Caminos de agua y lodo

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La lluvia diminuta y fría, los caminos de lodo, la hierba tupida. Contraté a Zoila, delgada, de labios finos, dentadura blanca, cabello a la cintura. Aprendió a inyectar, notable paciencia para atender a los enfermos. Nada raro que se hiciese de amigas. llegaban de varias partes.

 Juana vendía tamales los domingos en la plaza. Arribaba de su ranchería salpicada de lodo hasta en los ojos. Con servilletas de algodón bordadas cubría la cesta. Me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía, me percataba de que se había lavado con esmero sus pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.

—Andas de novia, ¿verdad? Le decía sonriéndome. Como no hablaba español mi secretaria traducía y ella avergonzada ponía sus ojos negros coquetos y al lado de las comisuras se le formaban dos hoyuelos.

 Se iba a vender como si hubiese salido de un salón de belleza. Luego, hablaba en totonaco a Zoila, y yo preguntaba, ¿qué te dijo?

—Me da las gracias, y a usted le deja dos bocadillos, para que se los coma.

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