El almohadón

mujer anciana sentadaNo requería tanto tiempo. Quince o veinte minutos bastaban. Teníamos un clima interior alimentado por caricias ocultas, tan o más eficientes que las se prodigan en la intimidad. Nuestro problema era distraer la atención de la mamá.

Yo llegaba por la noche y subir las escaleras en la oscuridad del pasillo, era mi disgusto. Nunca recibieron un acabado, y más de una vez tropecé. Alcanzaba el penúltimo escalón con el resoplo de un caballo viejo. La mamá rutinariamente veía películas gringas, pues era sorda por lo que prefería leer los subtítulos; siempre recogida en el sofá. Un mueble, por su tamaño, servía de división entre la sala y la puerta de la cocina.

Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en un comedor de cuatro sillas, a espaldas de la señora. Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría. Bajo la mesa comenzábamos el juego. Desnudos los pies, nos acariciábamos. Ella ascendía por mis piernas hasta localizar la entrepierna y, después, frotaba y frotaba hasta conseguir alterarme; se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte, respondía de la misma manera. Así que después de una hora de retozo, los ojos nos brillaban, brutal reflejo de lo que dentro ardía.

La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego. Ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara muy pegada a la mejilla de su progenitora quien le daba algunas indicaciones en voz baja. Tenía una falda corta que dejaba ver sus muslos y, por la manera como estaba, los pliegues de los glúteos y el color de las bragas. Mis manos fueron libélulas y se deslizaron con suavidad por la piel blanca, turgente.

Ella volteó y me hizo seña que me calmara, pero eso levantó más mis ansias y recargué cuerpo y deseo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, pero topó con mi dureza; y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome apretones placenteros. Luego, lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa cuando se posa en el extremo de un tronco. Mientras seguía hablando con su mamá, su cuerpo ocultaba el mío.

Era casi la media noche y la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en los ojos admití que nada se podía hacer. Así que al despedirme de la señora, sin que se percatara, tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Ella me acompañó a la puerta, pero en la oscuridad del pasillo, no pudimos evitar el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes.

Minutos después, la panty quedaba por los escalones. Sus manos se apoyaban sobre la pared; yo, detrás de ella. Mis dedos izquierdos sujetaban su cintura, y los derechos sus caderas. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón, le pedí que se hincara. Ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían, se escuchó la voz de la mamá llamándola.
— ¡Ya súbete! Y por favor, ¡no maltrates el almohadón! Es el que hace juego con el color de la sala.

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