El perfume

Después de creer que dicha botica no existía, al encontrarla sintió renacer las esperanzas. Cuando cruzó la puerta percibió el olor de un libro viejo y, al recargarse sobre el mostrador de cedro rojo, volvió con más intensidad la impresión. Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo escuchó como quien atiende a un hijo que recién llega de un largo viaje. Después se retiró como si los pies no tocaran tierra.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sólo sintió la soledad de su niñez; con el segundo, cerró sus ojos y le llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo. Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos. —Rosas, de preferencia. — ¿Adónde se las envío? -preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo del arreglo. — Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios. — ¿En qué colonia? —En ninguna: es en el cementerio municipal.

 

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