Tengo un nuevo vecino. Un individuo que martillea sin parar la pared de su casa. Tiene sobre su cabeza un copete rojo y pareciera haber salido de una comunidad de incomprendidos sociales.

Lo veo como entre rendijas, pero intento mirarlo mejor, mas se esconde. Golpea desde el amanecer, y aunque la tarde es vieja, continúa.

Tengo que visitarlo. Claro, si no se esconde, pues debe de entender que tanto ruido es molesto. Me parece que está recién casado, se ve joven, fuerte, pero a ella no la he visto.¿ Y si se la hubiese robado y la oculta?
¡Pero qué digo!, eso es asunto de ellos. Sólo deseo ser buen vecino, veré si les ofresco un regalo o un dulce de alegrías.

Escucho el golpeteo que hace con el martillo, pero nada raro sería que tuviera el formón, el serrucho, el desarmador y no se cuantas cosas más. No tengo duda, es un carpintero. a mí me encantan los carpinteros, son gente paciente. Trabajan la madera con amor, la sopesan, la miran, vigilan su humedad, su peso y si está lista sonríen. Son artistas, creadores, hacedores de cosas útiles, trabajan para la mujer, para que ella acomode sus platos y cucharas y faciliten el orden. Es la profesión de Jesús, así que tiene mucho simbolismo.
Aunque a veces el diablo los aconseja y se hacen irresponsables. Pero este carpintero se ve buena gente, sólo que hace ruido todo el tiempo.

Tendré que hablar frente a frente, para decirle que no se pase. Pero es que él pareciera haber salido apenas del cascarón y quizá por su juventud, sea tímido. No bien lo veo, se escabulle, no es capaz de sostenerme la mirada y salta tras el bulto de las hojas y los vericuetos del árbol de mango. Al rato golpea de nuevo, como diciendome, “No estoy para atenderte, estoy ocupado haciendole casa a mi pájara”

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