tormentaLlovía, llovía intensamente…Detuvo el carro. Soltó la mano del volante y la depositó en la frágil nuca de la mujer. En silencio toleraba el martilleo en su cabeza. Era un cuello frágil y llovía, llovía, llovía…. La mano subía y bajaba. Eran caricias analgésicas obsequiadas con las yemas de los dedos. Sólo se detenían entre los dorsales y el Nilo de la espalda. Ella Aflojó la tensión y lo invitó a seguir. Dos manos iban y venían que mojaban, que humedecían. Afuera del carro los cántaros de agua se rompían en el parabrisas.
—¿El dolor? -le preguntó.
—Me lo quitas con las manos.
Estas crecieron desmesuradas. Llegaron al pómulo de sus pechos. El clímax del agua coincidió con el arrebato. Ella fue quién lo guío; y sentada, lo cabalgó en la tormenta. Después le musitó.
—Llévame a la casa no sea que me vuelva el dolor.

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