La esfinge

Cuando camino por la arboleda percibo que una estatua me observa. Giro la cabeza con rapidez para sorprenderla; acepto que su mirada es más dura que la mía, desvío mis ojos y un sabor de hojas removidas me abraza.
Caminaba con mi novia por el malecón, enlazado de las manos y en un clic se desató. Un segundo después, la vi recostada en una banca imitando a una esfinge que era abanicada por el mar. Nunca supe de ella, y sólo caía en mi recuerdo al testerear mi pelo el viento húmedo del Pacífico.

Me llené de herrumbre por la carcoma de los años y cada vez que transitaba por la enramada, la estatua me veía insistente. Un día, cansado de la persistencia, la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y reconocí, en su frente, la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y, de lejos, vi cómo mi cuerpo se perdía entre el otoño de las hojas.

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18 Comments

  1. Triste relato de tantos recuerdos, duros como la mirada de la estatua, y tan oxidados que se pierden en el otoño de la vida.
    Como dice otro comentario, hay estatuas con más vida, que nosotros.
    Un fuerte abrazo.
    Hasta pronto Rub.

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