CARDENAL DE OJO BLANCO

A la abuela le gustaba vivir en casa de mamá. Por las tardes se mecía en la poltrona y entregada a la sensatez de las horas disfrutaba del viento, de las margaritas en floración y del canto de los pájaros que por instantes les daba por silbar. Había clarines, sinsontes, calandrias, jilgueros y dos cardenales. La abuela Camila se había venido del rancho, -papá la había traído. Primero estuvo con mi tía, en un departamento con todas las comodidades, pero decía: “Veo puro carro y de la ventana solo se miran las azoteas con tendederos de ropa”. Nosotros vivíamos en las afueras de la ciudad, era una casa humilde, con techo de lámina, pero había un patio con árboles frutales y abajo un gallinero donde mamá criaba sus pollos.
El corredor largo y amplio, cercado por jardineras donde florecían margaritas enanas, amor de un rato y más de una vez uno que otro tomate enrojecía al calor del sol vespertino. Como la casa fue construida sobre una loma, el viento de las cinco de la tarde parecía un perro juguetón que correteaba cualquier cosa que se le atravesara en el camino. En ese corredor cantaban los pájaros dentro de su jaula. La abuela era la encargada de darles de comer.
-“Juan no quiere cantar”. Dijo la abuela en voz alta para sí. Yo sabía que hablaba del cardenal de ojo blanco. El otro cardenal era lo contrario y le decía Pedro, cantaba tan fuerte que ensordecía. Algunas veces las aves se alborotaban y el corredor era una fiesta de silbidos. Todos hacían bulla, menos el cardenal de ojo blanco. Ya por la noche se bajaban las jaulas y era cuando yo secreteaba en silencio con Juan. Nunca traté de tocarlo, pero había una suave corriente entre los dos.
Una madrugada se escuchó el canto de un cardenal. En la mañana fue la comidilla. Todos preguntaban “¿escucharon cantar al cardenal?” Pero quién fue el que cantó, preguntaba mi papá. Debió de ser Pedro, ya sabemos que Juan no canta. Dijo mamá. Toda una semana lo hizo y tan fuerte que nos espantaba el sueño y lo que parecía novedad se convirtió en molestia. La abuela separó las jaulas para saber cuál era el que nos despertaba y mamá tenía el oído abierto hasta después de la media noche. Nada, no se sabía nada. Tampoco podíamos dejar los pájaros fuera. Era a finales de otoño y las madrugadas llegaban tiritando de frío.
La tarde cambió de luminosa a gris. Pelotas de nubes gordas se asomaron en el cielo y una lluvia finita empezó a caer. “hay que meter a los pájaros dentro de la casa” dijo mamá. Pero antes se les dio una ración de alpiste, agua y se limpió su jaula. ¿Cómo fue? No supimos, pero en un pestañeo el cardenal de ojo blanco escapó. Nada se pudo hacer y esa noche, fui a la cama friolento y cabizbajo. Oía el viento. El agua tamborileaba cuando caía sobre las hojas del naranjo.Naranjo que creció frente a mi ventana. Dormía entrecortadamente. Con los ojos cerrados lo veía y me preguntaba en dónde estaría. La noche húmeda llegó hasta mi almohada. El frío, el sueño, el cansancio me vencieron. En la madrugada desperté sobresaltado. Escuché el canto del cardenal. Seguramente en alguna rama del naranjo se protegía de la lluvia y fiel a su carácter cantaba. Prendí la luz. Me pegué al vidrio de la ventana y pude divisarlo por su ojo de leche. Fue un instante, después se perdió de mi vista, de mis oídos, pero nunca de mi memoria y de mi pecho.
Afuera se oía la chorrera de agua sobre las hojas del plátano y el viento hacía tronar el techo de la casa.

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8 Comments

  1. Este cuento me gustó, sabes por qué? me imagino que así habria reaccionado mi abuela, si en algún momento hubiésemos decidido moverla de aquel lugar donde habita cerca de 50 años.. no creo que jamás se habria acostumbrado a la urbe, y sabes? mi abuelita tambien tiene un pajarito que le canta, el problema? es que no le puso nombre y ni yo sé que pajarito es.. solo sé que canta muy fuerte cuando compartimos con ella en la terraza, es como si quisiera ser parte de la tertulia que se teje cada vez que hacemos reunión familiar… es increíble que a veces lugares tan comunes sean una cotidianeidad en la especie humana.. me encantó!!!

    Gracias por invitarme..
    Vilya..
    🙂

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  2. Bello comentario me dejaste querida amiga. Te cuento que es algo que me paso de niño. Ahora entiendo o mejor dicho siento la corriente que se establece entre dos seres vivos y comprendo que ese cardenal era único y a su modo nunca se resigno a buscar la libertad, aún con riesgo de perder su vida, tal vez murió no sé… Gracias por llegar y comentar Rub

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  3. Prefiero pensar que no murió sino que vivió libre amenizando a muchas personas con ese canto que se resistía. Hizo bien en escaparse,aunque produjera pena en el niño. Lo siento pero tener un pájaro en una jaula, o un lagarto en un terrario me parece una salvajada. Aunque entiendo que lo lleves en la memoria, porque cuando quieres a una mascota es incondicional. Un abrazo Rub.

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    1. Asi es, en mi cabeza solo encontre la frase que Dios te cuide. Ahora comprendo que como todo ser vivo luchaba por su libertad, como los hombre en diferentes etapas de la historia lo hemos hecho aun a cosa del exterminio de un pueblo. Gracias por comentar Amiga Elena, siempre es un gusto compartir contigo.. un abrazo Rub

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  4. Me encanta el ambiente que despide tu cuento, un jardín floreado, una familia tranquila con la abuela que cuida los pájaros. Una abuela muy tierna y muy sabia que ha entendido el sentido de la vida y lo libre que debería ser cada uno para elegir la vida que desea. Muy bonita metáfora. Me ha encantado.
    Un abrazo querido rub,

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    1. Siempre es una fiesta encontrar los comentarios de los amigos y amigas. Grcias hermosa Ann por haberme visitado y mirar de cerca esa ave que irrumpe en la vida del niño y la familia. Entender que las aves son seres vivos que reclaman libertad y respeto a su manera de ser. Gracias y un abrzzo enorme hasta allá… Rub

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