Anafilaxia

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La religiosa pedía al ángel que la amara en penumbra, con delicadeza y paciencia. Esa noche él percibió que la caricia corría luminosa y para no romper el encanto, decidió amarla con las alas puestas.

En la oscuridad  hubo gemidos y espuma, y un ángel aleteando intensamente. Al clarear el día, había silencio y un rictus de muerte. Las plumas del ángel se levantaban y caían al compás del viento.

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