El ciempiés

 

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la tarde pasa sin pena ni gloria. La noche presiente una luna de lobos; se hinca . Allá va la beata camino a la iglesia, lleva bajo el vestido la acalorada discusión de los pezones y, sobre la espalda, el crespón de la Vía Láctea.
Todo es igual: el mismo rincón, la araña disecada. Tiene días que no llueve y en la azotea está el tinaco que sueña que el agua lo rebalsa. Un bostezo rompe en mi boca. Me digo: la vida no se mueve, pero sigue.
Me aplasta el ruido asmático de la hormiga que carga cien veces su peso, el chapoteo de las lavanderas que tienen, en sus manos, más pantalones que jeans tenga una boutique de Manhattan. Por allá, va un ciempiés que sueña con ser mariposa. Camina con sus juanetes y busca reposo en la adormidera.

 

 

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