El baile

danza4

Me habían dicho que Lillo era quien bailaba vestido de payaso. No imaginé que aquel viejo aserrador, diestro en trepar los árboles, fuese el danzante. De cara terrosa, cuarteada y con ojillos que simulan persianas entrecerradas, llegaba a la falda de la montaña al clarear la mañana para aserrar la caoba, el cedro o el carboncillo. Es el oficio que aprendió y sabe del quehacer, pues una tabla serruchada por él mide una pulgada por cualquier lado. Lo hacía a escondidas de los militares, por encargo de los ricos. Es un trabajo duro que lo contrapone con sus emociones, por lo que murmuraba -en totonaco- un rezo de perdón.

Tirar el árbol, derramarlo, trozarlo, subirlo a una tarima exige destreza. Trabajaba en silencio. El único ruido que se oía era el roer de los dientes de acero. Era una sierra manual que requería un ojo aritmético y un pulso fino para mantener la dirección del corte. Su oído tenía que ignorar el dolor de la madera y concentrarse en el ruido que hacen las pisadas de los caballos, las voces y ecos. Adquirió con los años un oído de centinela.

Por las tardes, Lillo deambulaba por el parque, la iglesia o el palacio municipal y al saludarlo, sabías que su mano era una pinza revestida por una piel callosa y gruesa. Traía cabello corto que lo cubría con su sombrero de palma; la frente, surcada por canales, servía de marco para unos ojos que ven mejor cuando los entrecierra, pero no adivinas qué hay detrás; sólo se ve una carnosidad, que amenaza con saltar.

En la plaza había ruido de tambores y violines. Sobre la gente arremolinada, atisbé, entre los hombros y sombreros, el baile del payaso. En medio del cuadrado estaba él vestido de colores y con mascara; en cada ángulo, un bailador. Movía hombros y piernas con gracia y elasticidad; se acercaba a cada uno de los danzantes y, bajo el influjo de la música, estremecía su cuerpo, lo hacía temblar durante unos minutos. Con vertiginosa armonía, saltaba de una esquina a otra. Tal parecía un reto que finalizaba consigo mismo. Bailaba solo; sus acompañantes habían desaparecido. Entre el silencio y la risa destacaba –más aún – su profunda soledad: se hacía irreal, sin tiempo. Era un espíritu libre, lejos de la pobreza y la miseria diaria. Poco a poco, doblaba su cuerpo, llegaban las convulsiones y la muerte que coincidía con la nota aguda y lastimera del violín. El público le miraba con tristeza, como viendo parte de su vida en la muerte del payaso. Poco después, cada quién seguía su camino.

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