Renoir Auguste—¡Eres el sapo más hermoso que he visto!

—Croac, croac.

 —¡Cómo brillas! ¡Qué ojos tan vivos! Tienes olor a vainilla. ¿Serás acaso un príncipe?-—Croac, croac.

 Lo besó una, dos y tres veces y quedó prendada del sabor; ansiosa, lo recorrió con su lengua. El animalejo sintiéndose asfixiado buscaba escapar y ella al abrir más la boca lo tragó.

 El batracio sí se transformó en un príncipe y ahora busca afanosamente una salida y está seguro de haber sido devorado por un monstruo.

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