—¡Pásale hijo, pásale!, que ya te vi.
— ¿Cómo está?
—Entreteniéndome, ¿y tú?
—Pasaba por aquíwuawua— ¿Venías a ver a las muchachas?
—Sí, ¿están?
—No. Andan con su tía Mica. Ocho días hace que se fueron y parece que olvidaron a la abuela. — ¡Ay, ay, ay! – lloriqueó, mientras con una mano se frotaba la rodilla derecha.
— ¿Qué tiene, Doña Abigail?
—Me dan punzadas. Son como alfileres que, sin avisar, te muerden y dejan un resabio. Me dan en todo el cuerpo sin saber dónde atracarán. Anoche, cuando cabeceaba por el sueño, sentí un golpe en la nuca y una daga rayó mi espalda. ¡Creí que moría! Me duró como cinco respiraciones y después se fue, dejándome adolorida. Estaba sola y no tenía a quién gritarle.

La mirada se le puso ausente y siguió contándome.
—Le rezaba al Señor, diciéndole: ¡espera tantito! y, poco a poco, sentí cómo se retiraba el sufrimiento. Me quedé como ida, hasta que llegó el sopor; toda la noche soñé. Tengo en mis ojos la cara del difunto José, mi hijo, que murió cuando la vida le daba para más. ¡Ay, ay!
— ¿Otro dolor?
—Sí, éste me estranguló el tobillo.
Su mano nervuda y manchada sobó su pierna brillosa y llena de varices.
—Nació la primera nieta y, poco tiempo después, mi nuera empezó a aislarse; no le quería dar de mamar a la niña y escuchaba frecuentemente los gritos de mi hijo reprochando su actitud. Al año llegó otra niña y, al día siguiente del parto, la encontré brincando en la cama: ¡jugaba, como si la hija fuera una muñeca!

Fui una mujer de trabajo, acostumbrada a levantar al sol. Entre la penumbra recogía la basura del patio, buscaba leña para cocer los frijoles y como a eso de las diez de la mañana, con el sudor pegado al cuerpo, venía a tomarme el café con un pedazo de pan; y a seguir, que el trabajo de la casa nunca se termina. Yo le decía a José que esa muchacha me daba mala espina. La veía muy delgada, tan fina de cara, con esos ojos que languidecían la mirada hasta perderla. La verdad, no sabía con quién hablaba, si con ella, o con la ausencia.
Al principio contuve mis enojos, pero después pensé que debía enseñarle a responsabilizarse del matrimonio.

En aquella ocasión entré a su recámara porque ella no había salido y creí que estaba enferma. La encontré en un rincón con los ojos vacíos, distante. Movía los labios como si estuviera en un rezo o probando el sabor de una comida. Allí, todo olía a humedad, con ropa sucia desperdigada sin ton ni son; polvo apelmazado en la superficie de los muebles y la cama que parecía tener años de no haberse tendido. Le dije enojada.
— Una mujer debe ser limpia, ordenada. El cuarto debe sentirse fresco y oler a flores, a perfume y a jabón.
Ella seguía imperturbable, se apretaba las manos y, a veces, movía su boca como chupeteando. No me contuve; la tomé por el pelo, le di un trapo, una escoba y la insté a que dejara reluciente la alcoba. Desde ese día me volví su sombra; siempre detrás de ella, como si se tratara de una niña chiquita. Le impuse que me pidiera permiso para todo.

En las noches oía sus pasos; tenía dificultades para dormir y llenaba el silencio de murmullos.
Pero, eso sí, a las seis de la mañana, le tocaba la puerta para levantarla.
—En la casa, hija, hay tantas cosas que hacer. – Le dije.
La anciana continuó contándome.
—Ella nunca sacó el carácter, sólo doblaba los ojos y respiraba como si el aire se fuese a acabar. Cuando vivía con su familia no hacía nada, lo supe cuando la saludé por primera vez. Tenía las manos largas, sedosas y muy blancas. Hoy, que el tiempo ha pasado, comprendo que la obligué a vivir una existencia que nunca imaginó. Los padres decidieron llevarla a un hospital y quedó internada. En uno de los viajes que hacía mi hijo para ir a verla, su carro volcó y encontró la muerte en un instante. Bajó su cabeza cana, tiró la mirada al suelo y, muy quedo, gimió.
— ¿Qué tiene?
—Nada hijo, ya vete.
Pensé en retirarme, pero me acerqué a acariciarle el pelo. Me miró con los ojos rebalsados por la fuerza de las lágrimas y después escondió la cara para seguir sollozando. Cuando pensaba irme, empezó a balbucear.
— Le puse mi mano callosa en los sueños que tiene toda muchacha de su edad! Y… simplemente, enmudeció. ¡Mira nada más, qué hice! Doblé una vida y, por ella, mi hijo perdió la suya.
Volvió a gimotear y pude ver en sus sienes cómo le brincaba de dolor el corazón.
—Me hice cargo de cuidar a dos criaturas. Una de ellas corre, juega, le gusta ganar dinero, corta fruta, la vende. La otra es diferente: muy finita, peinándose a cada rato frente al espejo y meciendo su muñeca, puede estar a solas sin cansarse de jugar. Hace como un mes, a media noche, me despertó con una pregunta.
—¿Verdad que tú no eres mi mamá?
Me quedé pasmada, respirando con dificultad.
— ¿Por qué dices eso?
—Es que soñé que una voz me decía.
— Hija, ¿puedo quedarme contigo? ¿Me haces un lugarcito en tu cama?

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8 Comments

  1. Un relato triste, donde la incomprensión de la anciana, lleva al dolor y a la soledad a la nuera, a la muerte del hijo. Quedan las niñas, que ya no recuerdan bien a la madre.
    Creo que ha sido tu realidad, en muchas ocasiones.
    Un abrazo fuerteee

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