Libertad

Odiseo gritó furioso. —¡Suéltenme! Estaba asido del palo mayor de la nave y los tripulantes lo miraban con aflicción. Por mandato de él, había sido amarrado, con la advertencia de no desanudarlo por más órdenes que diese. El barco navegaba frente a la isla de las sirenas. ¡Todos tenían tapiados los oídos con cera!, menos el héroe y Sesuno.
Bajo cubierta, el esclavo ignoró la indicación del cabo y ahora que escuchaba el canto, remaba frenético intentando llevar el barco hacia las escolleras. El pulso arremetía las sienes que tronaban como golpes de espuma. Él quería doblegar la fuerza del resto de los boteros que conducían la galera con rumbo diferente. “El canto es una promesa para la vida. Te inflama el alma y sabes que delante hay  manos que se  ofrecen. Remaré con el esfuerzo de mi aliento, avanzaré soñando que allá hay otra luz. Seré diferente”.
El héroe se quedó dormido pensando que cada vez estaba más cerca de su tierra. Sezuno flota en el mar oyendo aún el canto de las sirenas.

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