Cuando comía la sopa,  — ¿No quieres más?, me decía—. El sol hacía arder la lámina de zinc, y el calor nos deshacía en la casucha. Entonces sacaba la poltrona y la tendía bajo la sombra del mango. Ella traía un banco y, me hacia descansar las piernas sobre el.  Se arrodillaba. Con tijeras y escalpelo recortaba mis uñas de los pies y con la lija de piedra frotaba la planta y el talón. Yo, confiado en su destreza dormía.
Un día ya no quiso hacerme nada. Sus amigas le aconsejaron que su proceder era una actitud sumisa. ¡Qué vivíamos otros tiempos! Con mis manos torpes me herí y días después mis piernas cambiaron a un azul marmóreo. Ahora me transporto dentro de un cajón de madera con ruedas de triciclo. Para subsistir,  lima los pies de sus amigas, ya que mi pensión es insuficiente.

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