El cambio

Al llegar a su destino lo envolvió la tristeza. La cola se metió entre las piernas y sus grandes orejas se doblaron. Bajó la cabeza y, cuando se arrodillaba, recordó las últimas horas.
Al sonar los tambores llegaron los hombres. Su padre fue apartado de la manada. La madre herida, con la muerte dentro, corría hacia el cementerio. Él fue quedándose atrás. Cuando llegó, ella estaba consumida por el silencio. La tarde sombría por un sol oculto y una lluvia helada era el marco que tenía el joven elefante.
Se tiró en aquella humedad de muerte y, aflojando los latidos, esperó. Al rodar por el suelo sus ojos tropezaron con otro ser, ¡era una margarita!
–No me aplaste porque apenas nazco. ¡No me aplaste! ¡Quiero vivir! No conozco el sol y los montes los veo recortados. No me aplaste, por favor –le dijo.
Abrió los párpados y la luz muerta de sus ojos volvió a encenderse; dando tumbos, se fue sin mirar hacia atrás.
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