Decidimos asesinarlo en una tarde vieja. La llovizna y el viento gélido hacían que nos juntáramos para protegernos de la inclemencia de un invierno atroz. Jaime sacó  tres cigarros. Antonio media botella de ron que birló de la cantina de su papá. Yo: dos latas de cerveza y un refresco de cola. Éramos siete haciendo una rueda.  Manuel encendió el cerillo y curvó las palmas de las manos. Con una seña invitó a que nos acercáramos para hacer arder los pitillos. A duras penas pude pasar el trago de ron y cuando aspiré el humo sentí  ahogarme. Tosí  escandalosamente.  En la boca del callejón, nadie asomó las narices. Mis  compinches se rieron. Pero  a mí,  llegaron  de improviso, los frentes de los edificios con sus focos multicolores que al prenderse o apagarse parecían parvadas de pájaros que volaban de un lugar a otro. En la lejanía sonaban las campanas de navidad y el destello de papá Noel manejando el trineo.

Han pasado veinte años desde aquella cita y para mitigar el dolor de nuestra conciencia, vamos con nuestros hijos al parque central para que se tomen una foto con quién fue nuestra víctima.

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