Explosión

La sombra de los hules y una solitaria banca me sedujeron. Me senté a comodidad y observé las figuras arabescas que hacía el sol al filtrar sus rayos por el enramado. Algunas parejas transitaban y a distancia se oía el repiquetear de las campanas llamando a la primera misa. Con placer inicié la lectura de “narraciones interesantes”. El perfume tenue del pasto recién cortado llegaba en ráfagas. Me profundicé en la lectura… Escuché pasos, después gruñidos. Luego un olor de alcohol y sudor, que me puso en estado de alerta. No pude evitarlo, suspendí mi labor. El deseo inmediato fue abandonar el sitio y trasladarme a otra banca. Él traía un pantalón tan amplio que podían entrar dos cuerpos de su talla a la vez. La prenda se sostenía porque estaba sujeta a la cintura con una cinta de plástico que hacía las veces de cinturón. Traía una barba de muchas noches, hirsuta y encanecida, los ojos vidriosos, entintados de un amarillo pálido y una cara garrapateada por arrugas que se enterraban en la frente y le daban un paisaje de dos vías solitarias. En las manos sujetaba una botella de ron y por el olor intenso era alcohol rebajado con agua. Con el cuerpo de la garrafa se golpeaba una de las palmas. Gruñía, daba un sorbo y perdía la mirada en algún punto distante y volvía a golpearse.
Yo Estaba indeciso. Quedarme o buscar otro sitio. El tipo no me molestaba, y la nausea inicial la pude reprimir. Él parecía ignorar mi presencia y después de algunas murmuraciones y rezongos, los quejidos se convirtieron en discretos sollozos. Lo miré y derramaba lágrimas de sus ojos amarillentos. Tuve la intención de decirle alguna palabra de consuelo, mas opté por callarme. Tragué saliva y él bebió un dilatado trago y empezó a balbucear, hablando consigo.
.
— ¡Pinche alcohol eres mierda! No, no, mierda, ¡mierda soy yo!
Cerraba el puño y lo lanzaba contra el viento y después volvía a tomar.
— ¡Te detesto!¡Cómo estoy! ¡Soy una vomitada!
Al jalarse los cabellos los desprendía y con el dorso de la mano restregaba los ojos para desanublárselos de tanta gota.
— Si yo estaba bien. Qué me dio por volver a tomar. ¿Dónde dejé mis cosas? Mi madre, mi pueblo, los amigos. ¡¿Dónde están?! ¡¿Verdad que soy una mierda?!
Me miró. Sólo moví la cabeza sin acertar que decirle. Él volvió a ingerir y repetía
— Pinche alcohol, ¡soy una mierda!
Tiraba golpes al aire y se jalaba de los cabellos. Después de un silencio diminuto estalló como si hubiese estornudado. Fue un gemido que desordenó mis adentros.
— ¡Qué hice para merecer esto! ¿Qué hice Dios mío? No puedo quitarme de la cabeza lo que hice. ¡Dios! porqué golpeé a mi hija, la dejé tirada, sangrando y salí en busca del alcohol. Ella sólo me decía, ¡ No te vayas papá! ¡ No te vayas! Tiene un mes y no sé. Ya no sé quién soy. Habré matado a mi hija?
— ¿Usted sabe quien soy?
De un sólo trago vació la botella y se perdió dando tumbos entre una batería de autos estacionados. A distancia el semáforo cambió de un rojo monótono a un verde claro.

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