El anono

La respiración se traba en la subida.

El sol se filtra resolviendo
el crucigrama de los árboles,
y mis ojos
recogen el fulgor de las monedas plateadas derramadas en el suelo.

Hay humedad y helecho,
y el silencio lo quiebra el aleteo repentino de los tordos.

Por encima de la cuesta
está el árbol de anono,
que sueña con ser seducido por el olor de los capulines.

Llego hasta él y lo abrazo.
Mi cuerpo descansa en la silla de sus ramas,
y mi adolorido sudor despertará mañana en sus hoias.
Algún día regresaré para balancearme en sus frutos;
y un niño, en alguna mañana comerá mis pensamientos.
No sé que será.

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