albanilEl albañil, un tipo regordete con ojitos de sapo, trabaja auxiliado por uno de sus hijos. Levanta paredes, luego, planea la toma de agua, la pileta, el baño. Lo veo sudado de los pies a la cabeza, ordenando a su hijo. Le gusta el silencio. Manos de cemento, pero hábiles para que el aplanado parezca la hoja de un cuaderno. El hijo, al igual que él, se mueve en silencio siguiendo indicaciones.
El verdadero regocijo para ellos es a la hora de sus alimentos. En una ocasión que llegué a las dos de la tarde, lo encontré eligiendo un lugar y ordenándole al hijo que comprase en la tienda refresco bien frío. Los saludé y pregunté si no le faltaba material, me dijo que no. Pocos minutos después, llegaba su esposa, su hija y un bebe de ocho o diez años. La señora acomodaba un mantel limpio sobre una mesa improvisada que él, previamente, había armado. La mujer sacaba el alimento de unas vasijas y servía, en platos, partes iguales. La madre y la hija se sentaron; los varones, en cuclillas. Oraron en voz baja y empezaron a comer.
-¿No desea un “taquito? -Me dijo.
Me acerqué y con respeto tomé una tortilla con chile y frijoles y los acompañé. No me había enterado que esa escena se repetía todos los días a esa hora. Entendí que como él no podía comer en su casa, la esposa y la hija iban a donde él estuviese trabajando y comían juntos. Siempre juntos.

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