CORRIENDO EN LA MADRUGADA

El sol está hamacado en las montañas. Sigilosa caminas y reúnes pensamientos. Las margaritas duermen y hay ecos lejanos y gorjeos de pájaros nocturnos; por momentos el tránsito del silencio permite oír tus pasos cuando cruzas la calle adoquinada. Un resplandor lejano complace y las torres de la iglesia se iluminan. Tu mirada se acurruca en ellas y surge el color viejo y lagañoso del ayer. Te estremeces. Caminas al paso para calentar tendones y músculos. Te dices que serán siete kilómetros en esta ciudad que creció en la planicie de las montañas.

Allí está el parque central. La noche entre los pinos es profunda. El trote corto se ha ido alargando: el sudor brota como una tenue escarcha sobre tu nuca y cuando pasas por el viejo edificio de la escuela ríes, porque te ves jugando al bebe leche en la media hora del recreo, recuerdas al señor de los juguetes y la sonrisa cae. Los veías de reojo, porque tus hermanas mayores, siempre andaban con prisa y nunca te hacían caso ni compraban, por el contrario se divertían cada vez que mojabas la cama. Para llamar su atención, un día te encerraste en el baño y ellas suplicaban que abrieras. Vuelves a reír. Te imaginas sus muecas y la risa es carcajada. En ti vive la figura de tu madre quien te salvaba de jaloneos y regaños y siempre ofrecía brazos abrigadores en noches de intenso frío. Brazos cansados, adoloridos de tanto fregar para llevar comida a la prole. Tu papá un día se fue y nunca volvió.
La alborada llegará pronto, el cielo empieza a recoger su luz y un color indeciso asoma. Has abierto el compas, tus piernas duras y largas toman ritmo y la respiración profunda vitaliza la imaginación. Las luces de la ciudad se ven menos y va prendiendo el ronroneo de los motores en avenidas principales. Un gallo urbano se oye en la lejanía.
Empezaste a tararear canciones, a buscar rimas donde antes no las había y te llenaste de gozo cuando tu pensamiento fulgió. La guardaste en tu libreta. “ El agua canta cuando llueve y corre alegre Mis ojos tienen agua y corren tristes cuando mamá mira después de las montañas.” Mamá se veía más cansada. Y entre tanto trajín los muchachos pasaban sin pena ni gloria.

Piensas en el amor. Mueves la cabeza y aceleras el tranco; abres los brazos y expones tu pecho a la alborada. Se oye el rumor de una fuente y una alegría asoma en tus cielos . Ahora te miras joven, entregándote al placer con el hombre más maravilloso que has conocido y solo los cerros saben que has enrojecido de la cara. Tu suspiro, si pudieses verlo, es un colibrí. Jamás dudaste de ti y nada te impidió desnudarte. Fue tan intenso, que valores, recomendaciones, consejos quedaron a la deriva. Cuando salías con él por senderos de flor y árbol, se hacían nudo en camas improvisadas de hierba. El alba coincide con el recuerdo de tu boda y la colina te hace jadear como la corona de tus hijos cuando los expulsaste de tu vientre para llevarlos a tu pecho.Esos momentos son incomparables.

Trotas por las pendientes —que albergan pisadas ancianas— La respiración se te vuelve asmática y el sudor se abre por los orificios de tu piel; y te ves durmiendo después de la media noche y levantándote antes de que el sol se abra. Los días pasan en procesión, los calendarios no duran y te miras en las graduaciones de tus hijos, mientras tu esposo vive obseso de su trabajo. Al dar la vuelta, en una esquina que respira tiempo, está la mujer que barre la calle. Falda negra, su escoba hecha de ramas y pareciera ser una prolongación de su cuerpo. Te observa y muerdes los labios, y al cruzarla, deseas darle los buenos días y continúas con un paso que golpea con coraje las baldosas. Llega el resplandor como si goteara luz, va aclarando el día. Levantas tu cara, y los ojos se pierden entre los cerros que parecen puños levantados. Sobre la cúspide, el sol es apenas un girasol que hace huir a las sepias. En el descenso, el sudor se desvanece, pero un rocío retrasado cae y baña nuca y espalda produciéndote un escalofrío. De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida y cargando tu dolor lo acompañas a la puerta. Se fue. Solo, con su equipaje y se llevó la mitad de tus recuerdos. Respiras profundo a pesar de que tienes nudos en el pecho y a punto de desfallecer y quedarte a la vera del camino, sacas, de tu vientre un impulso más y logras rebasar la loma y seguir y seguir. Pareciera que corres por inercia, sin embargo sobre el paisaje llega una ventisca con olor de frutas y levantas la cara sobre el bermellón de las montañas y corres con más fuerza, como una cabra que reta a los abismos.

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8 Comments

  1. Siempre me gustó la narración en segunda persona: parece un contrasentido que ese “tú”, no siendo el “yo”, cale tanto en el lector. Y cuando el relato parecía que iba tocar fin con una muerte, una desgracia… de nuevo surge esa mujer atrevida y valiente que “reta a los abismos”

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  2. Casi una vida pasa en la cabeza mientras se corre, o será que se recorre una vida hasta el último aliento? Interesante relato intimista contado de una manera original ya descrita por otros lectores. saludos

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