En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.

Pensé que el deseo de llorar era sólo mío, pero no, todos, con el pañuelo, enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño lo llevaba bajo el brazo, rompimos en sollozos. Al día siguiente, amanecí apretando la almohada contra mi pecho.

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