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El suegro

La pinche vieja de la pensión era una fodonga, solo había que darle una mirada a la cocina y la estufa tenía costras sobre la costra.

Dormía en una cama de resortes y mi compañero de cuarto era un sujeto blanco, chaparro, panzón y con bigotes estirados.
-Si ves que ronco, solo dale un chingadazo a la cabecera de la cama y con eso dejo de hacerlo. El cabrón dejaba de roncar diez minutos y luego agarraba su ritmo de graves profundos. Era molesto.

llegué de provincia y fue un dolor de suspiros separarme de mi novia.

Días después, la dueña de la pensión me entregó un telegrama. Recibir un telegrama te ponía en tensión. Las noticias con urgencia, casi siempre son amargas.

Tomé el dinero de mis pasajes y regresé a mi ciudad. Mi novia se encontraba internada en un hospital. El telegrama lo giró una amiga en común.

Una semana antes me había despedido de mis padres:

—Esto para la pensión, para tus pasajes y para tus libretas. Estíralo lo más que puedas, — enfatizó, mi madre. Ahora, el gasto del transporte, los pasajes y las libretas se harían mierda.

Regresé a la ciudad, cuando recién me había despedido de mis padres. Me sofocaba encontrarme algún pariente, que los enterara; ellos tenían la certeza que estaba en la capital.

No recordaba ningún pleito con mi novia, sino todo lo contrario, estuvimos en el café de siempre, donde podía darle de besos y acariciarla.

Poco antes de entrar a su cuarto, llegó su padre: un sujeto cachetón, moreno, de bigote, chaparro y vestido con un verde olivo, trabajaba en el departamento de tránsito local. —recordé que vivía con su padre y un hermano pequeño.

—¿Eres el novio de Isabel?
—Si
—Ha estado preguntando por ti y a nombre de su amiga te mandé el telegrama. ¿Te peleaste con ella?
—Para nada.
—Entonces…
—¿Qué le ha dicho ?
— No ha querido decir nada. Te dejaré con ella, le hace bien tu compañía.

Entré sigiloso. La tenían con un tubo metido en la nariz y dormitaba. Cuando me sintió, entreabrió los ojos. Gemidos breves que intercalaba con sollozos. Acerqué mi cara y la abracé. Nos quedamos quietos. La humedad brincaba de sus ojos a mis quijadas. No supe que decirle. Sentí sus lágrimas en mis labios y más me trabé.

—¿Quién te avisó?
—Carmen, me dijo Carmen. —No le quise decir que fue su padre.

Seguía llorando, sin sollozos, como si su cabeza anduviese en no sé dónde. Le secaba sus lágrimas, y mi mano apretaba la suya. No me atrevía a interrogarla, —pues que madres le pasó, para tomarse no sé cuántas pastillas de Valium. De esto me enteré en la recepción al darle una ojeada a los expedientes que las enfermeras tenían regados en el mostrador y cuando me alejaba hacia su cuarto, escuché decir a una de ellas, en voz baja: “ este es el novio” Entonces tomó significación la pregunta de su padre ¿ “te peleaste con ella”? Dejó de llorar y sus labios secos se pegaron a mi mejilla, después al oído me susurro. “ Te quiero” “

—Hice una cosa mala. Pero, no debo decirlo, sino que trato de olvidar.
—¿Qué hiciste?

Volvió a gemir y a sollozar y un nuevo regato de lágrimas le cruzó la mejilla. Me estrujé. Se me hicieron pelotas las palabras y me quedé con la pregunta de “’ Qué fue lo que hiciste” solamente secaba su llanto.

—Ya no aguanto. No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y hacer las tareas de la casa. Y luego…mi papá … Ya no aguanto.
Cuando le iba a decir que me esperase, que buscaría un trabajo en la capital, que yo… Entró la enfermera.

—Es hora de su lavado gástrico y ya terminó la hora de la visita.

Con una seña le indiqué que me regresaba a la capital. Ya no pude ver su cara porque la enfermera me apresuraba a que saliese del cuarto.

A la salida me tope con su padre. Serio, con unos ojillos horizontales. Me miró inflando los cachetes.
—¿Le dijo algo?
Me puse a la defensiva.
— Qué tendría que decirme.
— Si le contó porqué tomó tantas pastillas.
— No quise preguntarle. Esa es cuestión suya…
Le tembló el bigote y recomponiendo su cara, volvió.
—Solo quise saber el por qué. Mi trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio. La dejo sola y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo todo. Entienda mi ansiedad…
—No sé porque habrá tomado esa decisión.
—Yo también fui joven. Sé que cuando la pareja se junta: es lumbre y gasolina. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.
—No entiendo. le dije. –como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si no me la había cogido y que si ella no estaba panzona.
—Creo que si me entiende. Confió que no sea así.
Di por terminada la plática y me despedí.
—¿Tiene algún teléfono donde llamarle?
—No.
Me retiré con mil preguntas y respuestas dolorosas. Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana ya estaba en la clase de anatomía. En la noche me entretuve dándole de chingadazos a la cabecera de la cama para que el roncador me dejara descansar.

Las sepias

Minutos antes de que abra la noche, hay un catálogo de sepias. las nubes obesas avanzan lerdas. El sol muerto aún tiembla y deja en el aire una respiración comatosa. A la vera del río hay un mantel de piedras que se niegan a perder su destello. El perfil de los montes se oculta y es que el azul profundo de la tierra se amontona sobre sus ramas. El río pasa cerca. Corre dando golpes y construyendo remolinos. Abajo, el chapoteo del agua, anima el canto de las ranas. La noche se vuelve silencio, o las ranas callaron y lo que mis oídos perciben, es el silbido profundo de la serpiente.

El camino

Había caminado durante horas y cada vez que mi pie se arrastraba espantando chapulines salían capas de polvo que parecían nubes asustadas. La nopalera estaba seca, con algunas matas tasajeadas por los viajeros. Era la hora, en que el sol afilaba las puntas de los magueyes.

¡Falta poco! me decían las gentes que se cruzaban conmigo, pero sólo veía una lengua seca que parecía no tener final. De pronto, fueron apareciendo vestigios de que no tardaría en llegar: un envase de plástico, una hoja de periódico y casas en la lejanía de un cerro.

El sol era tan candente que tenía que restregar el sudor para disminuir el ardor de la piel. Me imaginaba -mientras subía- una jícara de agua recién sacada de un pozo, fresca con olor a tierra.

Llegué a la primera casa y pregunté si no me regalaban agua.

—Agua no tengo, si quiere le vendo pulque tierno.

Por supuesto, acepté. Ella entró a la casucha de barro y lo trajo en un pocillo en el que cabía medio litro. Lo observé con desconfianza, era de color blancuzco y ligeramente viscoso. El olfato no me dijo mucho. Le di el primer sorbo y medí el sabor. El ardor se nubló por la caricia fría; ansioso, lo empujé hasta el fondo. Tres veces más el líquido resbaló por mi garganta dándome una satisfacción que dejaba un aroma de tierra mojada. Me sentí inflado, pues al caminar, bamboleaba el líquido haciendo olas en el estómago; después, eructé no sé cuántas veces.

Empecé a sentirme diferente: una ola de fuego se desparramó por todo el cuerpo dando ligereza a mis pies cansados; tuve arreos en los ojos, pude ver el color amarillento del aire y una canción de la infancia salió de entre los rincones de aquel páramo de terrones y lagartijas. Ahora entiendo por qué algunos viajeros van por los caminos sin mirar la distancia.

La tocata

piano

La ciudad es un hormiguero de alientos que se aleja y vuelve. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones de vehículos que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados por el claxon, la prisa y la ansiedad.

Hay un cielo con grises en desparpajo que presumen agua. El viento que llega tiene olor a metal, cuero y ácido; viene en ráfagas, mueve tendederos, antenas y anuncios espectaculares. Los pájaros nómadas toman un descanso, huyen del frío, del ruido y el smog.

Estoy guarecido bajo una cornisa y miro a la gente que corre. Algunos cubren sus testas con los periódicos del día, otros se tapan con un viejo suéter, estremeciéndose. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. En ese momento tu imagen aletea en mis ojos y me prende en el recuerdo.

Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.

Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis gruñidos y monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineándome el alma, pero todo cambia.
Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana, cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagino en qué problemas te verías, si el carruaje se detuviera en cada esquina, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano. Recuerdo que cuando te sentaste, los cabellos se tendieron en la superficie de la mesa. Olías a mañana de pueblo, que en la noche se lava por la sorpresa de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, zigzagueantes, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.

El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma a manzanilla. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas, pero no fue posible, y escapaste.

Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.

Así llegaste a mi vida. Simplemente te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambiando de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas indefenso, cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos, si llega el viento, parecen dos rehiletes.
Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!
Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos eran dos girasoles cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante y el alma se vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por la calvicie de mis rodillas y el agua llegándome al alma a través de las corrientes celulares. Luego, cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad; cabizbajo, solía regañarme por no haber interpretado correctamente tus señales.

Hoy, a tu lado, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se acuestan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva

La urgencia

durazo

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. 

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. 

Si acaso se oye una radio que da la hora, es el programa del “ojo pelón”. Los que toman las decisiones críticas, duermen; se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros. 

Las enfermeras –algunas, ángeles; otras, no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico interno de pregrado es no tener “Camachos”. 

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros. 
El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. 
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud. 

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron 
sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica. 

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y, por dentro, muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. 

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. 

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

—¡Pásale hijo, pásale!, que ya te vi.
— ¿Cómo está?
—Entreteniéndome, ¿y tú?
—Pasaba por aquíwuawua— ¿Venías a ver a las muchachas?
—Sí, ¿están?
—No. Andan con su tía Mica. Ocho días hace que se fueron y parece que olvidaron a la abuela. — ¡Ay, ay, ay! – lloriqueó, mientras con una mano se frotaba la rodilla derecha.
— ¿Qué tiene, Doña Abigail?
—Me dan punzadas. Son como alfileres que, sin avisar, te muerden y dejan un resabio. Me dan en todo el cuerpo sin saber dónde atracarán. Anoche, cuando cabeceaba por el sueño, sentí un golpe en la nuca y una daga rayó mi espalda. ¡Creí que moría! Me duró como cinco respiraciones y después se fue, dejándome adolorida. Estaba sola y no tenía a quién gritarle.

La mirada se le puso ausente y siguió contándome.
—Le rezaba al Señor, diciéndole: ¡espera tantito! y, poco a poco, sentí cómo se retiraba el sufrimiento. Me quedé como ida, hasta que llegó el sopor; toda la noche soñé. Tengo en mis ojos la cara del difunto José, mi hijo, que murió cuando la vida le daba para más. ¡Ay, ay!
— ¿Otro dolor?
—Sí, éste me estranguló el tobillo.
Su mano nervuda y manchada sobó su pierna brillosa y llena de varices.
—Nació la primera nieta y, poco tiempo después, mi nuera empezó a aislarse; no le quería dar de mamar a la niña y escuchaba frecuentemente los gritos de mi hijo reprochando su actitud. Al año llegó otra niña y, al día siguiente del parto, la encontré brincando en la cama: ¡jugaba, como si la hija fuera una muñeca!

Fui una mujer de trabajo, acostumbrada a levantar al sol. Entre la penumbra recogía la basura del patio, buscaba leña para cocer los frijoles y como a eso de las diez de la mañana, con el sudor pegado al cuerpo, venía a tomarme el café con un pedazo de pan; y a seguir, que el trabajo de la casa nunca se termina. Yo le decía a José que esa muchacha me daba mala espina. La veía muy delgada, tan fina de cara, con esos ojos que languidecían la mirada hasta perderla. La verdad, no sabía con quién hablaba, si con ella, o con la ausencia.
Al principio contuve mis enojos, pero después pensé que debía enseñarle a responsabilizarse del matrimonio.

En aquella ocasión entré a su recámara porque ella no había salido y creí que estaba enferma. La encontré en un rincón con los ojos vacíos, distante. Movía los labios como si estuviera en un rezo o probando el sabor de una comida. Allí, todo olía a humedad, con ropa sucia desperdigada sin ton ni son; polvo apelmazado en la superficie de los muebles y la cama que parecía tener años de no haberse tendido. Le dije enojada.
— Una mujer debe ser limpia, ordenada. El cuarto debe sentirse fresco y oler a flores, a perfume y a jabón.
Ella seguía imperturbable, se apretaba las manos y, a veces, movía su boca como chupeteando. No me contuve; la tomé por el pelo, le di un trapo, una escoba y la insté a que dejara reluciente la alcoba. Desde ese día me volví su sombra; siempre detrás de ella, como si se tratara de una niña chiquita. Le impuse que me pidiera permiso para todo.

En las noches oía sus pasos; tenía dificultades para dormir y llenaba el silencio de murmullos.
Pero, eso sí, a las seis de la mañana, le tocaba la puerta para levantarla.
—En la casa, hija, hay tantas cosas que hacer. – Le dije.
La anciana continuó contándome.
—Ella nunca sacó el carácter, sólo doblaba los ojos y respiraba como si el aire se fuese a acabar. Cuando vivía con su familia no hacía nada, lo supe cuando la saludé por primera vez. Tenía las manos largas, sedosas y muy blancas. Hoy, que el tiempo ha pasado, comprendo que la obligué a vivir una existencia que nunca imaginó. Los padres decidieron llevarla a un hospital y quedó internada. En uno de los viajes que hacía mi hijo para ir a verla, su carro volcó y encontró la muerte en un instante. Bajó su cabeza cana, tiró la mirada al suelo y, muy quedo, gimió.
— ¿Qué tiene?
—Nada hijo, ya vete.
Pensé en retirarme, pero me acerqué a acariciarle el pelo. Me miró con los ojos rebalsados por la fuerza de las lágrimas y después escondió la cara para seguir sollozando. Cuando pensaba irme, empezó a balbucear.
— Le puse mi mano callosa en los sueños que tiene toda muchacha de su edad! Y… simplemente, enmudeció. ¡Mira nada más, qué hice! Doblé una vida y, por ella, mi hijo perdió la suya.
Volvió a gimotear y pude ver en sus sienes cómo le brincaba de dolor el corazón.
—Me hice cargo de cuidar a dos criaturas. Una de ellas corre, juega, le gusta ganar dinero, corta fruta, la vende. La otra es diferente: muy finita, peinándose a cada rato frente al espejo y meciendo su muñeca, puede estar a solas sin cansarse de jugar. Hace como un mes, a media noche, me despertó con una pregunta.
—¿Verdad que tú no eres mi mamá?
Me quedé pasmada, respirando con dificultad.
— ¿Por qué dices eso?
—Es que soñé que una voz me decía.
— Hija, ¿puedo quedarme contigo? ¿Me haces un lugarcito en tu cama?

La metamorfosis (2)

esSoñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.

Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.

Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.

Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.

Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.

La sospecha

ciudadCuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo que, hace dieciocho años, se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un gran condominio donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba toda la testa. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y pudo escuchar alguna conversación con la verdulera. Su voz era clara, suave, y caía como si nada más hablara para sí misma. Recordaba su tono; recién se habían casado y aunque suave, comunicaba una alegría que podía sentirse porque le hacía cosquilla en el lóbulo de la oreja.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.

Después de la media noche

centroCasi es la media noche y las cuentas no ajustan. Me falta abrir y leer correspondencia que llegó del Ministerio de Hacienda. Mi espalda pide algo blando. ¡El calor es desesperante! Los abanicos no son suficientes. Abriré la ventana y levantaré un poco la cortina metálica para que corra aire fresco. A esta hora la gente se retira a sus casas, y la calle, poco a poco, se deshabita. Soy contador, superviso los estados financieros y hago el cálculo del tributo que el comerciante pagará al estado.
Tener trato para atender a los jefes de las dependencias, a los empleados que agilizan los trámites y a quienes nos contratan, es un trabajo arduo que exige discreción.

Miraré la correspondencia. El estilete para abrir cartas lo guardo en la bolsa de mi camisa. Si lo dejara en el escritorio, desaparecería entre los papeles.
Veamos, ésta es del Diario de la Federación dónde manifiestan un cambio en la norma 00325. Para fortuna mía, se refiere a las iglesias. Mis cincuenta años ya golpean. Ahora comprendo lo que el viejo tuvo que trabajar para comprar este espacio. ¡Me lo dejó de herencia! A los sesenta seguía con la fabricación manual de zapatos. Es un local que está en el subsuelo de un edificio de principios del siglo XX que, con el paso del tiempo, ha quedado en el primer cuadro de la ciudad.

Escucho el paso presuroso de la gente. El sonido de la sirena en la lejanía.
Me doblo como arco tratando de que el dolor disminuya, pero no, se hizo cruel. Decido reposar en el sofá que dispongo para mis clientes. Me digo que sólo será un momento. Boca abajo, y levantando un poco la testa es como mejor descanso. En dicha posición, mis ojos pueden mirar hacia la calle y ver el paso de las personas que transitan.

Ocho días después despierto sobresaltado en la cama de un hospital. Una luz mortecina sale de una lámpara que está sobre el buró. Mi esposa duerme profundamente en una poltrona acojinada. Yo trato de ubicarme mentalmente.
¿Cómo llegué a este lugar? Me questiono.

Recordé que en el momento de sumergirme en el sueño, había visto borrosamente las zapatillas de una mujer y, después, el ruido de su cuerpo recargado parcialmente contra la cortina. Al mirar sus piernas torneadas vi que una mano alzaba su falda. Ella respondía con suspiros entrecortados y gemidos. En un instante, el individuo levantó la cortina y, agachados, se introdujeron en mi local. Retozaban sobre la vieja alfombra, sin percatarse de mi presencia. Con la blusa abierta, él destrabó el sostenedor y acercando los pezones al centro, los succionaba a la vez. Ella, en silencio, metía sus dedos entre la abundante cabellera. Quedé estupefacto cuando él sacó un delgado puñal que hundió de un golpe por debajo del pezón izquierdo.
– ¡Estúpida, mil veces estúpida! –le gritaba. ¡A mí no me engañas! ¿Acaso crees que no me daría cuenta de que tú y el dueño de este sitio tienen amores?

Después de esa exclamación de odio, sacó el puñal del pecho y se abalanzó sobre mí. Cuando me daba vuelta para enfrentarlo, parte de la luz cayó sobre su rostro y, con sorpresa, comprobé que se trataba de una mujer. Fue lo último que divisé antes de sentir la punta acerada en mi carne, y la sangre que se deslizaba humedeciendo mis ropas.

La llegada del médico a la sala interrumpió mis pensamientos.
–Le daré el alta –dijo – luego de revisarme, y agregó antes de salir.
-Pero no me explico su estado de inconsciencia, ya que la herida no interesó ninguna zona vital.
Tampoco comprendió la tensión muscular en la expresión de mi cara y la crispación de mis manos cuando le pregunté por el cadáver de la mujer.
– ¿Cuál mujer, cuál cadáver? – Contestó tartamudeando.
–La que mataron frente a mí.
– ¿Se siente bien? No había ningún cadáver, usted estaba solo, tirado sobre un sillón, boca abajo, con parte del estilete clavado muy cerca de la arteria axilar. ¡No había nadie más!
Se retiró negando con la cabeza. Quedé abrumado.
–Seguramente aluciné –atiné a decir.

Una semana después, cuando estaban remodelando el despacho, ordené que quitaran el piso de madera para cambiarlo por cerámica. El obrero encontró un pequeño puñal, fino, largo, que parecía de juguete. Miró en forma furtiva a ambos lados y, sigilosamente, lo escondió debajo de sus ropas.
Yo bajé la mirada y preferí callar.

La foto

mujer caminandoEl cura penetró al dormitorio de la señora Josefina Santa Cruz. Sobre la pared, la imagen de Cristo, una foto de ella con el obispo. En otra se le miraba con el pelo largo, pantalón deportivo y caminando entre los eucaliptos. Tenía el clavo de un probable infarto. En su lecho, el pelo caoba y trenzado. La mirada fulgía ajada y tierna. Su médico ya había iniciado tratamiento y en breve llegaría la ambulancia.

El cura Anselmo recordaba las veces que organizó a la comunidad para que la iglesia se mantuviese. La recordaba rezando en la capilla. Lo hacía a solas. Su conducta humilde, servicial. ¿Qué podría confesar, si en ella todo era cristal? Preguntó suave.
—¿En qué has ofendido al Señor?
—Males antiguos regresan y deseo estar preparada. No lo he ofendido, pero quiero llegar hacia Él, con mi mejor traje.
—Siempre has sido transparente, hija mía.
—Mi vida en la comunidad la he hecho con las ventanas abiertas, pero hay espinas que siguen.
—Te escucho. Seguir leyendo La foto