images (10)El mar está en calma. Célibe camina por la orilla, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Se recuesta a contemplar la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. Pasan barcos petroleros y viejos pelícanos. El cielo tiene montes con vellocinos dorados. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo, y le place.

Parece que duerme; tal vez, entre sueña. Hay suavidad en el rostro. Se desabotona la blusa para percibir el fino roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en la planicie de su vientre. No quiere pensar en el mañana, únicamente atiende al momento. Desea relajarse y sentir la caricia del mar. Dormita y entre sueña. Observa a la hermana mayor sentada sobre las piernas del novio, moviendo tímidamente las caderas.

Llega el viento marino suave, aromático que despeina a la niña-mujer. Respira profundo. La brevedad de sus pechos empuja la blusa; y al contacto con la brisa brotan de su escondite los pezones. Su acomodo lo busca, bien entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Ahora brota calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

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