La miraba sin, que ella se percatara; fingía ver los rulos morochos de su pelo, pero me detenía en los signos de su partida. Ella sonreía y me tomaba de la barbilla y me decía lo feliz que era. Mentía, tal vez, no se daba cuenta que a su sonrisa, no le acompañaba ese relajamiento que se abre de par en par, en el entrecejo, cuando hay satisfacción. Observaba el punto de tensión, y movía mentalmente, mi cabeza. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches, y ésta, aunque se oculte, un hombre sensible la percibe.

Hubo momentos de gran alegría. Cosas pequeñas, como el hecho de tener su mano entre mi mano. Mi mano, siempre, la resguardaba, como las veces en que la conducía entre las grandes avenidas, donde la muchedumbre se arrebata para cruzar la esquina y, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa. Después, dejó de emitir destellos. ¿Ella sabría lo que dirían sus ojos? Nunca lo sabré, aunque tal vez, lo supo. Sin embargo, no le di tiempo de decírmelo.

Muy en la mañana, la neblina dormía en el piso y sobre los cerros formaba grandes anacondas. La reconocí por su forma de caminar: en una mano traía su equipaje; y la otra, subía y bajaba con desorden, como lo hace una mariposa que tiene el ala rota. ¿Se iba de viaje? ¿Escapaba cuando ayer, todavía, me rodeaba con sus brazos? La seguí sin que me viera, sin que me oliera. Sólo me deje ver poco antes de que el tren silbara, anunciando que sólo estaría diez minutos.

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