayor, ansioso, interrogó:<br />
— ¿Está mal de la operación, médico?<br />
— No, la operación está bien. De allí, no es el dolor.<br />
— ¿Entonces?<br />
— Ahora, sí tiene parásitos.<br />
Regresé sin calabaza. Satisfecho de haber cobrado mis honorarios. Miraba la flor del maíz que el viento movía y, a veces, el aleteo de aves que volaban asustadas por el paso de la yegua.</h4>
<h4>EL TALLADOR DE MONTURAS</h4>
<h4>Cuando tenía que dar una consulta en algún lugar lejano, Celedonio me acompañaba. Yo iba en la yegua, y él caminando. Siempre, platicábamos.<br />
—Ya ve que estoy aprendiendo el oficio de talabartero, pues del cuero se pueden hacer mil cosas para los ajuares del caballo y del jinete. Nadie mejor para hacer las sillas de montar que un fulano que vive en el pueblo de Zacapoastla, un pueblo de arriba, cerca de las nubes. Él se llama Melesio.<br />
-Melesio Había trabajado muchos meses y tenía cinco sillas de montar y otros arreos que vino a vender a Cox. Las monturas que él hace son bien cotizadas. Ese domingo, las tendió en la plaza y ya para caer la tarde había vendido su mercancía. Tuvo la intención de regresar a su pueblo, pero no se atrevió. Llevaba harto dinero. Quiero decirle que yo visto con camisa y pantalón, pero él es fiel a la costumbre y siempre usa calzón. El dinero lo pone dentro de un pañuelo, lo amarra con dos nudos y lo mete a su morral. Como todos los varones de por aquí cuando hemos resuelto bien un trabajo, nos da por tomarnos un trago. Sin embargo, él es diferente, no le gusta estar en bola, ni tampoco convivir en una cantina. Prefiere tomar solo, brindando por no sé qué. Esa vez, se metió a la cantina de Juan para comprar una botella de brandi, pues el no toma caña. Es una botella cara para la indiada de por aquí y la consumen los hacendados.<br />
— ¡Eyyy indio! ¿Qué quieres? — gritó el dueño de la cantina cuando abrió la puerta.<br />
— Véndeme una botella de brandi.<br />
— ¿Es para ti?<br />
Recordó que la indiada toma topos de caña.<br />
— Es para mi patrón. Mintió. ¿Qué cuánto cuesta?<br />
— Cuesta cien pesos.<br />
En un lugar seguro, desanudó el pañuelo, contó el dinero y pagó.<br />
El sol estaba por ponerse. Compró queso, pan blanco, refresco y buscó un lugar cercano al Palacio Municipal, donde divisaba la gente que iba y venía sin ser visto.<br />
Todas las luces se apagaron, sólo quedó alguno que otro candil que echaba fuera su luz vieja. A media noche, la botella era un cadáver. Dando traspiés, fue a una de las bancas del parque para pensar dónde podría pasar la noche. Un deseo inmenso de orinar lo estremeció e instintivamente buscó algunos arbustos que estaban recargados en una de las bancas. Casi había terminado, cuando lo vio un gendarme. Primero un golpe, después otro y luego a empujones lo encarceló. Allí pasó la noche. En la mañana, muy temprano, lo llevaron con el jefe del orden.<br />
— ¿Por qué metiste este indio a la cárcel?<br />
— Lo encontré miando<br />
— ¿Y eso que tiene de malo? Todo mundo orina.<br />
— Pero él estaba miando en el parque. Echando su agua apestosa en las plantas que recién trajo el Presidente.<br />
— Mmm. Sí, eso es grave. Ponle entonces una multa de cincuenta pesos.<br />
Melesio, crudo, tembloroso y todavía apendejado, sacó sin precaución el pañuelo, desató el nudo y dejó ver el racimo de billetes. Los ojos del jefe y del gendarme se prendieron y el jefe, cuando recibía los cincuenta pesos, movió la cabeza.<br />
— No me entendiste. No me entendiste, son cincuentas pesos pero por sacudida. ¿Cuántas sacudidas fueron gendarme?<br />
Al mismo tiempo, guiñaba el ojo.</h4>
<h4>HEBERTO CASTILLO</h4>
<h4>Una tarde soleada, escuché el trote de un caballo. Salí a la puerta. Era el señor Marcos, el Comisariado de Tierras. Pensé en su asoleadero y estaba punto de preguntarle por éste cuando habló:<br />
—Médico, médico, qué bien que lo encuentro.<br />
— ¿Qué pasó, para qué soy bueno?<br />
— Ando muy apurado doctor. Perdone que no me baje, se lo platico de rapidito y, después, usted me dice.<br />
— Soy todo oído.<br />
— Van a venir personas muy importantes del país, y hemos pensado en usted para que dé la bienvenida.<br />
— ¿Qué personas?<br />
— Pues ni yo sé, pero lo que me dijeron es que son muy importantes.<br />
— ¿Puedo decir lo que quiera?<br />
— Sí, lo que quiera.<br />
Lo dijo sin titubear, lo que me hizo pensar que algo sabía, y tomó camino fueteando al caballo. Él dio por sentado que yo daría la bienvenida a los visitantes, pero regresó y casi a boca de jarro soltó la última frase:<br />
— ¡Es para mañana! Médico, los invitados los tenemos para mañana.<br />
Se fue con apuro y me quedé rumiando. ¡Qué madres iba a decir! Casi al amanecer terminé el texto.</h4>
<h4>La mañana llegó soleada, pues un cambio en el clima y las avionetas no hubiesen bajado. Cuando se oyó el zumbido de motores, mucha gente del pueblo se arremolinó para darles la bienvenida en el improvisado aeropuerto. Llegaron periodistas de diferentes partes y otros que sólo eran orejas: personas que se alquilan para darle a conocer los sucesos a la clase en el poder. Yo estuve platicando con una oreja. Ahora, lo sé con claridad. En la noche, había llegado Marcos de nuevo y me dijo:<br />
-Por fin sé quiénes son los invitados: Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, Sánchez Cárdenas, Cabeza de Vaca, Cesar del Ángel.<br />
Todos pertenecientes a la izquierda mexicana.</h4>
<h4>Cuando aterrizaron las avionetas, cabalgamos desde el campo hasta el centro del pueblo. Les di la bienvenida en el kiosco del parque, refiriéndoles la situación actual en salud del poblado. Ellos estaban cobijados bajo el techo del mercado. Después de mi intervención, tomaron la palabra. Para mi satisfacción, casi todos basaron su discurso en los párrafos que había pronunciado. Sin embargo, el que más énfasis hizo fue Demetrio Vallejo que, con palabras exactas, me corregía, ya que en alguna parte me referí a la Revolución como una Señorita y él, dijo: &#8221; no Doctor, nooo, esa ya no es Señorita, es toda una Puta&#8221;. Con una voz distinta, pues se escuchaba entre infantil y nasal.</h4>
<h4>El parque se llenó de mantas blancas y no eran bambalinas de apoyo, sino la vestimenta de los habitantes. Recuerdo que el mitin convocó mucha gente, pues desde mi alcance no había huecos en la plaza. Después del evento, nos fuimos a la casa del Comisariado de Tierras. Se sirvió la comida: fue mole de rancho. Quedé en la mesa cerca de Heberto, era muy alto, barbado, caucásico y con una cámara que colgaba del cuello. Me dijo, como si fuese un secreto: &#8220;han de pensar que soy un turista gringo&#8221;. Me reí, pero en verdad, esa imagen daba. Después preguntó de qué universidad procedía, le dije que de la UNAM. Sirvieron la comida, y empezamos a comer. Recuerdo como si fuese ayer, que un niño se quedó mirando a Heberto, y éste percibió que no era a él, sino a la suculenta pierna de pollo que tenía en el plato. Tomó la pieza y se la dio al niño, que gustoso se fue corriendo. Por la tarde, llegaron las avionetas y los invitados se fueron. En la noche, Marcos llegó y me dio un obsequio, &#8220;se lo ganó Doctor&#8221;. Pasaba de la media noche cuando medio dormido escuché que me hablaban. Me levanté y vi que era el violinista del pueblo.</h4>
<h4>LA PAWER</h4>
<h4>Aquel mediodía, se escuchó ruidos de un motor a la distancia. La gente miraba hacia el cielo espulgando en las nubes lo que no se divisaba por tierra. El ruido asmático se oía cada vez más cerca, hasta que asomó “el chipo” el animal: era un camión tipo militar, transportado de la segunda guerra mundial a este pueblo alejado. Cubierto de hierba y lodo. El ruido que emanaba, ahogó por un instante todos los sonidos, y los niños más pequeños corrieron para sus casas y tras de un árbol veían la marcha del “monstruo”; otros, los que conocían y los más osados, iban tras de aquél haciendo bulla. Muchos años después pensando en la pawer.</h4>
<h4>LA BESTIA</h4>
<h4>El tren rezongaba. Parecía un becerro arisco, subiendo hacia el pueblo. Sobre los gruñidos de la máquina, las campanas repiqueteaban alocadas. Como todos los domingos en la plaza, la gente compraba y vendía. Del carruaje, salió un sujeto con una bocina parlante, invitando a las personas a ver el espectáculo del mediodía: “Podrán contárselo a los nietos de los nietos y siempre dudarán. Sólo sus ojos darán crédito” Dos horas después, el gentío se arremolinaba para mirar el acto.</h4>
<h4>La bestia era dócil y gran imitadora de animales. La gente reía. Sin embargo, cuando rompió en un rugido más potente que el de un león, todos enmudecieron. Abrió las fauces y el voceador del espectáculo metió la cabeza; poco después, sólo los zapatos quedaron fuera. El animal hizo una contracción ventral y el sujeto desapareció. Llovieron monedas y aplausos de la multitud. Ella caminó en círculo, levantó los brazos y agitando unas alas que brotaron de su espalda, voló hasta perderse por encima de los cedros.<br />
El tren ha quedado en la plaza. A media noche, el viejo más viejo del pueblo agoniza, y sobre el padrenuestro del cura, se escucha el tañer alocado de la campana. Es una noche sin viento y el gemido de éste termina poco antes de que llegue el silencio. El difunto era el último que recordaba aquel suceso. Ahora, nadie sabe.</h4>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/senddero.wordpress.com/1810/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/senddero.wordpress.com/1810/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1810&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Hojas sueltas</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jan 2012 00:16:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[Entregado al hastío, pasé noches complicadas, casi enfermizas. Necesitaba un desahogo. En el pasado, lo tuve con tus pláticas que prometieron juntar mejor, las vocales. También, husmeé -en la casa antigua- los connatos de muerte que viví en callejones o entre aguas torrenciales. Un día, fui al consultorio y entre el hedor del silencio, me nublé [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1802&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>Entregado al hastío, pasé noches complicadas, casi enfermizas. Necesitaba un desahogo. En el pasado, lo tuve con tus pláticas que prometieron juntar mejor, las vocales. También, husmeé -en la casa antigua- los connatos de muerte que viví en callejones o entre aguas torrenciales.<br />
<a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cuarto-11.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1806" title="cuarto.1" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/cuarto-11.jpg" alt="" width="259" height="194" /></a>Un día, fui al consultorio y entre el hedor del silencio, me nublé cuando vi el cielo de mi cueva  despedazado, el piso parecía un mapa , los azulejos  sin vida  y un aire enrarecido, triste y desesperante.<br />
Mis libros y los obsequios de mi despacho se habían hecho, escandalosamente, autistas. Había llovido la noche anterior y ésta se acomodó en los rincones y reproducían el drama.<br />
Cerré de inmediato. Busqué ayuda. Volví a levantar lo que fue mi cueva, mi espacio de amante. Pasaron meses, pero lo logré.<br />
No, no es para dar consulta, sino para sentarme en el escritorio de vez en cuando, y reconciliarme con algunos paréntesis de felicidad, como la vez que por alguna razón, me encontré -de nuevo- con la poesía que me llegó lejana, viva y enorme.</h3>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/senddero.wordpress.com/1802/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/senddero.wordpress.com/1802/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1802&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Un paseo por la montaña. Cap IV</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 21:54:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[CLASE Y GENTE CACIQUE VENIDO A MENOS Don Germán me rentaba la casa que convertí en consultorio. Pagué una mesada exorbitante, según el juicio de la gente. Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio. Sarcástico y rapaz. Un hombre casi de sesenta que fue el número uno en bienes y que había ocupado los [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1796&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>CLASE Y GENTE<br />
CACIQUE VENIDO A MENOS<br />
Don Germán me rentaba la casa que convertí en consultorio. Pagué una mesada exorbitante, según el juicio de la gente. Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio. Sarcástico y rapaz. Un hombre casi de sesenta que fue el número uno en bienes y que había ocupado los principales cargos en el pueblo, destacado ganadero y un jode indios.<br />
El domingo, se mecía en la poltrona y averiguaba quiénes iban o venían; daba la impresión de ser un ojo en feroz vigilia. Si alguien de calzón llevaba un guajolote a vender al mercado, él lo detenía y en dialecto preguntaba el precio. Si no le gustaba el costo, decía “pago lo que pese” y entre esos tratos, el hombre dejaba el animal, lo cambiaba por mercancía de su tienda o, en el peor de los casos, le daba aguardiente y el hombre se iba a su choza dando tumbos, sin guajolote, sin dinero y sin víveres.</h4>
<h4>—Buen día don Germán —dijo el sargento. —Buen día tenga. ¡Y este caballo retinto, no se lo conocía!</h4>
<h4> —Apenitas, lo acabo de comprar. Los ojos escrutaron, le abrió el hocico al equino.</h4>
<h4> —Si no es indiscreción sargento, ¿en cuánto se lo dieron?</h4>
<h4>— ¿Pa cuánto le gusta? —Es más espejo que caballo, cuando mucho vale…</h4>
<h4>—¡Es la mitad de lo qué pagué!</h4>
<h4>—Pues se ajusta bien al dicho.</h4>
<h4>— ¿Cuál dicho? —Mejor pregúntelo. Puede ofenderse. El sargento esbozó una sonrisa, como no dándole importancia al asunto.</h4>
<h4>—Dígamelo, ¿o acaso no somos amigos?</h4>
<h4>—Si insiste se lo diré. El dicho dice que detrás de un tonto siempre hay otro.</h4>
<h4>—No sabía, pero lo tendré en cuenta para que no se olvide.</h4>
<h4>El sargento espoleó rumbo al centro del pueblo, moviendo la cabeza.</h4>
<h4>Un cacique venido a menos, pero el genio y la figura persistían. Su visión era que a la vida había que sacarle provecho.</h4>
<h4>Conmigo no fue diferente. Cuando enfermaba, se atendía en la capital y pagaba generosamente sin rezongar.<br />
—Doctor, inyécteme mañana y noche.</h4>
<h4>—Claro que sí, don Germán. Durante cinco días, lo hice religiosamente. Una, a las doce del día; y la otra, a media noche.</h4>
<h4>— ¿Cuánto le debo? —Doscientos pesos</h4>
<h4>— Doctor, si doña Nila me cobra a cinco pesos la inyección.</h4>
<h4>— Doña Nila no fue a la universidad. Yo le cobro una consulta diaria por tratarse de mi rentero. Deben ser dos; una de ellas, a media noche. Por supuesto, nunca volvió a llamarme para que lo inyectase. Me desagradaba su manera de ser.<br />
Un día, llegó Celedonio  con un campesino a ofrecerme una yegua. —Es mansa, camina rápido y no es nerviosa. Hice la compra y, después, iba a ver a los pacientes alejados, montado en la yegua, que entendía con el nombre de Gurrumina. Me vio don Germán y de frente dijo:</h4>
<h4>—Es una yegua vieja y tiene el paso de un “adiós comadrita”. Así, les decían a esas yeguas que eran adiestradas para mujeres. Entendí su fondo, sólo que no le hice caso y seguí de cruza, sin detenerme. Muchos años después, me dijeron que aún vivía. Cien años calculamos. —No puede morir. La gente dice que Dios lo está castigando. Tiene que pagar lo que hizo. Ahora, es el bulto de un hombre, antaño tan temido. ¡Hasta la muerte lo ha dejado solo! —Dijo Celedonio, persignándose.<br />
<a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/totonacas_puebla8.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1797" title="totonacas_puebla8" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/totonacas_puebla8.jpg" alt="" width="276" height="180" /></a><br />
EL PASEADOR<br />
Gustaba recargarme en la puerta, levantar la mano y sonreír a la gente. Alguno respondía, hablaba de su dolencia y preguntaba de algún remedio untado, pues el tiempo de aguas y frío son un buen caldo para el reuma. Uno de ellos, me contó algo diferente. Vestía de blanco como los de su raza, morral al hombro y con un rostro satisfecho. Empezó a decirme que su casa estaba lejos. Dos horas caminando rápido, que sembraba chile, maíz y que él era dado a viajar y conocer. Pensé que tal vez sería un “volador”. Éstos ejecutan una danza milenaria, conocida en todo el mundo. Suben hasta un pequeño cuadrado que está en el extremo; aproximadamente, a veinte metros de altura; y desde allí, se lanzan dando vueltas sobre el mástil, convertidos en pájaros y van pidiéndole a Dios buenaventura para sus cosechas. Un volador recorre el mundo enseñando su arte. —Desde mi rancho vengo a vender; en otras, a comprar, pero me doy tiempo para ir a la iglesia a rezar por la familia, por el maicito, pero también me digo: ¿y esta casa tan grande, cómo la habrán hecho? ¿Cómo fue que tallaron esta piedra tan dura? ¡Y tantas pinturas del Niño Dios! Esos vidrios, que cuando pasa el sol cambian de color, ¿cómo los hicieron? ¿Y la mano que traza, que pinta, quiénes fueron?, ¿vivirán sus hijos? Luego, veo las casas grandes. Desde algún lugar, fisgoneo que están repletas de muchos muebles y vitrinas. Yo no necesito tanto, si al fin y al cabo no te vas a llevar nada. La casa de Don Germán hasta dos pisos tiene, ¿tendrá mucha familia? El curato, también, es una casa grande, y nada más vive el señor cura; bueno, pero allí guardan todos los papeles de los que han bautizado. Me ha dado por viajar, conozco todos los pueblos, me canso, pero voy a verlos. El pueblo más lejos es Qoetzala, me hice como cinco horas caminando, pero divisé cosas que nunca había visto. ¿Verdad médico que soy un indio bien paseado?</h4>
<p><span id="more-1796"></span></p>
<h4>COMISARIADO DE TIERRAS<br />
Fui conociendo gente, gracias a la consulta y a la plática con los vecinos; y también, cuando charlaba con la familia de doña Licha. En otras, vagaba sin rumbo por las calles empedradas. Así, llegué por casualidad a casa del comisariado de tierras, a quien saludé. Se le veía enfadado. —Buenas tardes señor comisariado. —Buenas tardes médico, ¿qué le trae por acá? —Ando conociendo el pueblo. Veo que está haciendo un piso. —No pude terminarlo. Dijo. ¡Mujer, tráete dos pocillos de café! Ordenó. En una brevedad, estaba sentado tomando café y escuchándolo. — Explíqueme, usted que ha estudiado mucho, ¿cómo le hago para entender a los indios? -Mire – agregó. Me urge hacer el asoleadero porque ya viene la cosecha de café y para secarlo, hay que extender la semilla bajo el sol. Necesito el piso con urgencia y le dije a Juan que le prestaba mis mulas para que fuera al río y trajese arena. Eso fue a mediodía y cerca de las cuatro había descargado. —Anda Juan, ve por otro viaje — y dijo que no. —Juan, es más dinero para ti- le dije. Te lo pagaré como si fuera un día de trabajo. Necesito la arena para terminar el piso. —Despuecito que coma— contestó. Por supuesto, que ya no regresó. —Explíqueme médico, usted debe saber.</h4>
<h4>Al Comisariado no le faltaba razón. La desesperación no era por un día, sino que su suegra, reumática, le había dicho por la mañana que el tiempo cambiaría. En este lugar, que mira a la montaña cuando el agua llega, luego, no quiere irse. Se detiene por ratos, pero –después- vuelve. Eso equivale a más de diez días. La frutilla de los cafetales no tardaría en madurar. Llegarían los cortadores, y la máquina despulpadora empezaría su trabajo. La semilla dispersa en el asoleadero, se mueve, se palea para que deshidrate parejo y así se evita que la almendra  se manche. El café queda en pergamino. De no tener donde asolear el grano, hay que arrendar; y eso es igual, a perder dinero. Al llover, los caminos quedarían intransitables, y la arena no podría ser trasladada del río hasta su casa. Esa era la urgencia. Nadie se estaba muriendo, pero no poseer el asoleadero conllevaba a perder dinero. ¿Cuánto? No sé, pero seguro que alcanzaría para pagar a muchos jornales. Tal vez, Juan tenía cosas importantes que hacer, como fornicar con su mujer, o platicar con su compadre con algo de aguardiente para sazonar la palabra. Al menos, ya había sacado lo suficiente para que los hijos comieran tortilla, frijoles y chile. Pudo, tal vez, haberse preguntado ¿con otro viaje me haré rico?</h4>
<h4>EL SEÑOR ALDANA<br />
El señor Aldana era un hombre curvado por los años, pero con una mente clara, ágil y una tenacidad inflamada. Le había llevado la máquina de escribir, mi estufa y una lámpara de gasolina. Llegué a su taller recomendado por Doña Licha. — No está lejos doctor, suba dos cuadras y a la vuelta. O pregunta, y todo mundo conoce al señor Aldana. Lo encontré entre una pila de fierros, tornillos, tuercas, alambres y herramientas dispersas en un mostrador que le servía para atender a la clientela y mesa de trabajo. Esperé paciente, hasta que él dejase de limar.</h4>
<h4>Me urgía que diese arreglo a mi estufita de gasolina. Nunca creí que fuese tan útil: cuando la adquirí, lo hice pensando en días de campo, pero ahora, era vital para hervir jeringas, agujas y material de cirugía. Revisó la estufita y, después, aplicó sapiencia. En breve, lucía como nueva. Lo mismo pasó con la lámpara. La máquina de escribir, la había reparado en la ciudad y su arreglo fue deficiente. — ¡Ah, es una Remington! Sin que dijese nada, tomó una hoja, la puso en el carrete, activó cada una de letras y signos. — Esto va a tardar más, médico. Le falta ajuste general, la cinta no corre con libertad, se dobla y enreda, si teclea la A y la Z se quedan atoradas y la Ñ, ha dejado de ser Ñ, pues ya no se distingue la letra. — ¿Y quedará bien? — Aquí, todo se repara doctor — me dijo. A la semana, la máquina estaba irreconocible. Puse una hoja y escribía mejor que nueva, la eñe que había estado difunta, ahora, resucitaba y la tapa lucía recién pintada. — ¿Y cómo le hizo para que la eñe volviera? — Nada que no se pueda. La eñe puede ser una ene disfrazada y esa ene tenía conmigo algunos años. Yo sólo le puse su gorrito y quedó lista para ir a la fiesta. Si tuviéramos más señores Aldana, seguro que le quitaríamos a la Tierra, toneladas de suciedad.</h4>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/senddero.wordpress.com/1796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/senddero.wordpress.com/1796/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1796&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Teléfono de monedas</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 18:25:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[CUENTOS DE AQUÍ Y DE ALLÁ]]></category>

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		<description><![CDATA[Por el camino acaricié la estructura metálica de la moneda de veinte centavos, pasé de prisa por los centros comerciales sin importarme el Santa Claus que se había mudado a los aparadores. Era una noche fría y lluviosa. Me dirigí hacia una de las esquinas del parque y vi la caseta del teléfono. Metí la mano en la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1789&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por el camino acaricié la estructura metálica de la moneda de veinte centavos, pasé de prisa por los centros comerciales sin importarme el Santa Claus que se había mudado a los aparadores. Era una noche fría y lluviosa. Me dirigí hacia una de las esquinas del parque y vi la caseta del teléfono. Metí la mano en la bolsa para extraer la moneda y sólo palpé las llaves del departamento. Busqué en todas las bolsas, en las bolsas de las <a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/telefono.png"><img class="alignleft size-medium wp-image-1790" title="telefono" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/telefono.png?w=300&#038;h=159" alt="" width="300" height="159" /></a>bolsas y la puta moneda no estaba. Regresé pasos atrás y agudicé la mirada. Me reí de mi pendejada. ¿Cómo podría ver un círculo de dos centímetros de diámetro forjado en cobre ya oxidado en una noche de perros? Sofocado de mi interior regresé a la caseta y le di dos golpes con el puño cerrado al rectángulo metálico de la alcancía del aparato y cayeron seis monedas en la buchaca y al descolgar, el teléfono tenía línea.<br />
Recordé que la conocí en un autobús; fue un día feriado en que partí a mi tierra natal a visitar a mis padres y ella a los suyos. Un viaje nocturno de seis horas para mí y para ella de diez. No cejamos de platicar y los pasajeros, nos instaban a guardar silencio, sin embargo continuábamos en voz baja, hasta que el sueño nos venció. Ella ladeó su testa y la apoyó en mi hombro. Yo me dormí viendo a la luna resaltar la oscuridad de su cabello adolescente. Cuando llegué a mi destino le pedí el número de su teléfono. ¡Era lo más fantástico que me había sucedido! El fin de semana, no la pase con mis progenitores, sino con ella y de tanto ver el número telefónico, que lo aprendí de memoria. Cuando abordé el autobús de regreso, miré con ansiedad a los pasajeros, pero el rostro de ella no apareció. Recordé paso a paso nuestra platica y nuestras coincidencias eran asombrosas, gustábamos de caminar al borde la playa, escuchar el rumor de las olas cuando golpeaban en los acantilados, la figura poética del barco en la montaña y los dos repetíamos riendo como niños: García Lorca. El corazón se hizo exigente pidiéndome más; pues solo el pensar de no verla, me contracturaba.<br />
Estaba sudando aún del frío y en mi prisa marqué mal el número, en la segunda vez, estaba ocupada la línea. <span id="more-1789"></span>El agua fría resbalaba por mi cuello y la calle era una alberca. El parque se miraba sombrío, en las copas de los árboles se arremolinaba el viento y luces zigzagueantes que procedían de los anuncios luminosos. Volví a meter el índice y en cada número marcado el pulso latía con prisa. En aquellos tiempos, cuando las líneas se humedecían, los teléfonos acumulaban sonidos como si alguien estuviese aplastando cucarachas, rogué para que no me sucediera. ¡Entró la llamada!<br />
—Bueno, bueno. Bueno, bueno, ¡quién habla! Es la voz de ella. Cómo no reconocerla, si todas las noches me parece escucharla. Va, viene y la sigo en el sueño hasta que se despide. ¡Claro que es ella! Es la primera vez que le habló a su casa y no sé que decir. Se hace un silencio que corre y desboca en mi garganta; sé que sí persiste,  va a colgar. Algo tengo que decir, tan siquiera un” bueno, bueno” y cuando lo digo, grito. — ¿ Qué número desea hablar?.<br />
Sé que es la voz de ella, es inconfundible y torpe, digo, — ¿Es el número tal? —Sí, éste es ¿Con quién desea hablar? —Con la señorita&#8230;<br />
— ella habla. — ¡Ah! &#8211; No te reconocí.<br />
Una voz interior me dice: “sabes que te haces pendejo, pues desde un principio sabías que era ella”. Tengo tantas cosas que contarle, pero no puedo: estoy bloqueado, sí le dijese que la soñé con cántaros en aquella calle de muchos caminos, con su pelo revuelto por el viento de la tarde. No puedo hablar de mí y no sería adecuado y en un tartamudeo le preguntó<br />
— ¿Qué te has hecho ¿ Cómo has estado?<br />
Y pienso: si ella cuenta que le sucedió este día amimadamente, será bueno, pero si responde con monólogos, o dice que mañana tiene un día infernal, o que está preparando un examen, entonces inferiré que he sido inoportuno. Ella ha contestado. Tengo el audífono asfixiándome la oreja, pero la ciudad juega bromas pesadas y frente a mí están dos carros deportivos con escapes abiertos. El ruido se adosa y el temor de parecer estúpido me hace cometer otro error y no le pregunto qué fue lo que dijo para no parecer desatento. Cuando creo que podré escuchar con claridad lo que platica, un par de motociclistas pasan y otra frase se pierde. Tengo los ojos cerrados, abierta mi mente para visualizar mejor sus palabras, pero escuché que alguien le ha gritado y le dice que deje el teléfono porque va a hacer una llamada. Quiero hacer una cita, pero entre ella y yo sólo media ya un clik mortal.<br />
El agua rompe impetuosa, son gotas gordas, pesadas, es como si se hubiese abierto el cielo: algunas parejas corren y buscan donde guarnecerse; otras se pegan a los muros de la gran ciudad y se hacen uno. Las calles son ríos, pero a mi me vale madre el agua, el frío, y lo que está a mi alrededor. Meto la mano a la bolsa y lanzo una a una las monedas en la soledad lluviosa de la noche.</h4>
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		<title>Paseando por la montaña cap III</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 06:36:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[UN PUEBLO EN LA MONTAÑA]]></category>

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		<description><![CDATA[ Un abrazo y feliz año nuevo CAPÍTULO III. VECINOS ZOZOCOLCO Una mañana, fui a un poblado aledaño. El paso de la yegua resonó en el empedrado dos horas después.  Zozocolco, tan rico en paisaje con su iglesia grandiosa y algunas casas donde la opulencia había dejado pisadas, ahora yacían en el abandono.  La maleza crecía [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1779&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4><em> Un abrazo y feliz año nuevo</em></h4>
<h4>CAPÍTULO III. VECINOS</h4>
<h4>ZOZOCOLCO</h4>
<h4>Una mañana, fui a un poblado aledaño. El paso de la yegua resonó en el empedrado dos horas después.  Zozocolco, tan rico en paisaje con su iglesia grandiosa y algunas casas donde la opulencia había dejado pisadas, ahora yacían en el abandono.  La maleza crecía en los jardines y las enredaderas; trepadoras indomables subían por las paredes. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno <a href="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/dsc02107.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1780" title="DSC02107" src="http://senddero.files.wordpress.com/2012/01/dsc02107.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a>que otro helecho. Las puertas cerradas, las ventanas con vidrios rotos y la madera quemada y retorcida. Supe que sus dueños se fueron a la ciudad de México, que hicieron riqueza comprando y vendiendo vainilla y que cuando ésta bajó de precio, simplemente, tomaron su capital y emprendieron camino. El campo no da para tener todos los hijos en el ejido y es simple, las tierras no se estiran y para cultivarlas requieren de asistencia técnica y capital. La gente se va, unos porque nacieron para la aventura, pero la mayoría es para no morir de hambre y anhelar una vida mejor.</h4>
<h4>LA MADRE</h4>
<h4>El agua fría cayó sobre su espalda, no pudo evitar un resoplo de placer y dolor. Con el baño se fueron los hilachos de un sueño inquieto. La mañana no se desperezaba. El resplandor de la luna le daba trapecios de luz dulce a la recámara de su madre; le dejó un desayuno frugal, la intención de un beso en la frente y un recado.</h4>
<h4>Contempló el patio y perfiló los árboles. Por un instante, se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo. Se fue. Sólo se llevó la esperanza. Había pasado dos años y la madre seguía puntual con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen Morena por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.</h4>
<h4>Golpeaba la ropa con furia, deseando desmenuzar la tristeza, aunque sólo conseguía endurecer el dolor; quería sacarlo del recuerdo más no lo conseguía. Lavaba, a pesar del desaliento, mojando de lloros la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo veía en sueños.</h4>
<h4>Una mañana, al despertar, encontró sobre la rústica mesita –al lado del rosario &#8211; su tasa con leche y una nota. Supo que él estaba, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyeron sus lágrimas, formando un regato por donde corría el dolor de dos años. ¡Sus ruegos no habían sido en vano! El cansancio lloviznó en su interior y la piel se tornó luminosa, como si desde adentro estuviese brillando una luna. El sueño comenzó a abastecerla; tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó.</h4>
<h4>LOÑO</h4>
<h4>Loño, mi vecino, trabajaba en la aplicación a las paredes de las casas de un insecticida <span id="more-1779"></span>muy tóxico. También, tomaba muestras de sangre a todos aquellos que tuviesen fiebre. Iba con su bomba sobre la espalda, caminando entre maleza, lodo, sol y lluvia, recorriendo muchos kilómetros diariamente.<br />
—Estamos bien tapados doctor. Imagínese que la gente no quiere cooperar y no deja que le piquemos el dedo para sacarle una gota de sangre y ponerla en la laminilla.<br />
— ¿Por qué no quieren, Loño?<br />
—Usted cree, dicen que el gobierno les va a vender su sangre.<br />
Me quedé pensando en la burrada que decían los indígenas, pero detrás de tal expresión estaba el resentimiento y la desconfianza.</h4>
<h4>Loño renunció a su trabajo porque había perdido deseos y el color de la piel parecía un pan mal cocido. Fue lo mejor que hizo. Platicábamos con familiaridad, después, me acompañaba a lugares alejados para visitar a algún enfermo; en recompensa, le atendía a sus hijos, pero lo mejor que sucedió fue que nos hicimos amigos.<br />
—Va a ver doctor que antes de tres meses, tengo mi casa.</h4>
<h4>Loño cumplió: a los tres meses, había hecho su casa. Con una carretilla, traía la piedra de la cantera y cuando hubo reunido la suficiente, empezó a levantar paredes: dos cuartos, una cocina y letrina. Otro día, en el camino, me dijo que aprendería talabartería para hacer ajuares para los caballos y para los jinetes. De los olores, recuerdo el secado de las pieles. El aroma era penetrante, insidioso. Aprendió la artesanía sin que tuviese maestro y, luego, alzó otro cuarto que fue su taller.<br />
Años después, me contó que su pueblo debería tener agua entubada. Sin ser autoridad, y organizando a las familias, llevó agua de la montaña a su pueblo.<br />
El mundo y México tienen muchos de esos varones y sucede que quienes están en el poder, los ignoran, o todavía peor: los matan porque no quieren rivales.</h4>
<h4>EL ASERRADOR</h4>
<h4>Tenía mi espacio. El carpintero transformó la madera. El lugar que había sido refugio de los murciélagos, ahora, lucía tanto a la luz de las lámparas que parecía tener vida. Tres espacios: el consultorio, el área de observación y, atrás, un desayunador con un catre y una cocina que daba a un minúsculo jardín. Era mi cueva.</h4>
<h4>Zoila, delgada y eficiente, se encargaba de mantener limpio el local y era depositaria del café y los totopos. Neme, un niño de diez años, era el recadero y cuando no estaba Zoila, él traducía con facilidad del totonaco al español.</h4>
<h4>La radio en México tendría unos años de transmitir la frecuencia modulada. Mi aparato de radio había viajado conmigo y funcionaba para las difusoras locales, pero no eran de F.M. Quería localizar a alguna de ellas, pero era inútil. Distraído, no me percaté de que atrás de mí estaba el papá de Neme a quien conocía sólo de vista.<br />
— ¿Qué hace?<br />
—Tratando de que el radio suene mejor.<br />
—Ese alambre que tiene por antena no le servirá de mucho. Espéreme.<br />
En diez minutos, trajo un cable delgado de cobre, lo situó de lado a lado en lo más alto de la casa. Con otro, conectó al radio y se hizo el milagro: tenía música de toda clase, llegaban las estaciones como si las tuviese al lado mío. Tuve la dicha de escuchar a los grandes músicos, a las orquestas. De vez en cuando, a mis oídos llegaba un tango de Gardel. Por qué se escuchaba tan bien, no lo sé; las ondas son así.</h4>
<h4>Lillo se dedicaba a sacar tabla, era aserrador, pero antes de derribar un árbol, pedía perdón y sembraba, siempre sembraba. Por las tardes, en la esquina, me dedicaba a platicar con todos: el vaquero, el amigo, el aserrador. En veces, iba a mirar como herraban los caballos. El vaquero, el talabartero y el herradero eran hermanos. Tan diferentes, como los dedos de la mano. El aserrador era hijo del señor Aldana, un adulto mayor que, siempre, decía: aquí todo se compone; como diciéndonos: no tenemos porque desperdiciar. En el lenguaje actual sería un reciclador. Sin embargo, Lillo, con su cara dura, conocedor de su oficio como nadie, también gustaba de la danza.</h4>
<h4>EL BAILE DEL PAYASO</h4>
<h4>Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él, mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.</h4>
<h4>Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo con rústicas poleas, subirlo a una tarima, exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, o en las voces que rebotan en las pendientes y que, después, se pierden en las hondonadas. Adquirió con los años un oído de centinela.</h4>
<h4>Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto, que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por hondos canales, servía de marco para unos ojillos que ven mejor cuando los entrecierra, pero que no adivinas qué hay detrás; sólo una gran carnosidad, que amenaza con saltar.</h4>
<h4>Las fiestas del pueblo estaban por terminar. En la plaza, había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre la cerca de hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado, estaba él vestido de payaso; en cada ángulo un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto, que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más- su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo con finos estertores, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.</h4>
<h4>Jamás me hubiese imaginado que aquel aserrador -con ojillos de camaleón y manos de madera- fuese un bailador que tuviese la gracia de un colibrí. Un mes después, supe que estaba en el penal. Su hijo, Nemesio, me contó que los militares supieron donde estaba aserrando porque quien lo había contratado, se encargó de decirles para evitarse el pago de su trabajo. Le dejé unos centavos y la promesa de estar pendiente de su familia. Salió un año después. Volvió a aserrar; sólo que, ahora, lo hacía por encargo de la autoridad. Nadie como él para sacar la tabla: tan recta, tan limpia. Cuando llegaron de nuevo las fiestas, aquel payaso con cuerpo de potro y alas de colibrí, ya no daría más saltos de felino.</h4>
<h4>DOÑA CANDI</h4>
<h4>Doña Candi era esposa de un vaquero. El vaquero sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. El vaquero era como muchos varones, gustaba de la cerveza y de gastar lo poco que ganaba en otras mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor,  a los maltratos que le propinaba su esposo. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo la veía trasteando frente a mi consultorio y lavando ropa ajena y cargando a sus pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, ella se acercaba a darme de lo poco que tenía: un café, una enchilada. Le veía la cara, su andar, su silencio y sabía, entonces, que esa mujer no estaba para odiar a nadie. Amaba a sus hijos por encima de toda pobreza.</h4>
<h4>EL ANCIANO</h4>
<h4>Para ir al centro del pueblo, había dos maneras: una la calle central; la otra, el atajo. Mi consultorio se ubicaba al inicio del atajo. Si abría la puerta y miraba la mañana, como era mi costumbre, veía la choza de doña Candi y, al fondo, la cañada. Si giraba la mirada hacia la izquierda, veía un jacal de tarros donde vivía un anciano con quien platiqué una sola vez. Inusualmente, vi gente que entraba y salía de su choza. Uno de ellos me dijo que el señor estaba en agonía. Me sentí ofendido de que no me hubiesen llamado, así que me hice presente, si no como médico, al menos, como vecino.</h4>
<h4>La luz se filtraba por la pared de tarros y se atropellaba en la manta blanca que ellos usan. Acostado en un catre, se despedía de unos amigos. El olor de los enfermos graves, es evidente. La muerte se huele y yo no olfateaba eso. Lucía delgado, fibroso, recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos y diciendo suavemente “Tlenn.” No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio que colgaba como muro. Nunca antes lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano, me dijo:<br />
—Voy a morirme. Todo lo tengo previsto. Mis hijos ya saben que les va a tocar a cada quien. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, ya vino el padre Panchito y me confesé.<br />
—No te vas a morir — le decía. Lo miraba sereno, su voz calmada más que precaria. ¿Cómo se va a morir? No veía signos atrevidos de enfermedad.<br />
—Así, está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí estar en lo alto de la loma para que pueda mirar hacia mi casa.<br />
El cementerio estaba en el cerro. Desde allí, su casa era visible. Era la única parte del paisaje que a mí me desagradaba.<br />
—No te vas a morir, verás que mañana desayunamos juntos— y me despedí con respeto.<br />
Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, viendo su casa.</h4>
<h4>EL OTRO ANCIANO</h4>
<h4>Visitaba a mi familia cada dos o tres semanas, siempre y cuando las condiciones del clima favorecieran el vuelo de la avioneta. Si el día abría luminoso, temprano enfilaba rumbo al campo de aviación. Tenía que bajar. Frente a casa de Celedonio (Loño), en una choza, veía a un anciano encorvado, cara afilada. Siempre estaba sentado fuera de su casa, sacándole punta a un pedazo de madera con una navaja. La vez que lo miré caminar se apoyaba en un bordón, pero me dije que podría hacerlo sin él. Lo situé en mi mente como un personaje hosco, agrio y rapaz. Un día lo olvidé, pero una noche empecé a escribir un cuento, sin detenerme a repensar. Cuando lo terminé, todo me hablaba de él: el paisaje y su figura.</h4>
<h4>RAMO DE OJOS</h4>
<h4>Se levanta, impulsado por un olor. No lo piensa dos veces: busca el bordón, abre la cerradura, traspone la puerta y camina hacia las afueras del pueblo. Con claridad, escucha el roce del viento en las plataneras, el silbido profundo de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte. Camina rumbo a la cañada. Ensimismado, trata de recordar los hilachos de su sueño cuando, al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Después, pasos adelante, un suave aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad: la humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso. Cuando llega a la cima, la luz de la luna le muestra la sombra de la higuera y, más abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio.</h4>
<h4>Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida. Ahí se recordaba él: estaba en el patio. Con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta. Absorto, veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban, ferozmente, por todo el patio.</h4>
<h4>Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas, piaban lastimeramente, y caían al suelo con los ojos muy abiertos. Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él, con una vara afilada que, al blandirla, zumbaba como lo hacen las moscas de trompa luminosa. Corrió y se ocultó bajo el guayabo que, por estar cargado de frutos, hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinazas cuando buscan sitio para dormir. Una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Rompía en dos mitades la guayaba, cuando empezó a dar gritos que llamaron la atención de la mamá. Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.</h4>
<h4>Tiempo después, discretamente, volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas entre los zacates de los potreros, o entre los helechos que crecían en el monte. Les sacaba los ojos por el espanto y, después, miraba cómo daban vueltas, en un piar sin freno que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir.</h4>
<h4>El alba está cerca, el viento mece los frutos, sacudiendo los olores por el camino. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que no tardará en llegar la noche. Es, entonces, cuando el bordón se le resbala, pierde el equilibrio, da varias vueltas, cae y, sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda y rueda, golpeándose en las peñas; quiere asirse de las raíces, pero éstas se le escapan de entre los dedos y rueda hasta el fondo.</h4>
<h4>Su cabeza, su cuerpo dan vueltas. Respira con ansiedad, percibe la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo. Tirado, con una gran piedra en el pecho, su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto: por su mano corren, atropellándose, mil pies. No puede evitar la nausea cuando los gusanos reptan por su palma y suben hacia su brazo.</h4>
<h4>Al dirigir la mirada hacia arriba, observa a unas aves en cuclillas que, en hilera, lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo, pero no, sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.<br />
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.</h4>
<h4>DOÑA LICHA</h4>
<h4>Llegué a ella, sin poder recordar cómo. Tal vez, hablé con las autoridades, no lo sé. Ella me rentó un espacio donde puse mi consultorio. Era una habitación amplia con puertas que daban a la calle. Me prestó muebles para que el cuarto vacío tuviese la apariencia de un lugar privado y, así, entrevistar a los pacientes. También, tuve la fortuna de que me brindara alimentos y lavara mi ropa. Sus servicios se hicieron inmensurables. Traducía lo que los indígenas contaban de su enfermedad. Hablaba de las formas de ser de los habitantes, de las fiestas, de las gentes y me arropó, como si fuese de su familia. Allí, en su casa, vi mis primeros pacientes y ella fue testigo de la vez que tuve que ir al cementerio, pues me refería lo que deseaba el esposo de la finada. También, fue la enfermera de su hijo cuando éste enfermó de tétanos. Poco después, rentaría una casa más amplia ubicada al inicio del atajo.</h4>
<h4>DOÑA LICHA Y LAS COMADRONAS</h4>
<h4>Doña Licha se embarazó. Frisaba la edad de cuarenta años y tenía la creencia que la menstruación se había retirado, pero no. Ella dio a luz y fue aliviada por una partera empírica Tuvo un varoncito.<br />
Mucho tiempo después, le preguntaba por qué no había acudido conmigo para atenderla y evitar que el recién nacido enfermara gravemente. Quedó en silencio, si acaso, dijo: son cosas de Dios.</h4>
<h4>Las comadronas o parteras empíricas sufrieron el acoso de las autoridades sanitarias. Se les responsabilizaba de la alta mortalidad materna e infantil; después, se reflexionaría sobre el hecho de que ellas formaban parte de los servicios médicos que la comunidad tiene desde antes de la medicina científica.</h4>
<h4>La partera, cuando se ha hecho cargo de la atención, acude con frecuencia a casa de la embarazada, la atiende, se entera de sus molestias, ayuda en sus quehaceres, la soba, “le acomoda el bebé” y el parto es atendido en el domicilio. Durante los días siguientes, es ella quien se hace cargo del hogar: cocina, lava ropa, hasta que la madre es capaz de tomar las riendas del hogar. ¿Qué médico o enfermera podría sustituirla? La unión de partera y la embarazada es intensa. Una relación que ninguna política puede desbaratar porque está enraizada en una cultura que se ha forjado en siglos.</h4>
<h4>EL BEBE DE DOÑA LICHA<br />
Cuando doña Licha llevó su niño enfermo, fue un problema al que tuve que enfrentarme con imaginación y ciencia.<br />
— ¡Doctor, doctor! ¡El niño no respira!<br />
Me lo dijo a gritos el mozalbete. Dejé a los estudiantes a quienes les impartía la clase de Biología en la naciente secundaria de Cox y salí corriendo, tomando el atajo para llegar a mi consultorio, donde Doña Licha, la mamá, ya instruida , le daba con el dedo índice masaje al corazón del bebé de quince días de nacido.</h4>
<h4>Ese niño había llegado a deshoras, la madre con poco más de cuarenta años, nunca pensó que la providencia le diese otro hijo. Dos días antes, llegó al consultorio diciéndome que los cólicos al recién nacido no se le quitaban. Habían probado remedios caseros y hasta algunas gotas que un dentista había recomendado. Después de observarlo, detenidamente, y por su edad, sospeché que el niño podría tener un tétanos.</h4>
<h4>Cox en aquel tiempo estaba incomunicado, había que recorrer de tres a cuatro horas a caballo y, después, otro tanto para llegar a la ciudad. O bien, esperar a que bajase la avioneta si el tiempo lo permitía. El pronóstico de dicha enfermedad, en ese medio o en cualquiera, sigue siendo grave, pero en aquel tiempo era peor.</h4>
<h4>¿Qué me hizo aceptar un reto de tal envergadura, si lo más sencillo era decirles a los padres que lo llevaran a un hospital? No lo sé. Si volviera a estar en una situación similar, les diría: “esto no puede tratarse aquí, requiere de especialistas y de cuidados intensivos”.</h4>
<h4>El bebé estaba grave; y a los ojos de los padres, debieron verlo más. Recuerdo que llegó el cura Panchito y, luego, quien sería su padrino. En el consultorio, fue bautizado con el nombre de Mario. Don Servando, su papá, me dijo: “No lo llevaremos a la ciudad, se lo encomendamos a Dios y a usted.” Quizá, esa fue la motivación y le comuniqué a la mamá, que la necesitaba al lado del bebé. Las contracciones eran tan fuertes que el niño dejaba de respirar y el corazón se detenía, por lo que tuve que adiestrarla en reanimación. ¡Qué mejor enfermera que la mamá!</h4>
<h4>Recuerdo que me cuestionaba: si el niño tiene contracciones musculares, debería responder a sustancias relajantes. Para ese momento, tenía al bebé con soluciones intravenosas, antibióticos, penicilina cristalina, y Doña Licha se sacaba la leche y la daba con un gotero, pues no podía mamar. Teníamos botellas de agua caliente a toda hora, ya que en las madrugadas bajaba la temperatura. Todos los días se aseaba del muñón umbilical.</h4>
<h4>Cómo llegué a deducir que el “Valium” podría servirme, no lo sé, pero recuerdo haberme dicho: si diez miligramos sirven para un sujeto de 60 Kg, ¿cuánto tendré que ponerle al bebé? Tenía muy presente que la sustancia es altamente irritante para las venas. Así que, la diluí en suero y se la instalé gota a gota. ¡Fue increíble! El número de veces que dejó de contraerse, se redujo a una o dos en el día. Sabía que era imprescindible no descuidar la hidratación, la alimentación, el suministro de medicinas, incluyendo el suero. Creo que el amor de la madre, los rezos que ella hacía, fueron insubstituibles para que el infante cruzara la delgada línea que hay entre la vida y la muerte.</h4>
<h4>Un día llegó Doña Licha y me presentó a su hijo. Un muchacho enorme, lo saludé y lo abracé como un hijo mío que no hubiese visto en veinte años. En alguna ocasión, recuerdo que dijo su mamá: “Le debimos de haber puesto Rubén, yo creo que Diosito lo mandó a estas tierras”. Yo me quedé pensando, que no en todos mis pacientes tuve aciertos; y en uno de ellos, aún, bajo la cabeza y pido perdón a la madre por no haberlo salvado.</h4>
<h4>JESUSITO O LA TONA</h4>
<h4>Hay una creencia entre los pueblos relacionado con el significado de la Tona. Se dice que es el espíritu que cuidará al recién nacido. Generalmente, se ubica en el momento en que el bebé logre hacer contacto con el primer ser viviente. Frecuentemente, las parteras hacen un círculo con cenizas alrededor de la choza; al día siguiente, reconocen qué animal dejó sus huellas. Así, saben quién será la Tona del recién nacido, es decir, el espíritu que lo cuidará el resto de su vida.</h4>
<h4>Cuando Doña Jesusa olisqueó los bombones de chocolate que su marido le había traído de la ciudad, no pudo evitar el regato de saliva y después la náusea que finalizó bañando con un abundante vómito la cara de don Aureliano. Supo, entonces, que estaba embarazada. Cercana a los cuarenta y cinco años y con nietos, consideró su situación como inadmisible, pero ni los remedios, ni el susto de la creciente, consiguieron la promesa de un aborto. El único sangrado que vio, fue en la epifanía del nacimiento. A la medianoche, fueron por doña Godeleva, la partera del pueblo, pues los dolores de Susita, como su marido le decía cariñosamente, habían empezado.</h4>
<h4>Años después, la comadrona recordaría que el parto había sido muy rápido y con poca agua. Un varoncito largo y de pecho pronunciado que daba tremendos gritos; tan agudos, como el de las chachalacas en el atardecer. Era noche de plenilunio y soplaba el viento, haciendo bambolear los carrizales cuando ella llegó, justo en el instante que el chamaco era expulsado, y tuvo que auxiliarse con los brazos para que no cayera al suelo.<br />
—Tuviste un machito — había dicho a la madre mientras cortaba el cordón.<br />
—Era largo. Cuando sostuve su cuerpo lechoso y liviano como una pluma, me di cuenta de la protuberancia en el pecho —comentaba con otras mujeres, mientras lavaban en el río—.</h4>
<h4>A la medianoche, pedí ceniza, y con ella tracé un camino que circundara la casa. Muy de mañana fui y lo recorrí palmo a palmo para ver qué huellas de animal encontraba, pero no divisé rastro alguno y me quedé preocupada, pues él no tendría quien lo cuidara en la vida, no tendría Tona, sólo vi las cenizas dispersas por el viento que ascendían como viejas hojas. El ombligo lo enterré bajo el árbol de sombrerete, deseando al menos que lo protegiera un ser vivo; pero nunca supe qué animal cuidaría a Jesusito y, todas sabemos que un niño sin Tona, es medio niño.</h4>
<h4>Cursaba el tercer año de la primaria: la gente lo apodó “el güero”. Su maestra, Conchita, agregó que él era como una figura volátil.<br />
—No es mal alumno y es muy obediente; tiene aptitudes para algo, pero no sé qué es —trataba de explicar.<br />
¡Cuántas veces, con el corazón en la boca, tuve que llamar a los vecinos para que me ayudaran a bajarlo de las ramas! Después, sólo me encomendaba a Dios para que no le pasara nada.<br />
Él caminaba como si la vereda estuviera rebalsada por el agua y buscara el caparazón de las piedras para poder asentar el pie y no hundirse. Cuando lo veían venir de lejos, ya lo conocían. Mientras los niños jugaban a darle patadas a una pelota desinflada en el campo pedregoso de la escuela, él se distraía observando a los pájaros.</h4>
<h4>Aunque sus ojos negros eran protuberantes, la mirada le arrancaba desde adentro. Su cabello lacio, de color rojo pálido, que le hacía juego con el color de las cejas gruesas, parecido al tinte de los cardenales recién emplumados, caía tapándole las orejas. Sus manos grandes y callosas contrastaban con su figura delgada, casi etérea. No era hostil ni mezquino. Sabía juntarse, sólo que él, era más proclive a la soledad. En una de esas noches en que el sueño se aleja, sus padres cuchicheaban.<br />
—No me gusta cómo es. Salió melindroso para comer. Está flaco, estirado, parece carrizo tierno y casi no habla. ¿Tendrá algo? Es diferente a sus hermanos&#8230;<br />
— ¿Qué será bueno para nuestro hijo? —Le decía don Aureliano a su esposa bajo el cobijo de la noche.<br />
—No sé.<br />
— ¿Qué te ha dicho la maestra?<br />
—Que no le gusta jugar y es muy serio<br />
— ¿Pero aprende?<br />
—Sí, dice que no es burro<br />
— ¿Y el cura? ¿Le has preguntado al cura?<br />
—Sí, pero&#8230;<br />
—Pero, ¿qué?<br />
—Que lo educamos mal.<br />
— ¿Por qué?<br />
—Pues parece que él no le besa la mano y, cuando lo ve rezando, lo hace para dentro; hasta parece que se ríe.<br />
— ¿Qué crees que sea bueno para el niño?<br />
—A lo mejor algo lo espantó. Recuerda que la partera nos dijo que el niño no tiene Tona. Ya ves que me embaracé poquito antes de la creciente.<br />
—Lo llevaremos con don Andrés, que es bueno para sacar malos espíritus.<br />
Hablaron con el curandero y convino en limpiarlo del espanto, aunque les mencionó que no sería fácil, ya que se le metió durante la gestación cuando el alma también estaba tierna. Fueron citados a la hora del crepúsculo. La noche anterior, lo bañaron con hojas de albahaca, y había dormido con un collar de ajos al lado de la almohada. Cuando vio al niño, sus fosas nasales se le dilataron, inspiró profundamente, empezó a eructar y mover la cabeza como si se espantara las moscas.<br />
—El niño tiene algo, mi estómago me dice, el aire me dice.<br />
— ¡Qué! —Exclamaron al mismo tiempo los padres.<br />
—No sé aún. Pero, ¿trajeron los huevos?<br />
—Sí.<br />
— ¿Son de la gallina que les pedí?<br />
—Sí, sin plumas en el cuello y de color pardo.<br />
Llevó de la mano al pequeño que, confiado, se dejó conducir. El consultorio estaba vestido por imágenes de Cristo que colgaban sobre la pared. Al centro, había una gran mesa y, sobre ella, un mantel blanco con los bordes de encaje que casi tocaban el suelo, figuras de barro de la Virgen de Guadalupe, San Antonio, San Judas Tadeo. En la orilla, una cabeza de piedra vieja, con la mirada encendida: era la efigie de un Dios azteca que inspiraba temor. Dispersos, media docena de cirios ardiendo.<br />
—No tengas miedo, te untaré el cuerpo con estas hojas. Pasaré los blanquillos de gallina desde tu cabeza a los pies y, al reventarlos dentro de un vaso con agua, la figura que se forme me dirá lo que tienes. Quítate la camisa.</h4>
<h4>Abrió los brazos y dijo oraciones apenas susurradas, mientras entornaba los ojos, con la cara mirando al cielo. Se mantuvo así largo tiempo. Los ojos de Jesusito iban de un lado a otro, y bajo sus pies descalzos sintió el grueso de unas raíces; recordó que afuera crecía un enorme mango y no le fue difícil descubrir que el suave frescor era debido a la sombra que caía sobre el techo de palma.<br />
—Ven, acércate —le dijo el curandero.<br />
Empezó a golpearlo suave con un grueso de ramas y hojas en el pecho, la espalda, las nalgas y al hacerlo, salían olores vagos. Después, fueron tan penetrantes que conferían al ambiente un aroma a hierba restregada.</h4>
<h4>El brujo rezaba en dialecto con palabras ininteligibles que mezclaba con regüeldos, convulsiones y temblores. Tomó la botella que contenía caña mezclada con hierbabuena y menta y dio sorbos generosos que resbalaron por su garganta. Luego, tomó otro trago que mantuvo en la boca hasta que lo dispersó sobre la espalda del niño quien, al sentir el frío intenso, se sobresaltó. Al percatarse de que lo volvería a hacer, instintivamente, se movió a un lado y el brebaje cayó sobre las candelas encendidas.</h4>
<h4>Grandes lenguas de fuego se alzaron, llegando al techo de palma; en un santiamén, las llamas calcinaron todo. Nada fue suficiente para apagarlo, y en medio de la desolación, se escuchaban los gritos de la madre del niño. La gente que se había arremolinado veía sin creer lo que pasaba, y lo más que hacía era llevar agua para evitar que el cuerpo de don Andrés siguiera quemándose. Todos tenían los ojos entre las cenizas, tratando de descubrir los restos del mocoso; pensaron que por ser tan delgado, se habría consumido con rapidez, sin dejar rastro.<br />
— ¡Allá está Jesusito! ¡Allá está! —Tronó un grito en medio del silencio. El comisariado de tierras apuntaba con la mano y todos levantaron la mirada. Estaba enredado entre las horquetas del árbol, con los ojos adormilados, como si acabara de despertar de un mal sueño.<br />
La partera, al conocer los hechos, no tuvo dudas de que sólo una Tona podía haber salvado al güero de morir por el fuego. Movió la cabeza, y pensó: “El camino de los santos y de la Tona es infinito. ¡Quién iba a creer que un ave lo cuidaría!” Se persignó, y con una piedra poma, comenzó a afilarse la uña del dedo índice derecho; la que utilizaba para romper las fuentes y aprontar los partos.</h4>
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		<title>POST DE NAVIDAD   Listado de blogeros que han escrito un texto sobre la navidad</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 23:43:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[¡FELIZ NAVIDAD A TODOS! Y una oportunidad para conocer nuevos amigos y estrechar lazos. El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo. http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/ http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/  Polvo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1772&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!</p>
<p>Y una oportunidad para conocer nuevos amigos y estrechar lazos.</p>
<p>El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos <a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/navidad.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1773" title="NAVIDAD" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/navidad.jpg" alt="" width="216" height="172" /></a>decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo.</p>
<p><a href="http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/">http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/</a></p>
<p><a href="http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/">http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/</a></p>
<p> <a href="http://florialv.wordpress.com/2011/12/15/polvo-de-estrellas-en-navidad/" rel="external nofollow">Polvo de estrellas, en Navidad. | La Sinfonía de la Vida</a></p>
<p><a href="http://pipermenta.wordpress.com/">http://pipermenta.wordpress.com/</a><em><a title="La navidad es un cuento" href="http://pipermenta.wordpress.com/2011/12/14/la-navidad-es-un-cuento-segunda-parte-de-fantasia-de-navidad/">La navidad es un cuento</a></em></p>
<p><em> <a href="http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad" rel="nofollow">http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad</a></em></p>
<p><a href="http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/">http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/</a></p>
<p><em> </em><em><strong><a href="http://zambullida.wordpress.com/2011/12/17/hacia-la-navidad" target="_blank">Hacia la navidad</a></strong> </em></p>
<p><a title="relatos cortos, microrelatos y cuentos" href="http://micromios.wordpress.com/">Micromios Blog</a><a title="" href="http://micromios.wordpress.com/2011/12/17/a-tiempo/">-A tiempo-</a></p>
<p><a title="Este cuento lo escribí el año pasado para las fiestas navideñas…,  los personajes no son reales, los lugares detallados  en el cuento si pertenecen a parajes de la Isla de Tierra del Fuego…, allí donde la belleza del lugar inspira historias como esta: Aeropuerto Jorge Newbery-Buenos Aires Vuelo Aerolíneas Argentinas n°9432 -  8 am con [...]" href="http://1cruzdelsur.wordpress.com/2011/12/16/un-sueno-en-tiempos-de-navidad/">Un sueño…, en tiempos de Navidad…</a><a title="Vivencias, pensamientos y sentimientos durante este camino ... llamado VIDA.." href="http://1cruzdelsur.wordpress.com/">Cruz del Sur</a></p>
<p><a href="http://joaquinsarabia.wordpress.com/2011/12/16/cuento-de-navidad/">Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia</a></p>
<p><a title=" En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, su amigo de siempre. Él  traía lentes oscuros,  ya que había luna nueva.           ―¿Ha escuchado hablar de Santa claus? ―Para nada sapo. ―¿Pero sí de la navidad? ―Sí,  mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y [...]" href="http://senddero.wordpress.com/2011/12/17/don-sapo-y-la-navidad-de-ruben-garcia-garcia/">Don Sapo y la navidad de Rubén García García</a></p>
<p><a href="http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html" rel="nofollow">http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html</a></p>
<p><a href="http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/" rel="nofollow">http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/</a></p>
<p><a href="http://elrincondemiriamchepsy.blogspot.com/">http://elrincondemiriamchepsy.blogspot.com/</a></p>
<p><a href="http://annefatosme.com/2011/12/14/el-sol-de-liv-cuento-de-navidad/">http://annefatosme.com/2011/12/14/el-sol-de-liv-cuento-de-navidad/</a></p>
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		<title>Don Sapo y la navidad  de Rubén García García</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 03:14:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[CUENTOS DE AQUÍ Y DE ALLÁ]]></category>
		<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[ En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, su amigo de siempre. Él traía lentes oscuros, ya que había luna nueva. ― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs? ―Para nada Sapo. ― ¿Pero sí de la navidad? ―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1764&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3> En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, su amigo de siempre. Él traía lentes oscuros, ya que había luna nueva.<br />
― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?<br />
―Para nada Sapo.<br />
― ¿Pero sí de la navidad?<br />
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?<br />
<a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/santa-claus2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1777" title="santa-claus" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/santa-claus2.jpg?w=200&#038;h=300" alt="" width="200" height="300" /></a>―También, le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que, cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.<br />
―Pues por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos del mundo!<br />
―Mire, aquí tengo unos dibujos de Santa.<span id="more-1764"></span></p>
<p>El Topo quitándose los lentes oscuros, se fijó en las fotos. Las veía y volvía a verlas.<br />
― ¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.<br />
―Qué cosas dices Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.<br />
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?<br />
― ¡Claro que sí!<br />
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel.<br />
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:<br />
― ¡Dios nos ayudará!</p>
<p>La noche se hizo corta, pero armaron un plan y cada quien se fue por su lado a hacer su tarea. La noticia corrió de boca en boca. Santa Closs vendría a la selva y daría a los infantes animales que se hubiesen aplicado en sus quehaceres, un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.<br />
― ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No dé esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. ―Dijo el señor Lechuza.<br />
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa Closs cumplirá.<br />
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―Dijo el Topo.</p>
<p>El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camalotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, ya que ésta era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por venados alados.<br />
―El festejo de la navidad tiene que llegar a todos los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.<br />
― Aquí, están las fotos de Papá Noel. Con una batita roja, un bulto sobre sus lomos. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.<br />
― ¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó, emocionado, Don Sapo.<br />
― ¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los chiquillos del monte, si en la navidad, encontraran en su casa un regalo.<br />
―Pero… ¿Y los regalos?<br />
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciadores que, los niños caprichosos, tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas, con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora, le confecciono su traje de Papa Noel.<br />
― ¿Y los regalos?</p>
<p>Mamá Ratona chifló, sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones, prestos, llegaron<br />
― Está noche traigan juguetes, muchos juguetes. Ordenen a sus familias que cada ratón debe de traer dos.<br />
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.<br />
― ¿Y cómo podré llevarme tanto?<br />
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.</p>
<p>La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar- como nuevos- los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron, poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.</p>
<p>Cuando Mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh! Fue, entonces, cuando recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO. Don Sapo empezó a practicarla, pero no le salía convincente, sin embargo, en su corazón retumbaba el JO JO JO</p>
<p>Un camelote fue adaptado como balsa, pero era mucho mejor que ésta. El camalote está reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Hay arbustos que dan calor o frescura y se confunden con otros camelotes, pero lo esencial es que está protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.<br />
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, pero eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.</p>
<p>En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos, parecía decir: véanme; y en otras, tomaba las nubes y se envolvía. En el primer tercio, todo corrió como lo hace la música del agua. Luz de luna, gritos en la lejanía, chicharras en coro. Poco antes de llegar a la mitad del trayecto, la luna se cansó de su desnudez y se envolvió. La noche se hizo densa, la brisa dejó de serlo. Ahora, el viento corría frío y zarandeaba a los árboles. E l rostro de don Sapo empezó a preocuparse. En la lejanía, se oían los silbidos, y el agua del rio se encrespó.</p>
<p>Los ojos de Don Sapo no daban crédito cuando vio unos círculos de colores rodando de orilla a orilla. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada, le latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre el agua y amenazaban con tomar su ínsula. Las Ratas de Agua se formaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos casi cerrados porque podrían ser -fácilmente- hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal, llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo tajo el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante, el Jaguar de una tarascada le arrancó la cabeza.</p>
<p>Regresó la calma. La luna asomó nítida y dulce. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del rio: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso.</p>
<p>Las Ratas de Agua olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al mismo tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos lagartos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los lagartos nadaban en fila y, lentamente, iban hacia el camalote. La luna abrió un instante, pero volvió a meterse, quedando en la oscuridad una fila de ojos enormes por donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes del camelote se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes piezas de artillería se adelantaron dispuestos a golpear con sus macizas colas al camalote. Derribados de la ínsula, serían victimados con facilidad. Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:<br />
-¡Cierren los ojos, cierren los ojos!<br />
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos, prendiendo y apagando su lucecita, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo, llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en los párpados de los lagartos, obligándolos a hundirse en las aguas del río.</p>
<p>A don Sapo hubo que reacomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Mientras los infantes dormían, fue dejándoles a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.</h3>
<h3>Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.</h3>
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		<title>Paseando en la montaña. Cap II</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Dec 2011 22:38:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[GENERAL]]></category>
		<category><![CDATA[UN PUEBLO EN LA MONTAÑA]]></category>

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		<description><![CDATA[Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1752&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume y a la cereza para ser tostada. La vainilla y el café maduran en los asoleaderos. Son mujer y varón. Ella perfuma la vida diaria, y él todos los días, como una campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa antes de encontrarse con el trabajo.<br />
<a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02115.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1753" title="DSC02115" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02115.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a><br />
La gente de Cox tienen en sus patios plantas de café con sus hojas que parecen boleadas con aceite, su brillo entorpece la mirada. ¡Qué espectáculo cuando los cafetales florean! El color blanco es tan tupido que podría decirse que nieva en el trópico. Los niños miran crecer la cereza y contemplan cómo el rojo se apodera, milimétricamente, de la circunferencia. Cuando está lista, la engullen, pues es como una gota de melaza. Las señoras dejan que el fruto seque en la mata. La cosechan con su dulce y luego con morteros pequeños quitan sus ropas, hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro, bajo el amparo de su sapiencia. Al cobijo del fuego, se dispersa el aroma y ambos, vainilla y café, revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio en la memoria.</h3>
<h3>Hay en Cox olores de madrugada, vespertinos, nocturnos y olores de canícula. El santo olor del pan que se esparce tumbando paredes y acariciando el gusto, pan de la mañana, pan de la tarde, batidas con huevo de rancho y canela. Olores de noche que las plantas dispersan en cielos abiertos, olores de jazmín caminan, trotan y vuelan de los árboles, hasta el regocijo de las mecedoras.</h3>
<h3>Había aromas desagradables; llegaban en temporadas de sequía cuando las aguas negras corrían perezosas por la cañada y dejaban escapar su fetidez. En algunos lugares tenías que pasar corriendo para evitar la nausea. Por eso, cuando llegaban las aguas, el pueblo se lavaba y esparcía en el ambiente la recompensa: el olor a tierra mojada.</h3>
<h3>Los panaderos amasaban la harina y con habilidad, la tejían en variadas formas, cociéndola en hornos de barro. El olor a pan se ofrecía antes de abrir el día y poco antes del crepúsculo. Un día, conocí<span id="more-1752"></span> los totopos. Son unas láminas delgadas con forma de cuadro, de diez centímetros por cada lado, de un blanco pergamino, que las señoras ponen a dorar en el comal de barro. Las yemas de sus dedos son resistentes al calor, ellas con cuidado dan vuelta y vuelta a los pergaminos cuadrados, hasta que salen tan dorados que un mal movimiento, los rompe. Los totopos, al comerlos, se deshacían en la boca dejando su olor y sabor entre los sentidos y el alma. Supe que los hacía una abuela que molía y molía el maíz en el metate, hasta que se transformaba en talco y después de varios conjuros, quedaba una masa que extendía y, luego, la cuadriculaba. Los totopos son de esos alimentos que son propiedad del pueblo, fuera de allí, nunca. Hoy que retrocedo, entiendo por qué Cox lo tengo dentro: estoy amarrado con sus olores. Buenos y malos, pues la vida se compone de ambos.</h3>
<h3><strong>LOS PÚLACLES </strong></h3>
<h3>Llegué a Cox cuando la lluvia caía diminuta y fría, y los caminos se llenaban de lodo, y la hierba levantaba con desmesura. Contraté a Zoila, una muchacha delgada, de labios finos, dentadura blanca y milimétrica y con el cabello hasta la cintura. Ella ya usaba vestido, pero su mamá vestía a la usanza totonaca. Aprendió a inyectar, a tomar la presión y era notable su paciencia para atender a los enfermos cuando éstos tenían que permanecer para ser observados. Nada raro era que Zoila se hiciese de muchas amigas que llegaban de otras rancherías.</h3>
<h3>Recuerdo a Juana que vendía púlacles. Llegaba al consultorio con su canasta y salpicada de lodo hasta en la cabeza. Los púlacles son una especie de tamal sin carne, aderezado con plantas aromáticas y frijoles tiernos que recién salidos del fuego, saben a cielo. Tapaba su canasta con servilletas de algodón bordadas. Hablaba a Zoila, pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con algún retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias y se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?<br />
—Me da las gracias, y a usted le deja dos púlacles, para que se los coma.<br />
Yo le decía:<br />
-Andas de novia, ¿verdad?<br />
Ella se retiraba sonriendo, pero no era ese el motivo. La mujer indígena lleva, por delante, el aseo y, siempre, lo demuestra.</h3>
<h3><strong>LOS DOMINGOS </strong></h3>
<h3>Los domingos eran diferentes: los arrieros llegaban, desde la media noche, con sus mulas cargadas, y se escuchaba el hincar de las herraduras sobre la corteza de la piedra. El silencio, que no era tal por las chicharras, ahora, lo interrumpían los gemidos de los puercos que presentían el sacrificio. El pueblo se levantaba enérgico. Los varones con su traje blanco y el morral de yute colgado al hombro, caminaban, blanqueando el día. Las mujeres detrás de ellos con faldas blancas, blusas bordadas formando grecas o rosas con acalorados colores. El olor a café, recién tostado, volaba por las casas, el aroma de la vainilla escapaba por las ventanas o traspasaba las habitaciones. La gente parecía enfiestada, y de las paredes de sus viviendas colgaban macetas y flores, al tiempo que los pájaros iban y venían haciendo algarabía.</h3>
<h3>Bajo los hombros de la gente escapaba una cultura de quehaceres. Esta gente llevaba en sus venas la sangre de quienes forjaron una arquitectura de cantera labrada, murales que aún viven en el Tajín y que ordenaron con su talento, la pirámide de los Nichos donde convergieron la astronomía y la belleza.<br />
El domingo era importante: el Presidente Municipal platicaba con la gente que llegaba de la montaña y de la sabana.</h3>
<h3>El comisariado de tierras mediaba entre los campesinos y trataba de llegar a un acuerdo que tuviese un beneficio común, ya fuese levantar un aula o restaurar un camino. Las familias concurrían al llamado de las campanas. Era día para platicar: parientes lejanos y amigos se daban cita en casa de algún familiar, en el parque, en el mercado, en la iglesia o en el Palacio Municipal. Miraban las calles engentadas, subían, bajaban, se abrazaban. Los indígenas se rozaban las yemas de los dedos, ya que era su manera de darse le bienvenida. Silenciosos y tímidos, enfilaban hacia la iglesia o al cementerio.</h3>
<h3>Los hambrientos marchaban al mercado, a regocijarse con los olores de la paila: cueritos a medio cocer, sesos en hoja de maíz, púlacles, tamales de frijol, de calabaza con camarón, pescado ahumado, fajitas de venado secas. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o por los ajuares de belleza. El campesino, por un sombrero de palma. El vaquero apreciaba los botines de piel, espuelas, o porta navajas hechas de cuero. Las señoras iban por la compra: chiles de diferentes tipos, recaudos, semillas y verdura recién cortada; y si alcanzaba, un corte para vestido, unos zapatos o se surtían con hilos de colores. Los ricos compraban en la ciudad. El mandamás llegaba con su caballo de clase, vestido con elegancia para diferenciarse. Él, al frente, la esposa detrás y, después seguía su escolta de vaqueros. Se instalaba en la tienda de su hermano y con una cerveza en la mano, trataba sus negocios.</h3>
<h3><a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02106.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1754" title="DSC02106" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02106.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a><br />
Por las tardes, cuando los arrieros empezaban a levantar, los amigos se despedían, cada quien marchaba por diferente camino: unos a pie, otros en sus bestias. De la lejanía, se divisaba cómo agitaban su sombrero como diciendo: cuídate, que tengas buen camino y hasta la próxima.</h3>
<h3>Otros quedaban tirados en las banquetas, borrachos. El campesino que traía maíz o frijol para vender y, después, comprar jabón, víveres o un remedio, él no llegaría a la choza hasta el día siguiente con las manos vacías. La mujer alumbrada por un candil de petróleo, lo esperaría a deshoras, meciendo la cuna hecha de cartón y trapos, abrazando al hijo y dándole palmadas en la espalda para mitigarle la tos.</h3>
<h3><strong>LOS PÁJAROS </strong></h3>
<h3>Había un clima alborotado por el otoño, con días soleados y otros de agua fría y punzante, de vientos gélidos que -por las noches- tomaban la siesta en mis pies. En la cocina de doña Licha, me acercaba al fogón, sorbía un café recién hecho y me sentaba en la mesa a platicar con sus hijas, mientras ella atizaba la lumbre y dejaba ir en la oscuridad, amarillos fugaces.</h3>
<h3>En la esquina que está antes de llegar al consultorio, se reunían a platicar Celedonio, sus hermanos y el aserrador con quienes trabé amistad. En otras ocasiones, me sentaba en un escalón y escuchaba el aleteo de los pájaros que provenía de los árboles enraizados en la cañada. En un día de viento y frío, fui al cementerio a determinar si una difunta era ya difunta y de regreso, con la emoción de haber explorado a una muerta, mientras intentaba abrir el candado de la puerta, escuché –claramente- que me chisteaban. Me puse tan nervioso que no atinaba a meter la llave en el ojo de la cerradura. Abrí la puerta y oí miles de aleteos y, luego, una fuga de aves que salieron por los claros de la casa. Me tranquilicé cuando la luz de una vela iluminó, tímidamente, las paredes. Después de una noche de frío, las imágenes de la difunta volaban en mi mente, mi descanso estuvo clavado de alfileres. Al día siguiente, encontré al comandante quien había dirigido la excavación de la tumba, y platicamos de los sucesos. Le comenté que al abrir el portón me habían chisteado, y él, sin contenerse, abrió una sonrisa que se convirtió en carcajada; le pregunté el motivo.<br />
—No se ofenda. Debe saber que en la región hay un pájaro que chistea. Lo hace tan bien que pareciera que llama. Ya imagino el susto de usted.<br />
—Oiga, pero también escuché aleteo de pájaros.<br />
—No entiendo.<br />
—Sí, como si volaran miles de aves.<br />
Se quedó pensando y volvió a sonreír, moviendo al mismo tiempo mandíbula y carne.<br />
—La casa donde está, estuvo desocupada mucho tiempo, así que no es nada raro que los murciélagos la hayan tomado prestada.<br />
Así que en Cox hay pájaros chisteadores, pero, y ¿si hubiese sido la difunta?</h3>
<h3><strong>LA CERVEZA, EL CAFÉ, EL PALOMO Y EL TUMBADOR DE CAÑA </strong></h3>
<h3>Para transitar por calles y callejones, había que cargar una lámpara de mano. En noches sin luna o lluviosas era imprescindible. El pueblo carecía de energía eléctrica, y ricos y pobres estaban acostumbrados a tomar sus bebidas, sin enfriar. El pueblo entero, sin distinción, en vez de agua tomaba café. Sí, niños y adultos, cuando tenían sed, ingerían café. El café era para ellos un alimento, un amuleto, una preferencia secular. Por eso, doña Licha, siempre, tenía café y, de allí que fuese habitual que al lado de la máquina de coser y los recuadros de parientes idos, respirase a café recién tostado. Lo hacían ralo, es decir, poca harina de café; ponían en vez de azúcar refinada, panela o melaza, rajas de canela y la bebida tomaba un sabor distinto. Si lo consumían frío, podría pasar por agua endulzada con sabor a canela y café.</h3>
<h3>El agua no la hervían, brotaba de manantiales. Allá, arriba del pueblo había veneros que brotaban de la montaña. Le hacían una especie de pileta y la protegían. Los niños, como de 12 años, eran diestros jinetes de burro, acarreaban el agua en tambores de cincuenta litros, dos por viajes, que sujetaban de lado y lado del lomo del burro. De esa manera, abastecía un depósito para que funcionase wáter y regadera. La casa que renté, permitió un consultorio y un espacio para observar pacientes delicados y en la parte de atrás, cocineta y comedor. Zoila se encargaba del aseo y Neme, niño de doce años, de traer cuanta cosa se necesitase. Ambos hablaban el dialecto. Este lugar es habitado por gente creativa, hacedores de un oficio de milenios.</h3>
<p><a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02107.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1759" title="DSC02107" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02107.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<h3>Algunas señoras, también iban por el agua, llevaban su recipiente y con la toalla, hacían una dona, se la ponían en la cabeza y sobre ésta, sentaban la cubeta. Nunca vi que derramaran una gota de agua en un camino disparejo y, a veces, lodoso.</h3>
<h3>Ricos y pobres tomaban, en vez de agua, café. En las fiestas, tanto el terrateniente como el vaquero, consumían la cerveza sin enfriar, “altiempo”. Un día, llegó la luz. Luego, los enfriadores, pero ellos pedían cerveza “altiempo.”<br />
—La fría no es tan sabrosa como la caliente —decían.</h3>
<h3>El pueblo era dado a la música: nacimiento y velorio se envuelve con el tambor y el violín. Los abuelos hacían sus fiestas bailando el huapango que se ejecuta zapateando sobre un entarimado de madera. Tres músicos y tres instrumentos: violín, jarana y guitarra.</h3>
<h3>El cañón rugió. Tronó, como en los tiempos de la revolución. Así era cómo El Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre, vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.<br />
— ¿Se quieren casar? —Preguntaba.<br />
La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Luego, un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía, entonces, que había un sí. Todo era cuestión de tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón: una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría por cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ése era su negocio.</h3>
<h3>Aquel domingo, llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja, transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral. La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer, rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos, como siempre, destrozándose el pulpejo de los dedos, gracias a la anestesia de la caña. La luz ámbar, de los quinqués, daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile.</h3>
<h3>Jacinto, tumbador de caña, con reverencia, alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y, luego, distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.</h3>
<h3>La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.</h3>
<h3>Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando una hoz, arremetió contra el hombre que bailaba con la mujer que lo había rechazado. Con un gesto de dolor, la victima abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras, brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor, en un santiamén, lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado. Los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre, poco a poco, dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.</h3>
<h3>A Jacinto, lo ataron a un gran poste que servía para sostener el cielo. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió, y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.</h3>
<h3>LA NOCHE Y LOS CABALLOS EN FILA<br />
Alumbrados por el candil y entre bromas con las hijas de doña Licha, transcurría la cena; me retiraba a las nueve de la noche y, en el consultorio, prendía la lámpara de gasolina. Leía y escuchaba la radio. Cuando las letras bailaban, apagaba y abría los oídos. La noche es otro universo: las chicharras, el aleteo de grandes aves, los maullidos de los gatos, el ladrido de los perros, las pisadas de los viajeros, o bien, el trote de las mulas que llegaban cargadas con cartones de cerveza. Había instantes de silencio profundo que eran ahogados por el canto de los pájaros chisteadores. A eso de media noche, se oían voces y una marcha de varios caballos en fila. Después, sabría que en el pueblo estaba una guardia del ejército que hacían su ronda, para sorprender a los abigeos y talamontes.</h3>
<h3>Tenía mala impresión de los militares, pero cuando conocí al sargento,  me pareció buena persona. Vivía con su esposa y sus hijos y, cada tercer día, organizaba con jóvenes del pueblo, torneos breves de volibol, semanas después, me incorporaba al juego.</h3>
<h3>El sargento rebasaba los cuarenta años, atlético, elástico, sonriente, que tenía en alto el deber. Fue bien visto por el pueblo, cuando castigó a dos soldados que molestaron a una muchacha. Ellos ocuparon la única celda que había en Cox,  siendo el blanco de las miradas y advertencia para el resto de los militares. La cárcel la compartieron con un borracho insolente y una yegua que comía las flores del jardín.<br />
Muchos años atrás, los abuelos tenían presente la llegada del ejército, cuando sofocaron con dureza una revuelta. Nada importante, dirían los de razón: “La indiada que creyó en un tal Gasca, que prometió recuperarles las tierras que les quitaron”.</h3>
<h3><strong>EL PUEBLO </strong></h3>
<h3>Tenía claro que el poder lo detentaban los de “razón”, es decir, los que usaban pantalón, camisa y tenían escolaridad. Eran los propietarios de tierras, ganado y administraban los poderes políticos. La indiada quienes hablaban dialecto, vestían de calzón y vivían en casas de tarro con techo de palma y se curaban a la buena de Dios, o bien consultaban con el brujo para evitar a los malos espíritus. Ellos, tímidos, lejos de decisiones, trabajaban de sol a sol para el terrateniente con sueldos risibles. Machete en mano, tumbaban hierba mala para que el ganado se alimentase con retoños frescos de pasto. Otros, los menos, poseían porciones de ejido que mal sembraban, por lo que se veían en la necesidad de rentar sus tierras y emplearse como jornaleros. A lo más, que llegaban los indígenas era a ser topil, especie de recadero.</h3>
<h3>Estaban los comerciantes y artesanos, pero su poder político era de poco peso. Veías un pueblo pintoresco, pero por detrás, encontrabas la miseria expresándose de mil maneras. Hubo momentos de esplendor con la vainilla y el café cuando éstos tuvieron precio. La otra fuente de riqueza estaba en los bosques de cedro, caoba y carboncillo. Muchas familias migraron: las ricas se llevaron el capital a las grandes ciudades; los pobres buscando trabajo, ya fuera en el país o en los Estados Unidos.</h3>
<p><a href="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02128.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1760" title="DSC02128" src="http://senddero.files.wordpress.com/2011/12/dsc02128.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<h3><strong>LOS CARPINTEROS </strong></h3>
<h3>Los carpinteros acariciaban la madera, la ponían al sol, la mojaban en veces y, con el ojo afinado, trazaban su línea para definir dónde tendrían que emparejar. El banco despedía olores de tabla recién cepillada, rizos que se desprendían y que, a manera de humo invisible, dejaban en el ambiente el santo olor del cedro. Manos llenas de callos que se adiestraron en torear la impaciencia, pues transformar la madera requiere de sabiduría y no tan sólo de destreza. El carpintero que  contraté,  dividió el espacio en partes precisas y lo fue llenando de bancas, sillas, mesas y sacó el olor de olvido y lo volvió de cedro. En poco la vivienda tenía vida.</h3>
<h3><strong>EL CEMENTERIO </strong></h3>
<h3>Me percaté del cementerio porque en las tardes divisaba el lomerío fogoneado por el sol de la tarde. El cerro de falda verde y un cedro imponente que en el crepúsculo era refugio de aves. Sembradas entre la hierba, asomaban cruces blancas. En la noche, aparecían luces que parpadeaban, simulando luciérnagas, pero no, eran veladoras que resguardaban la tumba. Era lo que no me gustaba de la situación de mi consultorio: salir, voltear a la derecha y encontrarme -a la lejanía- cientos de cruces que parecían mirarme. Los médicos deseamos evitar la muerte, una vida es lo más sagrado y, aunque sepamos que tarde o temprano cada quien la enfrentará, anhelamos la alegría de arrebatarle una vida a la señora. ¿Quién me iba a decir que días después estaría allí, cubierto por una noche negra, afilada de lluvia y montado sobre un ataúd?</h3>
<h3><strong>UNA CONSULTA EN LA NOCHE </strong></h3>
<h3>De un salto caí a horcajadas sobre el ataúd, una docena de lámparas alumbraron mi nuca. El viento frío arreaba un aguacero menudo al que no se le veía fin. El inspector gritó:<br />
— ¡Doctor, agarre este candil para que se ilumine! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!<br />
Miré hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas me observaba en profundo silencio. Sus vestidos blancos le conferían un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.</h3>
<h3>Dejé la bombilla a un lado. Tomé la herramienta, golpeé con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco, fue cediendo, dejando ver parte del interior. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Arriba, entre algunos destellos, se veía un enorme cedro azotado por el viento cuyas ramas, al chocar entre sí, hacían que su cuerpo tronara y gimiera.</h3>
<h3>La lluvia helada corría por mi cara, proporcionándome el aliento para seguir con la tarea de desprender la tapa del rústico féretro. Un olor a humo, barro y esperanza se abatía, mientras el calor del farol me quemaba la curvatura de los párpados. Había quitado el primer madero, y ya se podía vislumbrar el velo blanco que cubría la mayor parte de la cabeza. Fragmentos de tierra caían a mi lado; pesados, llorosos, como empujados por el agua o el silbido de los pájaros. Pude ver el cabello negro recogido hacia atrás, dejando tan sólo, un rulo que reposaba fláccido, sobre su frente. Las cejas pobladas, largas, como un camino que se entrega a la noche.</h3>
<h3>Poco tiempo tenía yo en el pueblo. Había llegado por esos días en que las gaviotas se pierden en la neblina y cuando los pies piden una frazada de lana. Me había instalado en casa de doña Licha. Esa noche, me encontraba en la cocina, esperando que saliera la otra tanda de café cuando llegó aquel nativo; habló en su dialecto y, por los gestos, deduje que se trataba de una urgencia. Supe por doña Licha que su esposa, muerta de parto, fue enterrada a la mitad del día. Un familiar llegó tarde al sepelio y quiso despedirse de ella. Al estar rezando en la fosa, escuchó ruidos que le hicieron sospechar que tal vez estuviera viva.</h3>
<h3>Para llegar al cementerio había que subir la loma. Las espadas del zacate me golpeaban y,  el lodo se adhería a mis zapatos, haciéndome resbalar. Alargué la mirada al arribar a la cima; la visión de la oscuridad me dejó sorprendido, pero mi perplejidad fue mayor, aún, cuando vi una multitud que se arremolinaba llevando una vela, o una tea hecha con trapos. Eran múltiples luces que se unían alrededor del sepulcro, su resplandor iba y venía según los caprichos del viento y -por momentos- parecía verse una gigantesca radiografía del enorme árbol. Por fin, arranqué la tapa: adentro había una niña. Todos tiraron la luz hacia su cara y emergió un rostro pequeño que hacía contraste con la largura de sus cejas. La nariz chica, su boca mediana teñida de rojo, los ojos cerrados y sus pestañas negras dobladas, me hicieron pensar que estaba dormida.</h3>
<h3>El viento cargaba con los ladridos de los perros para regresar, después, sin saber si eran los mismos, o bien de otros que a la lejanía contestaban. Las mujeres hacían la señal de la santa cruz, y los hombres rezaban con los labios apretados, quitándose el sombrero y situándolo a mitad del pecho.<br />
— ¿Quiere más luz, médico? —Era la voz del comandante.<br />
Le grité que sí y me bajaron dos linternas. Saqué del maletín una lámpara de punto fino y el estetoscopio. Sabía que era observado. Cuando abrí su párpado, no pude contener una profunda tristeza al encontrarme con la opacidad del cristal y la ausencia de cualquier reflejo en su ojo. Moví la cabeza de un lado a otro y, poco después, irrumpió el sollozo de las mujeres. A un lado, cerca de sus muslos y envuelto en descoloridos trapos de algodón, estaba el crío. Seguramente lo sacaron como un brote desgajado. No llegaron a conocerse, tal vez, murieron al mismo tiempo, pero… ¡Cuántas cosas los unirían cuando se internaban por los maizales y compartían los granos tiernos del elote y el gorjeo de las aves!</h3>
<h3>No se escuchaba ni un susurro, sólo un grito lejano que venía de afuera, no sé de qué parte. Con respeto, cerré sus párpados y contemplé la suavidad de las líneas de su semblante que la muerte, aún, no había desencajado. Al incorporarme, vi a sus hermanos que tomando el sombrero con la mano izquierda se persignaban, dándose cuenta de que la esperanza se había desvanecido. Salí de la sepultura con su ayuda; después, poco a poco, la fosa volvió a ser llenada con un barro frío, chicloso, calentado si acaso por el ansia de que estuviera con vida. Caminamos despacio, haciendo una fila; ellos con su vestimenta blanca; yo, con la imagen de ella, de sus largas y oscuras cejas. Los relámpagos se sucedían, y el cedro era un enorme molino que, al moverse, hacía gritar a los pájaros cada vez que sus ramas se atropellaban</h3>
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		<title>El regreso</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Dec 2011 04:35:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rubengarcia</dc:creator>
				<category><![CDATA[FICCIÓN BREVE]]></category>
		<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle un trozo  a su madre enferma. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1743&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
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<h3>Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle un trozo  a su madre enferma. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.</h3>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/senddero.wordpress.com/1743/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/senddero.wordpress.com/1743/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=senddero.wordpress.com&amp;blog=5083278&amp;post=1743&amp;subd=senddero&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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