Lo prohibido

 

 

que-descubrio-el-dueno-de-un-motel-que-espio-a-sus-clientes-durante-30-anos

Cada beso era para nosotros el último. Disfrutábamos. Recogíamos las prendas tiradas sobre la pelusa de la alfombra del motel. Vestido, recomponiendo la corbata y tomando tus hombros,  y con voz fatigada decía: “esto ya no sucederá”, al mismo tiempo que te ofrecía un beso tierno en la redondez de tu pómulo; era uno, dos, pero bastaba para encendernos y terminábamos con las ropas desperdigadas. ¡Todo se resolvió por fin! Fue el día que decapitamos el arrepentimiento.

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