Dificultades de un cotorro

Silbaba la Marsellesa y su ama lo subía a su hombro. Él se desplazaba por su cuello y le daba besitos tronadores: poco después comía golosamente las semillas de girasol. Desde polluelo le habían rasurado sus alas para que desconociera el placer del vuelo; sin embargo, al amparo de la madrugada, robustecía la masa muscular de sus alones y se estremecía al escuchar el piar de las aves que cruzaban el cielo. Un día la luna mágica de octubre hizo crecer su plumaje y lanzó un grito de “quiero volar”. Su pico rompió la celda y batieron sus alas rumbo a la copa del cielo. Planeó por las ramas del ceibo y la humedad del viento lo llenó de libertad. A lo lejos se oía el canto de los grillos y el ulular de los búhos. Por la mañana comía las frutas del viejo nogal y como todos los días entonó las notas del himno francés. Voló para perderse entre los olores del bosque de los cedros. Cuando iba hacía los riscos de la montaña, sintió de pronto una mezcla de coraje e inquietud y regresó como saeta hacía su morada. No podía aceptar que otro perico le diese los besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya, azulada y fiel.

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