Un hombre llamado José

Con cariño para: Stellamantrana y José Cruz jr.

Me recuesto en el asiento mullido del autobús y, logro un recuento de lo que me acontecía hace más de sesenta años. El ómnibus rodea la ciudad y, el paisaje fluye veloz. Estas tierras parceladas, eran exuberante selva. Pronto llegaré a la brecha de los Barriles y allí me apearé.

Los árboles que conocí, los cercenaron. Los recuerdo enormes, colmados de heno, con raíces gruesas y  barbas,  que salían de la obesidad del tronco. Sólo dejaron el zapote. En aquellos tiempos era un mozuelo que se abría. Ahora es el único gigante que mira hacia los pastizales donde rumia el ganado. La brecha, actualmente es un camino de terracería, pero, me llevará  por el sendero que transitaba con mis mulas, cargadas de refacciones e hilos.

—¿Le alquilo un caballo?  -dije al ranchero. Se quedó incrédulo.

—¿para qué? Solo espere al autobús y le dice al chofer donde desea bajarse. Además si lo tumba el caballo, no creo que aguante el golpe.

-No se preocupe, se montar bien y si algo me pasara, le dejo el costo del animal.

El caballo tiene paso ligero y responde. ¡Esto es placer! Lo del camión, con asientos mullidos es: comodidad. Lo escucho resoplar, es fiel a sus instintos. Él soporta mi peso y yo acaricio sus crines, le hablo y parece entenderme.

Salimos de la carretera y tomamos la vereda. Es el viejo camino a dos arbolitos.

 

En aquellos tiempos, había en las paredes de la montaña, helechos que acariciaban tu rostro, al pasar por veredas estrechas. Siempre cargué un machete pequeño y filoso enganchado a un lado de la cabeza de la montura, útil para abrir caminos. Había que tomar precauciones con las víboras chicoteras, que saltaban desde los árboles. Para no aburrirme tarareaba canciones, así, me mantenía alegre y ejercitaba la memoria.

 

Hoy la ciudad es un infierno de sonidos: los carros, el griterío en los mercados y, las enormes bocinas que ubican los centros comerciales, para llamar  al transeúnte. Los celulares, que miden lo de la palma de mi mano  son gozados desde los gerentes hasta el más humilde trabajador. Los chavos sumidos en una pantalla minúscula pasan horas sin levantar la cabeza y moviendo con agitación masturbadora la breve falange; le mentarían a la madre a todos los santos, si les diese un reumatismo en los pulgares.

 

Mientras cabalgo, veo que los rancheros actuales ya no montan, ahora recorren la pradera con sus camionetas de doble tracción; arregladas para ser usadas en  todo terreno. Hay más sembradíos con grama y el ganado va besando la pastura de un lado a otro. Solo han dejado algunos árboles para la sombra.  

Este sendero es solo un surco más en medio de los terrenos deforestados. Hay partes donde la tierra está cuarteada, denunciando la falta de lluvias. Se levantan polvaredas y brotan minúsculos remolinos que van y vienen alborotando la tierra seca y, las bolsas de plástico que los aldeanos abandonan.

Se presenta el primer arrollo y veo que solamente está el esqueleto de su cauce. Allí están las rocas, caparazón de tortuga, donde me sentaba a esperar que mis cabalgaduras calmaran su sed.  Metros arriba seguía la poza, donde en muchas ocasiones nadé entre sus aguas cristalinas. Dirijo las  riendas hacia el arroyo, buscando el lugar y  entristece encontrar un remedo de lo que fue. Natas amarillas sobre un agua viciada de lodo. A los lados crecen,  hierba y zacate que han atrapado botellas y latas de cerveza.

 

Antes de llegar a dos arbolitos pasaba a Rancho nuevo, un pueblo sin tiempo. Viviendas que se construyeron  con zacate, barro y, horcones de madera dura. Algunas entejadas, otras con palma trenzada. Me encantaba entrar en ellas en tiempos de calor, sentía una sábana fresca que apaciguaba el hervor de la piel.

Las mulas en la cuesta, bufaban y daban la última embestida con hondos resoplidos. Tal vez sabían que estaban cerca la paz de la llanura y, la sombra gigantesca de los tamarindos.

                                     

No sé cómo sabían de mi llegada, pero ellos, ya  afinaban bajo el árbol. Uno el violín, el otro la guitarra. Y desde allí, hasta el centro del pueblo, iban haciendo sonar sus instrumentos. Yo, atrás de ellos. Por supuesto los lugareños salían a la calle y me saludaban con una sonrisa, a la que correspondía levantando la mano. Sentía hormiguear el alma por ser el centro de la atención. Después, —las canciones que había aprendido en otros pueblos—, se las tarareaba;  ellos, con rapidez,  las reproducían en sus instrumentos. Uno me preguntaba: ¿Son todas?  Y el violinista agregaba: ¿no te sabes una más?

Después de vender hilos, cuerdas, agujas, terminaba en la casa de doña Gertrudis. Su esposo Nicanor, tendría dos años de fallecido. Había dejado prole,  ocho hijas. Ella vivía cerca del arrollo y en la última  creciente su máquina de coser, quedó muy deteriorada. Tomé agua con placer a sabiendas que provenía del manantial y que la depositaba en una olla enterrada, así, se mantenía fría. De la cocina me llegó el olor a frijoles refritos con manteca de cerdo y escuchaba el plap plap que producían las manos; de seguro las tortillas estarían cociéndose en el comal. Había en el fogón una cazuela donde el olor a langostinos invadía el ambiente. Pensé que con eso me agradecería Doña Gertrudis, que su máquina de coser fuese reparada.

-Ay don Pepe, ¡qué hubiéramos hecho sin usted¡ La mayor se nos casa y hay que coser todo el ajuar. No tenemos suficiente para ordenar que nos hagan el vestido. Ya ve que soy muy vergonzosa para pedir una prestada. aunque la hubiese pedido, dudo que se la prestaranpensé.

La máquina quedará mejor que nueva. Quizá no tanto, pero sí cerca. Lo bueno es que conseguí unas piezas de segunda mano y otras nuevas,  con un buen descuento, me dije en voz baja.

Luego, la ropa de sus hermanas, ni modo que vayan a la boda con las garras que traen. Ya sabe que después habrá mole de guajolote en casa del novio, sería un honor que nos acompañara.

-Gracias doña Gertrudis, pero  ni yo sé donde andaré el día de la fiesta; en caso de que pueda, cuente conmigo.

-Don José,  no tarda en cerrarse la tarde, ya no se vaya a Dos Arbolitos. Quédese, que una mala noche se pasa donde quiera. Le  ponemos un petate y unas colchas.

-No será mucha molestia, no quiero que la traigan en chismes.

 La gente siempre habla sea o no sea y nosotras le debemos tanto. Además el viento está frío y seguramente no tardará en llover.

La cocina era una construcción hecha de tarros, alejada de la vivienda principal. Acostado, escuchaba los susurros del monte y exhausto sabía que el sueño no tardaría. Una presencia me hizo abrir los ojos, y ágil como una gata sentí  que  alguien se acostaba a mi lado. ¿Quién? no sé. Las mayores tenían un parecido extraordinario. Me zarandeo por los hombros y me llamo por  mi nombre. Abrí  lo más que pude los ojos e intente sentarme, pero ella me detuvo.  -¿Qué quieres?. -Le dije. –Nada-, y agregó: me manda mi mamá para que no pases frío.

Por la mañana arreglé el ajuar  y fustigando a mis mulas  me puse en marcha hacia Dos Arbolitos.

 

La selva ha sido destruida, los ríos se han adelgazado y algunos arroyos, son esbozos. Los nidos de agua donde solía beber,  hoy  sólo quedan señales de que hubo un abrevadero. Las piedras no sudan, el helecho que parecía tirar vainas a diestra y siniestra se ha esfumado. Paso por potreros, parcelas recién aradas, naranjales y limoneros.

 

Dos Arbolitos se encontraba incrustado dentro de las montañas. Viejo, con sus calles empedradas y su iglesia sin más retoques que la piedra milenaria enmohecida. Siempre estuvo engentado de nativos que  bajaban de la serranía. Así ha vivido desde cientos de años, parece que nada se mueve. Pero lo hace.

Doblando una esquina, me golpeó el olor de cedro, seguí el aroma y me llevó a una tienda.

   -Buenos días

–   Buenos días tenga usted

–   Qué bonita le quedó su tienda.

–   Para servir a su merced.

Los estantes eran amplios, bien tallados, donde exhibía mercancía de uso diario. A la derecha reposaban quintales de café y fanegas de  maíz. Algunos clientes esperaban ser atendidos y otros con un parloteo delatante de que por su acento, debieran ser fuereños. Esperé a que se desocupara.

-Qué buen trabajo le hicieron los carpinteros, -volví a decirle. Pero no se ofenda, pero hay algo que me da vueltas en la cabeza y no encuentro cómo explicármelo. ¿Por qué hizo el techo tan bajo?

-Don José-…

-Me conocé?

 

-Y quien no lo conoce? Usted es el representante de la casa Singer, La que fabrica las máquinas de coser. Sin usted no hay vestidos. Pero voy a lo que me pregunta. Bien sabe usted que en este pueblo vienen de muchas rancherías. Esta tienda vende alimentos, cosas del quehacer diario y también  vendemos caña. Los clientes llegan de todas partes y cargan machete. Cuando se les mete el diablo, les da por pelear y no importa si son amigos o familiares, así que si alguien  saca el machete, por fuerza,  tiene que levantar el brazo y al hacerlo, topará con el techo; por lo que perderá fuerza y no causara tanto daño.

El hombre cacheton, ojos saltones y cabellos parados, amenazó con sonreír y acarició el mostrador, antes de servir otro trago a los fuereños.

 

–   El mostrador es magnífico. Tabla ancha y pulida.

–   Así lo mande  a  hacer.

–   ¿Pero por qué lo ordenó tan amplio?

–   La caña es cabrona cuando se sube, como dije, pero hay algunos clientes  que ya vienen con cuernos y al no encontrar con quien pelear, entonces la bronca me la echan a mí y mire Don José,  que el largo del machete y del brazo no alcanzan a tocarme. Si cuido a los demás, pues, primero empiezo conmigo, ¿no Cree?

Pasaba dos días de trabajo intenso, vendiendo y reparando las máquinas  de coser. Salí por la tarde. En el camino las nubes se hicieron gordas y oscuras. Apreté el paso, pero el agua llegó mojando todo lo que se le ponía enfrente. Mi preocupación eran los arroyos, que cuando cargan agua, se vuelven indomables y  no se pueden cruzar. Si lo haces, es seguro que no vivirás para contarlo. Para mi fortuna, llegué a Rancho nuevo. Bien empapado. Toqué quedo a la casa de doña Gertrudis para  pedirle posada.

-Don José, mire como viene. -Amarre las bestias y pásele. ¡Ey Muchachas! echen más leña al fogón y calienten café. Un trago de café con caña le evitará resfriarse.

Volví a acostarme en la cocina y  no tardé en dormirme, a media noche sentí como alguien se acomodaba a mi lado. Quise ver, pero la noche profunda no me permitió. Toqué su pelo largo, olí su cuello y mis manos se llenaron con su  piel tersa.

-¿Quién eres?

-Adivina? No te diré, anda, abrázame y no hables nada, porque mi mamá no sabe que estoy contigo.

Por la mañana, solo sentía su presencia por el olor de  mujer que se quedó conmigo.

 

Aún huelo su cabello de flores y su piel suave de barro pulido. Se ha hecho de noche y estoy cerca de la casa del ranchero a quien le alquilé el caballo. Aquí me apeo, el animal sabe bien a su casa. El camino lo  veo,  aunque no haya luz, seguiré a pie, pues a donde voy, puedo llegar cuando se me pegue la gana y a la hora que sea.

 

 

 

   

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12 Comments

  1. Querido Rubén, no sólo se ve el paisaje y se sienten los olores, sino que adivinas la frustración de Don José por los destrozos de la modernidad. También se siente el dulce calor de la mujer que le quita el frío.
    Un fuerte abrazo

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    1. FRustación es lo que don José siente de ver a su madre tierra herida por todos lados. Siempre agradecido contigo Mechita por leer estos textos largos y quizá cansados…. un abrazo y un beso Rub

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  2. Querido amigo.
    Lamento la demora en responder pero he tenido varias complicaciones en casa..
    Has sido tan amable en dedicarme una parte de tu relato.Yo ya lo había leído en su oportunidad, pero vuelvo decir. del porqué ” el techo era bajo y el mostrador ancho”, muestra la parte salvaje de un pueblo, relatado por un escritor que lo conoció también en profundidad como médico.
    Leer las vicisitudes de Don José, el vendedor de repuestos de las máquinas Singer, las codiciadas cuando todo se confeccionaba en las casas y creo que eran imprescindibles, para muchas mujeres, ha sido un placer. Se llegaba en lo que se podía hasta llegar, a donde lo necesitaban.!.
    Que el calor que le brindó una de las hijas de la casa, le haya servido para hacer los versos tan lindos a Don José, y aunque esa relación fué como lluvia de verano, quedó para Cox, un relato auténtico.
    ” Aún huelo su cabello de flores y su piel suave de barro pulido ”
    Gracias Rub, Muchas gracias..
    Un abrazo y hasta pronto.

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    1. Un relato que gracias a tu pedimento volví a darle una nueva visión, es por eso que te doy mi agradecimiento. Don José era un varón amante de la cultura y de la poesía, nunca perdió su sencillez y sus últimos años los pasó con su hijo , un afamado neurocirujano, que también le heredó el placer por la lectura y la palabra. Don José era una pila de historias, y siempre preocupado por su entorno y por los demás. Es poco para lo que el dio a sus semejantes ( masón grado 33) ..Gracias por estar querida amiga un abrazo y un beso hasta tu patria Rub

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  3. Precioso relato, rub donde se mezcla pasado y presente, añoranzas…
    Un escrito redactado con los sentidos, se huele, se toca, se saborea. Una maravilla.
    Un abrazo lleno de admiración, querido amigo.

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    1. Gracias por haber llegado Ann, me pone contento saber que fue de tu agrado y que percibieras el modoo de tiempo para definir lo que es y lo que fue. Intentando meterme en el alma de él volqué lo que el sentiría. un abrazo bella amiga y muchos abrazos y besos hasta donde estés… Rub.

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  4. Un bello relato Rub, me sorprende la facilidad con se deja leer. Me resulto curioso lo precavido del hombre de la tienda con su techo bajo y el mostrador amplio. También es nostálgica la imagen del representante de la Singer recorriendo pueblos lejanos. Recuerdo que en mi hogar de niña mi madre en algunas ocasiones requirió los servicios de un técnico de la “Singer”, una casa que ya cerro en esa ciudad y solo se encuentra en la Capital o en las ciudades más importantes.

    También me di cuenta que doña Gertrudis no le hacia caso a ningún comentario, en cuanto a esa actitud era moderna, tomando en cuenta el lugar donde vivía, un pueblo quizá pequeño, tal ves le daba más importancia a la amistad y al hecho de ayudar al que en ese momento la necesitaba.

    Un beso.

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    1. Eso que cuento sucedió allá por los años cuarenta del siglo pasado. Don José me decía que ahora ser representante de la Singer, no significa nada. pero en sus tiempo era un personaje importante… Gracias por leer la historia querida Flori y me da gusto que hayas llegado a mi casita… un beso y abrazo enorme Rub

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  5. Rubén, este relato es magnífico, eres como un pintor impresionista, expresando todos los matices de la luz y del color, pero de los personajes, la sutil observación que tuviste siempre de ese mundo mágico en el que pasaste tus primeros años de médico. Me parece un relato buenísimo, nos sumerge en esos recuerdos, de ese mundo y de ese tiempo. Siempre admiré tus recuerdos y éste es especialmente rico. Te estoy mandando un mail. Un gran abrazo, tenerías que publicar un libro sobre todo ese mundo, con todos los relatos. Creo que lo debes tener ya proparado, no lo dejes en el cajón…

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