Un día de pesca

pescador-oleo-Sonia Fernandez

Treinta años tiene que Pepe me invitó. llegamos al puerto con dos compañeros más. clareaba el día. El pescador esperaba en la ribera del río, nos instalamos en una lancha amplia. El aire fresco, gotas minúsculas se esparcían en la cara. El cielo, rayas blancas sobre un fondo rosa, las garzas en bandadas. A medio río el bote dejaba su estela de burbujas; chapoteo y ruido del motor. llegamos a la bocana y nos internamos en el mar.

 Había visto su bastedad, estando de pie sobre un acantilado, desde la playa, las olas mansas, nunca había estado cara a cara, asombra, enmudeces; abruma, empequeñeces ante tal inmensidad. Vuelves, al escuchar el graznido de las aves y te extasías al ver la marcha de los delfines o el vuelo mudo de los pelicanos, hay agua viva, percibes que abajo hay un cuerpo que respira.

El plan era adentrarnos, llegar a unos “bajos” atracar allí. Traíamos bocadillos del hogar a cambio llevaríamos pescado fresco. Me veía con el cordel en la mano y escuchando los fragmentos de agua y a lo lejos los barcos.

 Fueron quince minutos de ir mar adentro, percibimos algunos cambios; la cresta del mar se dividía rápido, el fondo parecía despertar. En el cielo el sol fue cubierto por algunas nubes que salieron de la nada y el día brillante se hizo denso. Lo que vi sólo lo había percibido en algún pueblo de la sierra.  llegaron en bandada sombras de neblina y acamparon sobre nuestra embarcación, en un instante nos vimos como figuras mal cortadas: como espectros. Nos quedamos mudos, hasta que el pescador rompió el silencio.

— No se asusten, esto pasa a veces.

Unos minutos, el sonido del motor se escuchaba menos y nuestra nave parecía subir y bajar entre el mar. Intentaba tranquilizarme. Los cambios causaron que mi pulso saltara desordenado.

¡Regresemos! —Exclamó Pepe.

 El pescador dio la media vuelta. Las briznas de agua no tan sólo procedían de la quilla del cayuco, sino que empezaba a llover fino. Quince minutos después nos dimos cuenta que el perfil de la costa no aparecía por ningún lado.

—Paremos. —dijo uno de los amigos. Tratemos de orientarnos, pues si seguimos sin saber, podríamos ir mar adentro. ¿Dónde tienes la brújula?

Nos quedamos viendo al pescador y éste balbuceó:

— No la traje.

 La pequeña embarcación parecía en ese momento una cuna zarandeada por el vaivén de olas encrespadas. Mientras la nave iba en movimiento, me había sentido bien, pero diez minutos después vomitaba y vomitaba, era una nausea que te copa y te rebalsa y la única respuesta era arquear de manera incontenible. Me daban, agua, me apretaron la cabeza con un pañuelo y el vómito parecía quitarse, pero volvía, siempre volvía. No sé cuánto tiempo pasó, y aún de que trataba de asumir fortaleza, sentía un trompo en mi panza, en mi cerebro. Muy cerca retumbó el silbato de un barco y un grito de alegría se escuchó.

— ¡Un barco! Sigámoslo y ellos nos podrán sacar de este apuro.

El Pescador echó mano al arranque del motor. Nada, solo tosía, no arrancó. Varias veces lo intentó. En silencio veía el barco cada vez más lejos.

— Deja descansar el motor; ya lo ahogaste. —Escuché.

Ignoro que le habrán hecho, pero minutos después arrancó. La voz cantada del pescador se escuchó de nuevo.

— Solamente tenemos un cuarto de tanque de gasolina.

 En mis adentros me preguntaba de los años cursados en la universidad ¡para qué madres sirven!, si en este momento no sé para donde está el norte, el oriente. Veía agua a mi alrededor, un agua que a cada momento se rompía en espumas que parecían vociferar. Veía los ojos de Pepe y se notaba preocupación, miraba al pescador y percibía indecisión y solo se rascaba la testa.

Pepe se puso de pie, se dilataron sus pupilas verdes y dijo

— Hay que tomar una decisión, Si viene tormenta las cosas se pondrán más difíciles. ¡Vayámonos por allá y que Diosito nos ayude!

Ya en marcha el vómito y la náusea cedieron, poco a poco la neblina dio paso a lluvia fina, persistente que nublaba la mirada. Diez minutos que se nos hicieron siglos, pues teníamos en el pensamiento la voz cantadita del pescador: “Sólo tenemos un cuarto de gasolina en el tanque” Escuché el sonido agudo de la gaviota y traté de seguirla, poco después, veíamos grotescamente el perfil de la costa, no se veía el puerto, sino el dibujo tenue de montes lejanos. Comprendimos que navegábamos paralelo a la costa.

Regresamos a nuestra ciudad, con más pena que gloria, pero antes de tomar carretera, fuimos a las bodegas de pescado y nos trajimos camarón, róbalo en suficiente cantidad; nuestras esposas esperaban a los “pescadores”

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