Tengo un nuevo vecino que martillea sin parar la pared de su casa. Peina un copete y cuando intento verlo, se esconde. Estoy dispuesto a visitarlo y a hacerle comprender que tanto ruido es molesto. ¿Estará recién casado? Se ve joven, fuerte. A ella no la he visto. ¿Y si la hubiese robado y la oculta? ¡Pero, qué digo!

Escucho el golpeteo que hace con el martillo, nada raro sería que tuviera otros arreos. No tengo duda, es un carpintero. A mí me encantan los carpinteros, son gente paciente. Trabajan la madera con amor, la sopesan, la miran, vigilan su humedad, su peso y si está lista, sonríen; son creadores, hacedores de cosas útiles. Tendré que hablar frente a frente para decirle que no se pase. Quizá, sea tímido. No bien lo veo, se escabulle, no es capaz de sostenerme la mirada y salta tras el bulto de las hojas y los vericuetos del árbol de mango. Al rato, golpea de nuevo, como diciéndome: “No estoy para atenderte”

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