Había caminado durante horas y cada vez que mi pie se arrastraba espantando chapulines salían capas de polvo que parecían nubes asustadas. La nopalera estaba seca, con algunas matas tasajeadas por los viajeros. Era la hora en que el sol afilaba las puntas de los magueyes.

¡Falta poco! me decían las gentes que se cruzaban conmigo, pero sólo veía una lengua seca que parecía no tener final. De pronto, fueron apareciendo vestigios de que no tardaría en llegar: un envase de plástico, una hoja de periódico y casas en la lejanía de un cerro.

El sol era tan candente que tenía que restregar el sudor para disminuir el ardor de la piel. Me imaginaba -mientras subía- una jícara de agua recién sacada de un pozo, fresca con olor a tierra.

Llegué a la primera casa y pregunté si no me regalaban agua.

—Agua no tengo, si quiere le vendo pulque tierno.

Por supuesto, acepté. Ella entró a la casucha de barro y lo trajo en un pocillo en el que cabía medio litro. Lo observé con desconfianza, era de color blancuzco y ligeramente viscoso. El olfato no me dijo mucho. Le di el primer sorbo y medí el sabor. El ardor se nubló por la caricia fría; ansioso, lo empujé hasta el fondo. Tres veces más el líquido resbaló por mi garganta dándome una satisfacción que dejaba un aroma de tierra mojada. Me sentí inflado, pues al caminar, bamboleaba el líquido haciendo olas en el estómago; después, eructé no sé cuántas veces.

Empecé a sentirme diferente: una ola de fuego se desparramó por todo el cuerpo dando ligereza a mis pies cansados; tuve arreos en los ojos, pude ver el color amarillento del aire y una canción de la infancia salió de entre los rincones de aquel páramo de terrones y lagartijas. Ahora sé por qué algunos viajeros van por los caminos sin mirar la distancia.

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