Archivo de la categoría: UN PUEBLO EN LA MONTAÑA

Mirando a Cox

cropped-dsc018632.jpgPareciera que el pueblo es otro. Nos invade la modernidad. Tenemos ahora una carretera asfáltica que comunica a otros municipios cercanos y también a la gran ciudad. Estos ingenieros o pendejos de obras les valió madre la piedra de siglos y la arrancaron para poner una capa gris que en breve estará llena de hoyos. A la piedra de la cantera se le resbalaron los siglos y estaba tan lozana como si la hubiesen puesto ayer las manos abuelas. Las casas, que eran de techos de teja, están cambiando a losas de cemento. Los aromas que revoloteaban por la mañana o tarde cada día, los siento lejanos. Caminaba por la calle principal y se venía el olor a pan, a café recién tostado y el revuelo que hacía el aroma de la vainilla cuando era el tiempo en que se asoleaba en los patios. Hoy, los olores son a diesel quemado y, en vez de escuchar el griterío de los cotorros, se oye el ruido de los motores acelerados en la terminal de autobuses que pusieron a un lado del parque.

No estoy tan viejo, estoy llegando a mis cincuenta años, pero al sentir lo que el pueblo ha cambiado, me acomodé a la política para dar a conocer mis ideas. No estoy fuera de tiempo, estoy de acuerdo que nos comuniquemos, que haya red eléctrica e internet. Antes el agua llegaba a las casas porque las señoras iban al pozo o bien se acarreaba en burros, hoy sólo das vuelta a una manija. Lo que me patea es que jodan la armonía. Ese enlace que no se ve, pero que une en un todo a las partes. Un pendejo dice que es mejor el cemento que la piedra, un presidente autoriza que las tejas se sustituyan por una losa plana, y un tarado les da permiso a los transportistas para que lleguen al corazón del pueblo y empiecen a lastimar lo que ha durado siglos.

Los días de plaza es una locura. Cada quien trae una bocina de alta potencia y se pone a gritar. Tenemos ruido, smog y contaminación visual. Por supuesto que hay otros problemas que hay que discutirlos. ¿A dónde va la basura? Lo sabe, sé que lo sabe, pues a un tiradero a cielo abierto. Antes, el pueblo se mantenía de la vainilla, el café, la pimienta, la ganadería; y cuando no había para comprar, jalaba uno al monte y conseguía carne de conejo, armadillo, frutas silvestres y no faltaba el compadre que le prestara una fanega de maíz. Los arroyos tenían camarones o acamayas y peces. Esto ya es pasado, ahora todo tiene dueño; y si entras a una propiedad, corres el riesgo de que te avienten a tiros. Tuvimos un buen ciudadano que nos hizo ver que las cosas para la indiada se iban a poner de la patada.
Celedonio ya no está. Se fue a otros silencios. Nos dejó el quehacer de seguir tallando y tallando para hacer camino y seguir.
– Si se tiene que hacer huecos para enterrar la tubería o el drenaje hagámoslo, pero dejemos igual de ordenada la piedra. Que los autobuses ubiquen su terminal fuera del centro para que no destruyan con su peso lo que fue construido para carretas. Respetemos los árboles centenarios que embellecen el pueblo pues han sido testigos del quehacer de nuestra historia. Cuidemos a nuestros niños dándoles desde que nacen una buena nutrición, ellos serán vértebra.
Así nos platicaba nuestro amigo que sólo término su instrucción primaria.
-Voy a hacer mi casa en cuatro meses – decía – y zas, la hizo.
– Traeré el agua desde el manantial.
Un año después ya no teníamos que ir camino a la montaña, llegaba el agua a una pileta. Fue un hombre de palabra.

El grupo me eligió para continuar esta tarea que será de años. Fui tomado en cuenta para el ejercicio de la nueva comuna. Es un puesto menor, pero al menos tenemos voz y voto. Me comunicaron que me haría cargo de ordenar los archivos que yacen en cartones, cajas de madera, y los recientes en modernos archiveros de metal. Este pueblo tiene más de trescientos años. A los movimientos sociales les gusta la lumbre, y casi la totalidad de los documentos se han hecho ceniza. En esa tarea estaba cuando me encontré un folder en una vieja caja de cartón que decía: “Gestión de salud del médico en servicio social de 1972”. Lo limpié del polvo. En muchas de las hojas, la tinta se había corrido y al hojearlo salía esa capa de humedad y vejez. “Cox es un pueblo de más de trescientos años de edad que medio entiende el español y que se cura con hierbas y a la buena de dios…” En esa fecha tendría como diez años. Interrumpí la lectura, me quedé perdido y pude verme montado en el burro. También pude vislumbrarlo a él, el médico, sudoroso. Minutos antes había aterrizado la avioneta, y él venía en ella.

Recordé que había sido su mandadero. Me llamo Moisés, pero el médico me decía Moi. Recordé cuando llegó. Estuvo más de un año y se me vino a la cabeza las pláticas que tuvieron Celedonio y él. Pues él y Cele, como él le decía, lograron una buena amistad. Me pude ver en la memoria.
Teníamos años sin matasanos. Lo vi subir sudoroso y jadeaba como si le apretaran el pescuezo. Pensé que era otro maestro. El tipo chaparrón y relleno se detenía cada cuadra, una para descansar; en otras se le iba la mirada o levantaba la cabeza como si tomara tragos de olor porque las señoras tostaban el café a todas horas. Luego, se perdió en la subida que da hacia el parque y es que a un lado se encentraban las oficinas del municipio.

Ángel, el topil, era el encargado de llevar y traer recados de los que trabajan en la presidencia, contó que el fuereño era médico y que había platicado con el presidente, y le firmó los papeles para que los llevase a la capital del estado. Antes de retirarse, le preguntó si en el pueblo había dentista, y Ángel con una mueca en la boca le preguntó que si también sacaba muelas.
– Para nada – le dijo.
– Hay un sacamuelas que viene de vez en cuando, recorre los pueblos de la sierra; y según sé, algunos se atienden con él, le informó Ángel.

Vivía y aún vivo a cien metros de la entrada principal del pueblo. Por las tardes, después de que llegaba de la escuela, vendía agua del manantial. Jeremías, mi burro, se aparcaba a un lado de la fuente. Yo, con una manguera, servía el agua hacia los tambores. Conocía bien mi comunidad que siempre estaba pendiente de lo que sucedía; y como a la gente le da por hablar, me enteraba de los chismes. Mi lugar preferido era la iglesia, no porque me gustara rezar mucho, sino que desde allí se veía el paisaje de la planada. Árboles gigantes de zapote, mangos, cedros, caobas y los maizales. También se mira el campo de futbol, pero en ese tiempo lo habían acondicionado para que bajara la avioneta que enlazaba a los pueblos con la ciudad grande.
– La iglesia es hermosa, la hicieron sin máquinas, con el sudor y la fe de los que ya no están – decía el cura Panchito. Tiene más de trescientos años.
El atrio tenía una plancha de cantera extensa; y en la ausencia del padre, llevaba mi cometa y la subía en instantes, pues el sitio por la tarde era nido de vientos. Me invadía la fascinación de ser cometa y ser vecino de las nubes, viendo de frente a las parvadas de pájaros que llegaban o se iban según fuese el tiempo, mirar el río y compararlo con una víbora de agua.

Ver el rio me hacía escuchar el agua y me conectaba con las mulas de los arrieros que llegaban desde otros pueblos a vendernos sus mercancías o con las señoras que temprano iban con sus maletas de ropa, y al mediodía regresaban con ella: blanca y oliendo a jabón. Ellas se llevaban a los críos para aprovechar el agua y darles una bañada. A mí me gustaba ir con mi mamá ya que era divertido chapolear y ver tanto animalito que se escondía debajo de las piedras: tortugas, peces, camarones, y en los charcos miles de gusarapos. Algunas veces pasaban los loros con su griterío, y el cielo se ponía de colores. En otras eran las mariposas que llegaban de no sé dónde y pasaban junto a nosotros tan cerca que nos mareaban de tanta pintura que traían. Las libélulas zumbaban, ¡qué manera de volar! Ese azul intenso que parecía cambiar a dorado, era increíble. Mi vista jugaba carreras con ellas y siempre me ganaban. Cuando crecí un poco más, mi madre me dio quehaceres.
– ¡Anda, cuida a tus hermanos!, me decía, ¡qué no se metan más allá de la piedra grande que se ahogan! Tú ya puedes cargar, así que te llevas la maleta chica.

El rio y el cielo me alocaban los pensamientos. La pandorga surcaba como zopilote, parecía estarse quieta, daba vueltas y cansada del mismo lugar, buscaba otro acomodo. En ocasiones me ponía de acuerdo con José, un amigo de la escuela, y jugábamos. Aplastábamos una corcholata de tal manera que quedase delgada y filosa y la ensartábamos en el hilo y éstas subían. Con esa arma jugamos vencidas, sabíamos que el que perdiese no recuperaría la pandorga. Cuando veíamos que el padre ya venía por el camino, bajábamos las pandorgas y desaparecíamos del atrio. Ahora José ya no es un niño y vive en una comunidad más grande y forma parte de una organización campesina.

Mi padre salía muy temprano de la casa, pero mamá, aunque no iba a ninguna parte, se levantaba antes, así se hubiese acostado más tarde. Mi papá se servía un café con pan y se llevaba un tente en píe porque su regreso era al anochecer. Sabía que era aserrador y que tenía fama de sacar la tabla más limpia de todos los aserradores, lo buscaban y decían que tenía unos ojos de regla. Un día, me dijo mi padre.
– Acabo de comprar un burro y unos tambores, aprenderás a montar y venderás agua a las personas que no quieran cargarla desde el manantial hasta su casa. El dinero servirá para ir pagando el asno y para comprarte zapatos. Todos debemos de ayudar en la casa.
En la mañana a la escuela, en la tarde a vender agua, y el tiempo de las pandorgas se fue y llegó el de las obligaciones.

El domingo es un día que parece fiesta. Llegan familiares de comunidades más pequeñas y nos juntamos hasta cuatro o cinco primos, incluyendo a dos primas que son latosas. Ellos venden lo que cosechan y compran lo que por allá no hay. Las tías se van temprano con sus maridos a vender calabazas frescas, la flor, frijol de vaina, maíz, hojas de maíz. Con la venta compran condimentos, hilos de colores, y si se pudiese hasta chanclas de hule de llanta para los hijos o bien algunos metros de manta.

En el mercado no falta qué comprar, hay de todo y para todos. Los arrieros que traen sus mercancías vienen de diferentes pueblos y traen para que todos los ojos se prenden. Mis primas siempre se agarran de la mano y van como dos cotorritas. A veces hablan en voz baja y se ríen, en otras se oyen carcajadas de cosas que se cuentan. De nuestra casa al mercado son como seis cuadras, pero si te vas por el atajo, te ahorras dos.

Las calles son empedradas, las puertas y ventanas labradas en madera de cedro, caoba o carboncillo, de paredes gruesas y tejados rojos. Los hombres caminan por delante, atrás las mujeres cargando sus bolsas y en la espalda el chilpayate. De blanco los hombres y las mujeres con blusas bordadas de colores. Ellas, mis primas cotorras, detienen las miradas en los muchachos más grandes y una de ellas, que es la más atrevida, deja sonrisas en cada momento. Primero ven los que les gusta, el problema es que les gusta todo: pulseras, collares, aretes, peinetas de colores y ligas con alguna florecita para sujetarse el pelo. Luego, piden zapatos, telas para estrenar un vestido y, aunque no lo dicen ni piden, ansían comprarse pintura para las cejas y los ojos. Las señoras ven y guardan silencio, saben de antemano que no hay suficiente dinero para comprarse una buena tela, un par de zapatos o bien unos aretes de oro. Se conforman con tener condimentos para cocinar, hilos de colores para los remiendos y veladoras para ofrendar a la virgen. A los hombres se les van los ojos con los arreos del caballo, aunque la mayor parte de ellos no tiene caballo, pero no dejan de admirar lo bien hechos que están. Donde más se detienen son en las botas y los sombreros; y no pierden la oportunidad de sentir en su cabeza la textura y la belleza, por lo que se miden los que más pueden y, si acaso, compran los de palma que son los más baratos. A mí me gustan las canicas, hay de dos tipos, unas que llamamos “Agüitas” que son transparentes y otras que nombramos “Tiritos” que es una combinación de opacidad y transparencia y que parece que tienen vida dentro. Hay juguetes de madera, baleros, trompos y Charpes con los que puedes lanzar piedras para, al menos, asustar a los pájaros que llegan a comerse el maíz tierno. Es un gran barullo los domingos en el centro del pueblo, parece una fiesta. Si levantas la nariz te llegan olores de pan recién horneado, de pailas donde la carne de puerco se fríe en su manteca. En otro lado, tuestan el café, en hilera ponen los tendidos de vainilla y aplaudes a las manos que tejen figuras de flores, pirámides, búhos. Los arrieros empiezan a empacar a eso de las cuatro de la tarde, otros más temprano porque seguramente irán más lejos. La mitad de las gentes se va después del mediodía, algunos llevan su comisaria, otros, que no son pocos, se quedan tirados sobre las banquetas, dormidos y babeados por que tomaron mucha caña.

Yo veo a mi pueblo bonito, es porqué aquí nací, pero otros, llegaron de fuera y se quedaron, así que algo bello debe de tener mi pueblo. El médico viene de fuera, de la gran ciudad y seguramente estudió en la misma capital de mi país. Para llegar a la gran ciudad tiene uno que irse muy temprano a caballo, cuatro horas después se llega a la carretera y uno espera hasta que llega un autobús. Tres horas después, con suerte, llegará. En la avioneta son veinte minutos.

Así que llegó el médico. Llegó a la casa de Doña Licha, Doña Licha es buena gente, sus hijas también, y es cliente mía pues a diario le llevo una carga de agua. Seguramente me lo encontraré un día de estos. Le llevo un año a mi hermano y quiere ir adonde voy. Salió mejor que yo para manejar al burro. Está flaco, correoso y tiene las piernas cortas, pero muy fuertes y puede aferrarse bien a la panza del burro, así que rápido aprendió a no ser tirado por la bestia, aunque ésta trote, vaya a paso, suba por calles empinadas. El burro nos aguantaba a los dos, pero cuando lo cargábamos de agua, íbamos a pie. Al finalizar el trabajo, le cortábamos zacate tierno, o le dábamos un cuartillo de maíz o lo llevamos al campo, y el animal escogía su pastura. Mientras lo hacía, se le subían algunos pajarillos y éste se dejaba.

El médico encontró posada con Doña Licha. Durante el día, el cuarto funcionaba como consultorio, y por la noche como dormitorio. La casa de ella se componía de una sala amplia, una cocina y tres dormitorios. Atrás había un patio con árboles frutales; y bajo un naranjo, en un tronco, un molino de mano; y a un lado, el mortero. Tenía dos hijas y un chaval como de cuatro años de edad. El esposo muy temprano se iba a su rancho y llegaba cuando caía la tarde. Doña Licha era mujer alta, delgada, muy trabajadora y siempre dispuesta a ayudar. Las muchachas siempre con una sonrisa diciéndome: “baja del burro y vente a tomarte una taza de café”. La gente de por aquí te invita a tomar café, en vez de agua, pero es que el café se toma como agua pues no está cargado, tiene canela y se endulza con panela. La mezcla quita la sed y vuelven las ganas de trabajar. Yo siempre tuve ganas de tomar café, así que no me decían dos veces y aceptaba. Ya dentro, si doña Licha estaba haciendo el almuerzo, me obsequiaba una o dos tortillas calientes, embarradas de chile y de frijol. Algunas veces me topé por instantes con el médico que consultaba en el cuarto que daba a la calle y que abría siempre para disponer de luz, o bien lo veía de espaldas, cuando el miraba por la ventana.

Corriendo llegué a la escuela, para mi sorpresa, vi a mis compañeros jugar en el patio.
-¿No ha llegado el maestro?
-Está con el médico, dentro del salón.
-¿Se puso enfermo?

-No. Estamos pasando a consulta de cinco en cinco. El maestro pesa y mide a los compañeros y después el médico revisa y apunta en su libreta.
-¿Entonces, ya no va a haber clase?
-Si va a haber, el médico es rápido, ya pasaron diez.
Cuando me revisaba, bromeó conmigo y me dijo que me estaban comiendo las lombrices y que me veía pálido, aunque comiera bien, había que sacarme los parásitos. A todos nos dio receta. A dos compañeros los citó con sus padres a su consultorio y no sé qué más le dijo al maestro.

En otoño, nuestro pueblo se llena de aves. Dice mi mamá que son patos y que llegan a los pantanos. Hay otras que gritan tanto que lastiman los oídos, son de color café oscuro. Mucha gente va para allá con el fin de cazar y comer carne de pato o de chachalaca y si no cazan nada, entonces, se traen unas varas que tienen un capuchón en la punta, las ponen al sol hasta que se secan y con la pelusa que sueltan se rellenan las almohadas.

Aquí en el pueblo no hay moscos, pero en las sabanas te siguen y si te dejas te quedas sin sangre. Bueno, no tanto, pero si te inyectan enfermedades como el paludismo, eso nos los dijo el médico. Aquí cuando empieza a hacer frío, hace frío porque no viene solo, sino que se acompaña de gotitas frías, puntiagudas y heladas, le decimos chipi-chipi. Fríos que se adelantan o bien se atrasan, pero que duran de ocho días en adelante. En esos días, el café con pan es una bendición, pues te calienta rico, días que también hay que trabajar pues las señoras necesitan de agua no tan sólo para bañarse, sino para cocinar y peor si tienen niños chiquitos. Dice mi papá que son tiempos de reumas y de tos, y que a los viejitos hay que cuidarlos porque la calaca tiene gusto por ellos.

Cuando llegué con Doña Licha para entregarle su agua. Escuché que decía.
-Dr. Ya llegó el niño del agua
-¿Entiendes bien el totonaco? Me dijo, viendo directo a mis ojos.
Le conteste moviendo la cabeza de arriba abajo.
-¿Quieres trabajar conmigo por las mañanas? Pues en las tardes vas a la escuela.
-Tengo que pedir permiso a mi papá. Le dije serio.
No cabía de gusto, sabía de antemano que me dirían que sí. En la casa no sobraba el dinero, y mi hermano ya estaba listo para tomar la rienda del burro y repartir el agua. Mi padre se puso contento ya que no dejaría la escuela, y mi labor era llegar por la mañana barrer y esperar órdenes del médico. Empezaría la próxima semana. Supe que le habían rentado la casa deshabitada, que se ubicaba muy cerca de mi casa. Mis primeras tareas consistieron en dejarla limpia y raspar las paredes y prepararla para que la pintura luciera mientras el carpintero y su ayudante revisaban y revisaban la madera recién traída
-Moisés, ¿sabes de alguna muchacha que quisiera trabajar conmigo? Yo le enseñaría a inyectar, a curar y a tomar la presión.
Repasé mentalmente a las casas donde iba a entregar el agua y encontré que en tres de ellas había una muchacha como la que necesitaba el Dr. Le dije que sí.

Sonia era una muchacha morena, delgada con un pelo oscuro que le llegaba a la cintura, vivía con su mamá, su hermana y sobrinos. Lo mejor de ella era su limpieza pues siempre la veía como si fuese a ir a una fiesta y sonriendo. Sonreía con sencillez y dejaba ver sus dientes blancos y ordenados. Le dije, y sin pensarlo mucho, me contestó que iría a hablar con él.
Después de diez días de trabajo y terminada la labor de carpintería. La casa se había transformado. Muchas veces tuve oportunidad de ayudarle al maestro Fili, quien fue el que diseñó el espacio que dividió en tres. El primero era el consultorio con un escritorio y un par de sillas. En medio quedó la sala de espera, y en un espacio más grande se colocaron seis catres que servirían para los enfermos graves. Atrás, del lado izquierdo, se habilitó un dormitorio para el médico. En el extremo derecho se hizo un techado de lámina. Había una estufa, una mesa y dos sillas, y aún quedaba un pequeño rectángulo que serviría de jardín.

Cuando el médico me ordenó que viniera a la casa a hacer la limpieza, las paredes olían a humedad, la pintura se levantaba en jirones, y el piso estaba lleno de guano. Una casa abandonada, paredes de ladrillo y techo de teja. Mi padre le consiguió la madera a buen precio, seca, color rojo, jaspeada. Don Fili y un ayudante fijaban la mirada por el canto de la tabla, la pusieron sobre el banco de trabajo y, poco a poco, entró el cepillo. A un lado quedaban los risos y el olor de la madera se dispersó en el ambiente. La tabla cepillada dejó ver el dibujo caprichoso que formaba corrientes, nudos, remolinos y rectángulos de colores. El olor viejo se fue disipando, y el ambiente comenzó a oler a cedro. Los carpinteros armaron el escritorio, las sillas y los catres. Fue entonces cuando comprendí que los carpinteros tienen las manos llenas de callos de paciencia y de creatividad. En poco tiempo la vivienda tenía vida. Quince días después el médico se instaló. Sonia era poco a poco instruida en cómo poner una inyección, tomar la temperatura, la presión. Por la tarde se retiraba a su casa y el doctor se quedaba solo. Por las noches iba con doña Licha y cenaba con la familia.

Antes de que se instalara el médico, poca gente caminaba por aquí. Ahora pasan más, algunos queriendo venderle algo, otros por curiosidad, y más de alguna muchacha he visto que fisgonea. A todos los vecinos los conozco. Enfrente vive doña Candi, es la esposa de un vaquero que trabaja con el ganadero más rico de la región. Ella tiene muchos hijos y el vaquero Blas no aporta lo suficiente para que coman, por lo que ella lava, plancha y ve cómo le hace para llevar alimento. Ya hizo amistad con el médico. De vez en cuando le trae un café, un atole o bien alguna gordita de masa con chile que él recibe de buen gusto. A dos cuadras está el taller de Don Gregorio, papá de Celedonio, Ramiro y Blas. El abuelo no trabaja, pero sí Ramiro quien se encarga de herrar los caballos. Celedonio es un buen tipo, sale muy temprano a trabajar con las brigadas del gobierno que combaten el mosco que transmite el paludismo. Tiene mucha amistad con mi papá, y mi mamá le dijo que viniera a ver el médico porque cada vez se le mira más pálido.

La calle donde está el consultorio es una media calle porque el arroyo la adelgaza tanto que en el tramo que sube queda un espacio que apenas pueden pasar un caballo o una mula cargada. Es un atajo para ir al centro del pueblo porque que al doblar, se sale a la calle principal donde está el negocio de Don Isidro, un señor solo, pues sus hijos se fueron y su esposa tiene años que murió. En su tienda vende jarros, cazuelas, comales y otras chucherías. Tiene un tapanco que le sirve para poner mercancía, pero también se observa un ataúd de pura tabla de cedro. Vi cuando enojado le decía a Ángel, el topil, que no le pediría nada al municipio ni a ninguno de sus amigos. Por eso había mandado hacer su féretro a la medida, pues aún a sus ochenta y tantos años mide uno setenta y ocho centímetros. En contra esquina está la panadería de don Jesús. Él es el culpable de que a las siete de la mañana que pasaba en mi primer viaje, los olores del pan llegaran a mi encuentro. Cuando le dejaba el agua, tomaba mi pan y el me los iba contando. Habíamos hecho el trato de que eran diez panes por un viaje de agua. Después se dio cuenta mi hermano, y el pan tuvo que dividirse.

El domingo fuimos a misa y al salir vimos a Doña Licha. Mi mamá y ella se conocen desde niñas. A mi madre le platicó lo que sucedió por la noche.
– El médico esperaba su cena. Con ambas manos rodeaba la taza que contenía café caliente. Había hecho huevo con chorizo y el comal estaba a punto para echar las tortillas cuando escuché que tocaban con insistencia a la puerta. Era una noche oscura, usted recordará, mucha neblina, agua afilada e insistente y mucho frío. No reconocí al muchacho en ese momento, pero hablaba atropelladamente en su dialecto, quería una consulta con el médico, y yo le preguntaba que dónde estaba el enfermo, y él me decía que en el cementerio. Sorprendida le dije que en el cementerio estaban los difuntos y no los enfermos. Ya más en calma, me dijo que su esposa la habían enterrado al medio día, pero uno de sus hermanos que vive en una comunidad cercana, llegó tarde y se fue a despedir de ella y le juró al cuñado que escuchó ruidos raros en la fosa, como si golpearan el ataúd. Ya en la casa, la mamá se preguntó en voz alta.
-¿Y… si estuviese viva?
Salieron corriendo hacía las oficinas del palacio municipal y en el camino se encontraron a Jesús Guerra que ocupa el cargo de seguridad. Éste, de inmediato, mandó a dos policías a investigar y que de una buena vez se llevaran el tubo de fierro y para que lo enterraran a un lado del ataúd, pensando que de esa manera le podría llegar algo de aire. Él le dijo al marido que viniera a buscar el Dr., para que diera testimonio si la difunta había resucitado.
– Quieren una consulta, le dije.
Abrí la ventana no se veía a dos metros de mis ojos, y el frío se hacía más frio fuera de la casa.
-¿A dónde hay que ir? Me preguntó.
Le contesté que no era lejos. Que era en el cementerio. Por poco se le atraganta el café.
-¿En el cementerio?, pregunto.
Le expliqué lo que me había contado su esposo y me sorprendió diciéndome que iría. Mi esposo que estaba pendiente, dijo.
-¡Yo lo acompañaré!
Se puso sus botas, se cubrió con un sarape y arriba del sarape se colocó la manga. Dos horas después regresó, dejó al médico a unos cuantos pasos de su nuevo consultorio. Era cerca de la media noche y Servando me encontró despierta y con un tazón de café.
-¡Cuéntame le dije!
Me quedé pensando en la difunta: ¡tan solita y con esta lluvia que hela!

Por fin vi a Celedonio llegar al consultorio cuando yo partía hacia la escuela. Al día siguiente, lo vi en la herradora. Seguramente lo convenció de que dejase el trabajo de fumigar con DDT. Ahora viene cada tercer día para ser inyectado por Sonia. Un día, escuché que le decía.
-Dr. Rubén, cuando no tenga quien le ayude o que le vengan a hablar de noche, dígame. Al fin que ya sabe dónde vivo y con gusto lo acompaño.

Por esos días los caminos se habían transformado, pues había partes que eran charcas de lodo apestoso. Celedonio le sugirió que sería bueno que se comprara un caballo y días después teníamos como parte del equipo a la Gurrumina, una yegua no tan joven, pero mansa y que no era mañosa. Tenía un pasito coqueto y por lo que escuchaba era que había sido educada para que la montase alguna señora.

Con cepillo de cerdas finas le fui quitando telarañas y el polvo acumulado durante tantos años. Algunas hojas se habían pegado y por fortuna cedieron. Era la hora de salir a comer, guardé el folder y salí a la calle. Me gusta caminar y al pasar por la iglesia, me pregunto.
– ¿Cómo le hicieron para construirla? Me asomo y veo el paisaje, con menos árboles y de aquel verde brillante, ahora se mira cenizo.

Tengo que pasar por las calles que bordean al mercado donde los domingos se hacia la plaza. Ahora lo han invadido tendejones hechos de lona y plástico donde te ofrecen tacos y chucherías. Te llenas el pecho con olores de fritangas y humo que sale de los autobuses destartalados.
Durante días me concentré en ir poniendo en orden los archivos. El presidente citaba a juntas cada tercer día, pero sólo acudían los principales. Sólo fue una vez a verme al archivo y salió tan rápido como llegó. El polvo acumulado lo hizo estornudar y, por poco, se le cae la nariz.

Recordaba poco el suceso de la difunta, así que cuando revisé las notas del informe me encontré narrado el acontecimiento. Tiene por título: “Una consulta en la noche”.

De un salto caí a horcajadas sobre el ataúd, una docena de lámparas alumbraron mi nuca. El viento frío arreaba un aguacero menudo al que no se le veía fin. El inspector gritó.
-Doctor, ¡agarre este candil para que se ilumine! ¡Le paso la barreta para que pueda despegar las tablas, y vea bien si la difunta es difunta!
Miré hacia arriba: un numeroso grupo de indígenas me observaba en profundo silencio. Sus vestidos blancos le conferían un aspecto albino a la noche; y sus rostros, cruzados por luces y sombras, mostraban una imagen de luto ancestral.

Dejé la bombilla a un lado. Tomé la herramienta, golpeé con fuerza para despegar un tirante del cajón y luego hacer palanca. Poco a poco, fue cediendo, dejando ver parte del interior. Nadie hablaba. Ni un murmullo. Arriba, entre algunos destellos, se veía un enorme cedro azotado por el viento cuyas ramas, al chocar entre sí, hacían que su cuerpo tronara y gimiera.

La lluvia helada corría por mi cara, proporcionándome el aliento para seguir con la tarea de desprender la tapa del rústico féretro. Un olor a humo, barro y esperanza se abatía mientras el calor del farol me quemaba la curvatura de los párpados. Había quitado el primer madero, y ya se podía vislumbrar el velo blanco que cubría la mayor parte de la cabeza. Fragmentos de tierra caían a mi lado pesados, llorosos, como empujados por el agua o el silbido de los pájaros. Pude ver el cabello negro recogido hacia atrás, dejando tan sólo un rulo que reposaba fláccido, sobre su frente. Las cejas pobladas, largas, como un camino que se entrega a la noche.

Poco tiempo tenía yo en el pueblo. Había llegado por esos días en que las gaviotas se pierden en la neblina y cuando los pies piden una frazada de lana. Me había instalado en casa de doña Licha. Esa noche, me encontraba en la cocina, esperando que saliera la otra tanda de café cuando llegó aquel nativo. Habló en su dialecto y, por los gestos, deduje que se trataba de una urgencia. Supe por doña Licha que su esposa, muerta de parto, fue enterrada a la mitad del día. Un familiar llegó tarde al sepelio y quiso despedirse de ella. Al estar rezando en la fosa, escuchó ruidos que le hicieron sospechar que tal vez estuviera viva.

Para llegar al cementerio había que subir la loma. Las espadas del zacate me golpeaban, y el lodo se adhería a mis zapatos, haciéndome resbalar. Alargué la mirada al arribar a la cima. La visión de la oscuridad me dejó sorprendido, pero mi perplejidad fue mayor aún cuando vi una multitud que se arremolinaba llevando una vela, o una tea hecha con trapos. Eran múltiples luces que se unían alrededor del sepulcro, su resplandor iba y venía según los caprichos del viento y por momentos parecía verse una gigantesca radiografía del enorme árbol. Por fin, arranqué la tapa: adentro había una niña. Todos tiraron la luz hacia su cara y emergió un rostro pequeño que hacía contraste con la largura de sus cejas. La nariz chica, su boca mediana teñida de rojo, los ojos cerrados y sus pestañas negras dobladas, me hicieron pensar que estaba dormida.

El viento cargaba con los ladridos de los perros. Unos eran cercanos y otros de perros lejanos que respondían. Las mujeres hacían la señal de la santa cruz, y los hombres rezaban con los labios apretados, quitándose el sombrero y situándolo a mitad del pecho.
– ¿Quiere más luz, médico? Era la voz del comandante.
Le grité que sí y me bajaron dos linternas. Saqué del maletín una lámpara de punto fino y el estetoscopio. Sabía que era observado. Cuando abrí su párpado, no pude contener una profunda tristeza al encontrarme con la opacidad del cristal y la ausencia de cualquier reflejo en su ojo. Moví la cabeza de un lado a otro y, poco después, irrumpió el sollozo de las mujeres. A un lado, cerca de sus muslos y envuelto en descoloridos trapos de algodón, estaba el crío. Seguramente lo sacaron como un brote desgajado. No llegaron a conocerse, tal vez, murieron al mismo tiempo, pero… ¡Cuántas cosas los unirían cuando se internaban por los maizales y compartían los granos tiernos del elote y el gorjeo de las aves!

No se escuchaba ni un susurro, sólo un grito lejano que venía de afuera, no sé de qué parte. Con respeto, cerré sus párpados y contemplé la suavidad de las líneas de su semblante que la muerte aún no había desencajado. Al incorporarme, vi a sus hermanos que tomando el sombrero con la mano izquierda se persignaban, dándose cuenta de que la esperanza se había desvanecido. Salí de la sepultura con su ayuda. Después, poco a poco, la fosa volvió a ser llenada con un barro frío, chicloso, calentado si acaso por el ansia de que estuviera con vida.

Caminamos despacio, haciendo una fila. Ellos con su vestimenta blanca; yo, con la imagen de ella, de sus largas y oscuras cejas. Los relámpagos se sucedían, y el cedro era un enorme molino que, al moverse, hacía gritar a los pájaros cada vez que sus ramas se atropellaban.
Me pareció verlo y cerré la carpeta cuando Ángel, el topil, me apresuraba a que fuese al despacho del señor síndico.

El regreso

sierraSalieron antes de la medianoche.

¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice suplicante al hijo, en medio del silencio.

La aldea de Portilla está en la cresta de la montaña, y el camino se vuelve complicado para las bestias. Con nitidez, se oye cómo el fierro de la herradura golpea y se desliza por el limo que cubre parte de las lajas. El cielo negro, el ruido de la cascada y el viento helado saben del esfuerzo que tienen que hacer para no romper en sollozos. Sostiene, con lo terso de sus manos, la cabeza de su hijo; y con su pecho y vientre forma un nido, para que encaje el pequeño cuerpo de Moisés. Tiene cuatro años, conoce la estatura del maíz, el dulce de sus granos, el siseo de la víbora y la cereza del café que corta cuando el fruto colorea; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado sin resorte.

San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia, pues recuerda lo que dijo su compadre:

Es una yegua mansa, pero a veces pajarea y se espanta. El golpe de los cascos sobre la roca se vuelve estridente cuando la bestia patina, y tiene que gritarle.

¡Oh, Oh, Oh, bestia, bestia! —para que se calme y vuelva a su paso. No mira, sólo atiende al camino. Y de golpe se le viene al pensamiento que su mujer no le dio más hijos y siente que en el pecho se están amasando bolas que le impiden hablar. Al cruzar el riachuelo, una estrella se mira en el cielo y la madre se persigna.

¡Gracias a Dios ya casi llegamos! —Exclama, mientras besa la nuca de su hijo, que revienta en fiebre –– Vas a ver que te vas a componer ––le dice al oído, y luego––:

-¡Apúrate, Celedonio, apúrate, que siento que el niño se desguanza!

Alumbrado por unos candiles y unas lámparas, el niño es puesto en un catre. La aguja busca encontrar la superficie de una vena, pero ésta se esconde en una piel que se arruga de seca. ¡Por fin, la encuentra! Un hilillo de sangre se diluye en el agua, señal de que se está dentro de la vena. Es crucial meter en el pivote de la aguja el conducto por donde bajará el suero. Con violencia, el niño intenta sentarse; el padre y la madre le detienen, mientras el médico se apronta para fijar la aguja. Después, se afloja, tan rápido, que se vuelve nada.

¡Mi hijo! —Grita la madre.

El médico alumbra y la boca está llena de restos de alimento. Le voltea la cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Le golpea el corazón y sus manos muellean con angustia el tórax. Los instantes caen como la rosa que el viento deshoja. La madre estalla en gritos y le habla en balbuceos, entrecorta las palabras, gime y sus lágrimas caen como un rosario que se rompe, pero el hijo, no despierta.

Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.

Ramo de ojos

zopilotesImpulsado por un olor, se levanta. No lo piensa dos veces. Busca el bordón, traspone la puerta y camina hacia las afueras del pueblo. Claramente  escucha el roce del viento en las plataneras, el silbido profundo de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte.
Va rumbo a la cañada ensimismado. trata de recordar los hilachos de su sueño cuando, al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Después, pasos adelante, un aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Cuando llega a una cima, la luz de la luna le muestra la sombra de la higuera y,  abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio.
Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.

Ahí se recordaba él,  en el patio. Con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta.
Absorto, veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas, piaban lastimeramente, y caían al suelo con los ojos muy abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él, con una vara afilada que, al blandirla, zumbaba como lo hacen las moscas del inodoro.  Se ocultó bajo el guayabo que, por estar cargado de frutos, hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinazas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Empezó a dar gritos de dolor que llamaron la atención de la mamá.

Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente, volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en  los potreros , o entre los helechos que crecían en el monte.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas, en un piar sin freno, que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir

El alba ya viene; el viento mecía los frutos sacándole  los olores y esparciéndolos en  el camino. Por  un momento, parecería  que  atardece  y, que  la noche  caerá en una brevedad. En ese clarooscuro el bordón  resbala; pierde el equilibrio, da varias vueltas, cae y, sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda y rueda, golpeándose; quiere asirse de las raíces, pero éstas se le escapan de entre los dedos y rueda hasta el fondo de la cañada.

Su cabeza, su cuerpo, dan vueltas, respira con ansiedad, percibe la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo.

Tirado, su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto: por su mano corren mil pies. No puede evitar la nausea, cuando los gusanos reptan por su palma y suben hacia su brazo.

Al dirigir la mirada hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que, en hilera, lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.

La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

Después de Cox

Un día, ya no estuve en Cox. Se hizo cierta la voz de la gente: “aquel que bebe agua de los veneros del pueblo, regresa”. Volví. Lo vi de nuevo; de hecho, pienso que nunca me fui. Lo llevé siempre.

Sugerí — cuando pasante— que Cox debería tener un centro de salud. Rebasaba con creces el mínimo. Tiempo después, el Gobernador del estado ordenó que todo municipio tuviese servicio médico. Cox tenía ya edificio, personal, farmacia y estaba coordinado con el sistema de hospitales.

 Me asenté en  mi ciudad,  y tres años después llegué al Estado de México. Me inscribí  a una maestría en Salud Pública, que luego sabríamos -los participantes- que no tenía validación oficial. Iniciamos una protesta que llegó hasta las altas autoridades y, dentro de sus consecuencias, se me otorgó  atender a la Escuela Nacional de Salud Pública. Terminé la maestría y se me confirió la distinción de un cargo que requería -como prioridad- la supervisión médica. Dentro del área geográfica, incluía a Cox. En el puesto, tuve que tratar con médicos pasantes que venían de distintas universidades. Uno de ellos tiene una historia singular.

UN PASANTE FUERA DE SERIE

Designado como responsable en salud de un área de veintitrés municipios con más de medio millón de habitantes, de los cuales, poco menos de la mitad vivían en comunidades rurales. Como médico, tenía que atender miles de cosas, pero una de ellas,  era a los pasantes que se incorporarían en un nuevo programa para dar atención médica a poblaciones en el olvido.

Allí, estaba el pasante Mazón, diciéndome que su lugar de adscripción era una población llamada Santa María.
-Cierto —le contesté — pero de ese lugar te moverás a seis poblaciones más. Será tu base. De Santa María, obtendrás los recursos. Allí, vivirás, pero,  visitarás  una a una  las comunidades que están alrededor.
— ¿Entonces, no daré consulta en ese lugar?
—No. Tendrás un calendario y, de acuerdo a la fecha, visitarás a la población elegida, donde te ayudará una persona que es oriunda de allí y que llamaremos auxiliar de comunidad.

— Tengo aquí tu expediente y veo – con asombro – que tu promedio es de 9.7, en la UNAM. No me explico cómo es que llegaste a este lugar tan retirado.
— Pude haberme quedado en donde quisiera, mi promedio era suficiente razón, pero desde hace mucho tiempo, deseaba estar en la Huasteca Veracruzana, pues mi lugar de origen es el estado de Guerrero que mira al Pacífico y la Huasteca, lo hace al Golfo de México. En el momento de escoger la plaza, le dije a un compañero de estudios, que es nativo del estado de Veracruz, que me acompañase y me escogiera un lugar que se situara en la Huasteca. Mi amigo apuntó a este lugar: Santa María, y aquí estoy. Claro, pensé que se trataría de un pueblo comunicado y que sería responsable de la atención médica de sus habitantes, pero por lo que explica, allí sólo pernoctaré.
Me sonreí. La Huasteca es una región basta que incluye varios estados, así que pude inferir, que su amigo hizo un acto de azar.

Mazón, en cuanto llegó, enseñó sus destrezas: resolvió un parto difícil y se dio a la tarea de tomar al toro por los cuernos. Era admirable, pudo haber renunciado y no lo hizo. Un día llegó a la oficina.
—Necesito que me de permiso, para no estar en Santamaría
— ¿Te peleaste con la doctora?
—Para nada, sólo que la población de San Pedro pide que duerma en la localidad, pues es una comunidad grande. En la noche hay urgencias y no tienen quien los atienda. Acá, en Santa María, se queda la doctora y su servidor. Podría ser útil en San Pedro.
No me pareció mala idea. Pensé. Y agregó:
—La autoridad de salud de San Pedro desea construir un consultorio. Ya compraron y les llevaron el cemento y la varilla, hasta la localidad, pero la arena hay que buscarla en el río y acarrearla, es costoso. Necesito arena.
Recién había llegado una camioneta con tracción delantera y apta para trabajo pesado. Nos pusimos de acuerdo, y algunos lugareños nos esperarían a la vera del río. La unidad motriz también llevaba insumos y medicinas. La arena llegó adonde la necesitaban.

San Pedro es una localidad grande que tiene una iglesia antiquísima y un reloj incrustado que la gente vieja no había visto funcionar en su vida. Seguramente, Mazón se preguntó, ¿qué tenía el reloj? Él residía en el Distrito Federal y no le fue difícil encontrar la pieza dañada. Un día, el pueblo se despertó con las campanadas del reloj de la iglesia. La comidilla de todos los días era el médico, que fue asociado con las campanadas.

Un acierto del médico era que a todas las reuniones que hacía la comunidad, siempre estaba presente. Un día, le recriminaron que a todo, él daba la misma respuesta. ¿Por qué se enfermo mi nieto?, ¿por qué tengo diarrea?, ¿por qué mi hijo no sube de peso?, ¿por qué mi niño no aprende? Él siempre daba la misma respuesta: “es por la caca”. Más de alguna vez le presionaron para que ampliara la explicación y cuando iba a contestar una partera empírica, pronunció:
—Claro que es por la caca, porque todos hacemos nuestras necesidades entre el monte, y algunos muy de mañana. Antes de que claree, se van a la orilla del arroyo y, allí, dejan su recuerdito. Ensuciamos la tierra y el agua; y el viento se encarga de esparcirla y caerle a los alimentos. O sea, comemos caca aunque no la veamos. Si queremos estar bien, al menos, hagamos como los gatos: enterremos nuestra mierda.

Así se inició un ambicioso programa de hacer letrinas para la comunidad. Cuando Mazón se retiró de su servicio social, dejó un consultorio equipado, una comunidad menos enferma y el reloj de la iglesia dando campanadas, todos los días, a las seis de la mañana.

EL REGRESO

El jeep, un sobreviviente de la segunda guerra mundial, gruñía como animal asmático presintiendo la proximidad del vado. El río estaba cerca. Podíamos sentir la humedad que soltaba el cuerpo de agua. El “Niño” —que así llamábamos al jeep—se había portado bien, pero su ronroneo zumbaba en los oídos. El calor que desprendía el motor, se sumaba al sol vivo de un trópico, a las tres de la tarde.

Traíamos las nóminas de pago del personal de salud de la sierra. Habíamos resuelto -con relativo éxito- la primera parte; para la segunda, era necesario cruzar el río. Detuvimos el jeep en la orilla y salimos a estirar las piernas. Me alejé y vi al Niño casi metido en el arroyo. A la distancia, parecía una bestia metálica bebiendo agua.

Hicimos cálculos e identificamos huellas del paso de los vehículos que habían rodado sobre el vado. Reinaldo accionó una serie de palancas y entró la tracción delantera correctamente. Avanzamos a vuelta de rueda y, a la mitad, el Niño se fue llenando de agua. El vapor se hizo denso y corría por nuestra cara mezclado con el sudor y la ansiedad.

Reinaldo  gesticulaba, se mentaba la madre y, con los ojos desorbitados, le daba ánimos al Niño:

—¡Dale chiquito, dale, tú puedes!

Un sudor lo envolvió, como si él mismo fuera parte del río, y estalló.

—Me siento mal, doctor.
—Saca la cabeza fuera de la ventanilla y respira profundo; yo aplastaré el acelerador para que no se mate la máquina.
Mi pierna izquierda sustituyó a la de él; en el momento del cambio, una avalancha de agua sobrevino y el motor convulsionó dando un último gruñido que nos dejó a merced de la corriente.

Vino un silencio y, después, escuchamos el chapoteo del agua, haciendo minúsculas olas en el regazo de nuestros cuerpos. Las veía, sin poder apartar los ojos de ellas, pero la voz de mi compañero me volvió a la realidad.
—Ya nos llevó la chingada doctor… Ya nos llevó.
Poco a poco, veíamos, con angustia, cómo el agua se balanceaba y hacía perlitas y burbujas que estallaban en espumas.
—Doctor, este río crecerá cuando pardee la tarde, pues al sobrante del agua de la presa que está río arriba la expulsan. Si no salimos, les dará más trabajo encontrarnos mañana.

A esa hora, no se veía nada: el sopor de la tarde callaba el ruido de los vaqueros y hasta el aleteo de las garzas; por más que estirábamos los ojos, no se veía ningún cristiano, y sólo uno que otro vientecillo nos llegaba de la sierra. El sol fulgía las piedras, el silencio sesteaba con el ganado y nosotros goteábamos incertidumbre cada vez que se inflaban las venas de la frente.

Una hora después, oímos el primer zumbido. Momentos más tarde, apareció un tractor Ford tumbando agua. Eran zancadas sin temor a la corriente; se aparejó al jeep y, sin detener la máquina, nos gritó.
— ¿Tiene problemas, doctor?
Se adelantó, amarró las cadenas al chasis del Niño y, como a chamaco malcriado, lo sacó de la oreja hasta la ribera.
— ¿Todavía te sientes mal?
—Se me fueron las fuerzas, parece que soy de trapo.
—Es por el susto.
—Yo creo que es por el humo chamuscado que desprendió el motor.
—Vamos, por ahí debe de andar el remedio.

Mientras al Niño lo secaban en el taller, Reinaldo y yo nos curábamos el susto con una caña que los lugareños revuelcan con una frutilla para darle un sabor dulzón, y un olor que se te pega a la boca, aún después que ha pasado el trago.
Dice la gente que sirve para curar fiebres, y los brujos la untan para sacar los sufrimientos de la soledad. Nosotros la ingerimos y, en cada trago de fuego, nos daba por rescatar de la memoria a los amores lejanos. En el sueño, concluíamos lo que, en el recuerdo, se dejó de hacer.

LLEGANDO A COX

Cuando llegamos a Cox, me dice Rey:
-Doctor, miénteme la madre, las pinches nominas del personal se me olvidaron en el centro de salud de Coyutla.
Regresar por la terracería, cruzar el río por la noche era más que imposible. La única persona capaz de ayudarnos era Celedonio. Cuando le dije que los cheques de pago se habían quedado en Coyutla, se rio, movió la cabeza y dijo que había que ponerse en marcha porque la noche no es buena para caminar.

Aceptó un compañero para que le acompañase. Veinticuatro horas después, las nominas estaban en mis manos. El advenimiento de carreteras en terracería hizo que se perdieran los viejos caminos. Un camino que antes era de 4 o 5 horas, ahora, fue de doce horas, con riesgo de perderse por los escollos naturales, la hierba que todo lo pierde cruces y el peligro de ser mordido por alguna víbora. Cuando le dije a Celedonio que me dijera cuánto era por sus servicios, contestó:
—Sólo dele a este bueno para nada cincuenta pesos. Conmigo médico, no es nada.
Conocía a Celedonio. Nada es nada. Nada es amistad profunda. Así son ellos.

POR SI NO TE VUELVO A VER

Eran las tres de la mañana y el frío intenso del altiplano de México se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un sudor perlaba su nariz, que hacía contraste con la oscuridad de sus ojeras. El cabello era nido de finas gotas de agua que parecían dibujarle una diadema. Apretaba las mandíbulas y la lividez de su cara se acentuaba cada vez que el dolor oprimía.

Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta, se había hecho bolita y dormía profundamente. Los cubículos estaban separados por cortinas de plástico que corrían por los tubos de acero inoxidable. Le daban al espacio una privacidad asfixiante, por los vapores del yodo y el tufo adosado de los enfermos.
Nos reconocimos. Ella estudiaba para auxiliar de enfermería y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo, fuimos a una ciudad cercana, paseamos por el parque y juntos disfrutamos de un helado. De regreso, en el autobús, recostó su mejilla en mi hombro y su mano cayó sobre mi muslo. La abracé, y con los dedos frotaba la cima de su pecho, mientras mi boca reconocía el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó a más; simplemente, dejé de verla, no sé por qué. — ¿Eres el único médico aquí? — Sí. — ¿No hay nadie más que tú? — No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo? — Me da vergüenza. — ¿Vergüenza? ¿Por qué? — Tú sabes… No puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros. — Por eso mismo deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención? Dime, por favor. Poco a poco, se fue relajando y platicándome su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar, quien la llevó al baño, le pidió que se despojara de su ropa interior y, envuelta en una bata, volvió con ella para que se recostara en la camilla, y yo pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante de látex, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, ¡pero los momentos eran tan opuestos! ¡Qué lejos y cerca estaba la penumbra del camión! En aquellos momentos, su respiración crujía e iba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que parecía avasallarnos. No recuerdo qué fue lo que nos detuvo y nos despedimos. En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en el interior de su anatomía y buscaron los vidrios que rompían la continuidad de sus tejidos. ¡Sabía ya qué la estaba matando! Me comuniqué con el jefe de la guardia, quien estuvo de acuerdo y pidió con urgencia la presencia del anestesiólogo. Por un momento, nos quedamos solos. Me miró con ojos lejanos. Hubo un abrazo sin fuerzas y un beso tierno en la boca. Luego, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas, resbalando a tientas por mi cuello. Me dio otro beso. — Por si no te vuelvo a ver. – Me dijo. Se fue con su cita a la unidad quirúrgica. Yo tenía más consulta y los recuerdos calientes. Afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.

LOS PASILLOS DEL HOSPITAL
Los pasillos del hospital se iluminan con luz fría. Son transitados con prisa. El camillero que lleva una embarazada, un enfermo o un herido desangrándose hacia el quirófano. También corre la enfermera con su carrito de medicinas porque hay un infartado en algún cuarto. Por los pasillos caminan los familiares deshechos en silencio, otros, callando gemidos con el pañuelo en la boca. Van y vienen penas y esperanzas. Las embarazadas caminan de un lado a otro, cargando el peso de su vientre, algunas platican en silencio, otras piden a la virgen que el niño no tenga malformaciones. Por los pasillos del hospital corren historias bajo una luz fría. En los pasillos que dan a la sala de espera de urgencias, hay preocupación, angustia y una miríada de oraciones que buscan salida al cielo.

Un paseo por la montaña. Antes de Cox

 Un día, mi querido amigo Celedonio me preguntó que dónde había aprendido a sacar niños, y le conté que de estudiante pocas oportunidades se tienen de atender partos, que el verdadero fogueo inicia cuando ingresamos a la vida hospitalaria, como interno de pregrado. La primera vez que me tocó hacer guardia en el hospital, el médico jefe me dijo: “Mira tú te vas encargar de esta ala del hospital, aquí se internan las que están en trabajo de parto y tu labor consiste en ir evaluando quién se va a la unidad de atención y debes mandarlas cuando el cuello de la matriz tenga cuatro centímetros de dilatación. Así que debes estar pendiente”

La enfermera joven, morena, con ojos de paloma y cejas que se tocaban en su extremo medio, dijo: “Doctor, la paciente de la cama doscientos veinte está alterada. Seguramente puse cara de estúpido, pero ella, sonriendo, habló “vamos a revisarla”. Fui con ella. La paciente daba la impresión de estar siendo golpeada por alguien. De un carrito sacó un par de guantes y los puso frente a mí. Mi torpeza debió ser evidente para calzármelos, así que sacó otro par, porque seguramente había contaminado . Pero ella, sonriente, exclamó “perdón, estos sí son del tamaño de sus manos”. Fueron momentos en que me puse a sudar tanto como la paciente; “los pinches guantes no calzaban bien en mis manos”. Cuando por fin lo hice , ella le habló con cariño a la mujer y ésta empezó a tranquilizarse. Pude al fin meter mis dedos dentro de la cavidad vaginal, pero una vez dentro, éstos estaban hechos bolas, sólo sentían lo blandito y tibio del tejido. La enfermera me preguntó: “¿Cuánto tiene de borramiento?” Me quedé callado y volví a meter mis dedos. Ella se puso unos guantes con una facilidad que me hizo sentir vergüenza. Le hizo tacto y me dice en confidencia “tiene como un ochenta por ciento y tres de dilatación”. Toqué, toqué de nuevo, y seguí sus consejos. Poco a poco lo oscuro se hizo claro. Han pasado los años, pero la memoria de mis yemas sigue fresca, si en este momento hago tacto a una señora en trabajo de parto, diré con exactitud cuánto tiene de dilatación y borramiento, pues la yema de los dedos nunca olvida. La enfermera será siempre tu gran compañera si le das su espacio, su lugar y ganas su afecto.

 

El hospital donde realicé mis prácticas estaba recién hecho y no había más que los médicos especialistas de base y once internos que recién egresamos de los cinco años que exigía la carrera. Treinta y seis horas continuas de trabajo, por doce de descanso. Cuando terminábamos la jornada, lo único que deseábamos era dormir y dormir. Así que subíamos las escaleras reptando los escalones, para tirarnos a la cama. ¿Cómo es que no explotamos? Pues había médicos que nos hacían pedazos el ánimo y otros que, como verdaderos maestros y amigos, nos daban mucho de ellos. Otra forma de evadirnos era jugarnos bromas y aceptar que una serie de sonrisas hacen la angustia más llevadera. Mi preparación dio como resultado atender los partos con éxito, y cada vez que hacía las disposiciones para atender una situación complicada, recordaba las bromas que jugábamos.

Urgencia en la sala de partos

 En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede. Con un trapeador, el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos, los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares, están de pie. De pie es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan. Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. Si acaso se oye una radio que da la hora. Los que toman las decisiones críticas, o sea los especialistas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.

En el piso (así llamamos al sector de hospitalización), las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras (algunas, ángeles; otras, no tanto) aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina. El puente entre la paciente y la institución son los internos, médicos de pregrado, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen en el cuello de la matriz cuatro centímetros de dilatación. Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado es no tener “Camachos”. En el momento exacto, a esa hora crucial, preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

 A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero, ese sí, clavado en la vena. Dos internos guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que normalmente hacían los camilleros. El jefe, en el silencio del hospital, daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. — ¡Camacho! ¡Camacho! ―vociferaba con angustia, nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo. Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención de la parturienta. Los internos de pediatría acudieron a la sala para recibir al nuevo ser y, los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud su uniforme esteril. Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades para que las apoyara en las pierneras y quedara en posición. Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo. — Ya, señora; todo va a salir bien —y, por dentro, muriéndonos de risa. El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. — ¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado. No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco. El jefe de internos, Durazo, escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

Un paseo por la montaña Los partos

EL NIÑO ATRAVESADO
Al violinista le conocía porque vivía casas abajo de doña Licha. Nunca, había tratado con él. Alguna vez, le vi en las fiestas del pueblo. Con tendencia a ser gordo, de calzón y con un pañuelo rojo en el cuello y su nariz de cotorro que se acentuaba cuando se ponía el violín en el cuello. El problema: su esposa no podía dar a Luz. El día había sido intenso. Casi dormía cuando escuché que tocaban la puerta. — ¡Qué sucede! — Médico, mi esposa no puede aliviarse. Rumbo a su casa, dijo que había dado a luz a un niño, pero había otro que no podía nacer. Cuando llegué a la vivienda, divisé a la parturienta en el suelo, acostada sobre un tapiz que tejen con la hoja de la palma y que lo nombran petate. La luz de los candiles bañaba de cobre la pieza y la palidez de la señora se hacía robusta. Sobre ella, una manta la arropaba. Sus manos parecían cargar su vientre y gemía con discreción. Al verme, las comadronas se apartaron cuchicheando en su dialecto. Les dije que no se fueran y el esposo se los repitió en totonaco.
El cuarto estaba dividido en dos, por un gran lienzo de manta. En una, dormía la prole; y en la otra, su mamá daría a luz un nuevo hermanito. Las cosas habían cambiado y ellos no imaginaban que el ser que siempre les había protegido, pedía ayuda. En las viviendas puede que no haya sillas, trasteros o camas, pero nunca falta una mesa fuerte y amplia donde sitúan las imágenes de Jesús, la virgen María o nuestra señora de Guadalupe. Todos los días, encienden una veladora y es una forma de pedimento. También, están las fotos de los que se han ido y la luz, es una manera de decirles que están presentes.

Me incliné aluzando con una lámpara de mano. El cansancio reflejado en su cara, dibujaba con exactitud que la fuerza que le quedaba era muy breve. Contraía los músculos de las mejillas y de la frente, cada vez que el dolor trituraba su abdomen. Al tocar la piel de su cara, resbaló por mis yemas un sudor frío. Le pedí a las señoras que sostuvieran las piernas para hacerle un tacto y darme cuenta de lo que había dentro. Se me vino a la cabeza, la vez que hice el primero y escuché la voz del maestro que me preguntó: “¿qué siente?”, y contesté con voz abochornada: blandito y calientito.
Hoy, en esta madrugada, sólo estaban las comadronas, las imágenes, la luz de las velas y una mujer atrapada. Los especialistas, los quirófanos estaban muy lejos. Me calcé el guante de látex, lo bañé de agua para quitarle los restos de talco e introduje mis dedos, a lo lejos la voz del maestro: -Recuerden las erres: si es redonda, regular y resistente, el chamaco viene de cabeza. Si es redonda y blanda, viene de nalgas; si no encuentran nada de eso, busquen los pies, los brazos del producto y, después, las manos y traten de saludarlo. Si su mano encaja bien en la de ustedes, entonces, tendrán una idea de cómo está situado el niño en el útero.
No había dudas, el bebé estaba atravesado y Seguir leyendo Un paseo por la montaña Los partos

Un paseo por la montaña. El ciclo doloroso

LAS VÍBORAS

La tarde, todavía, giraba señales: bandadas de pájaros peleando por las mejores ramas, el café tostándose en los comales de barro. Bajo las puertas, asomaba la luz desteñida de los quinqués; y entre la hierba de los patios, salían los gruñidos de los cerdos y de las calles, el griterío de los chamacos que retozaban de una calle a otra.

Esa noche, prendí las lámparas y saqué de mi cajón las barajas de naipes. Loño vendría y jugaríamos una partida para ir matando las horas. En lo mejor, su grito me sobresaltó.
— ¡Súbase a la silla médico! Acaba de entrar una víbora.
Hizo la silla a un lado, desenfundó el machete y fue tras ella. Instantes después, la culebra se movía sin cabeza.
—No está muy grande, pero su mordida puede mandar al panteón a cualquier cristiano. Por precaución, médico, antes de dormir abra bien los ojos, no sea que por allí esté la otra.
Después, seguimos la partida de naipes.

Ha pasado mucho tiempo y aún recuerdo -con claridad- lo que pasó desde el momento en que la víbora entró hasta veinticuatro horas después. Seguir leyendo Un paseo por la montaña. El ciclo doloroso

Un paseo por la montaña VII

CAPÍTULO VII. ESCUELA Y MENTORES
Un médico tiene que vincularse con los maestros. Ellos se convierten en luces para la población marginada; batallan por la falta de recursos. Primero, instruyen a los niños indígenas en el español para después enseñarles a leer y escribir. Luchan contra la desnutrición, la pobreza, y la necedad de algunos padres.

Conocí a un maestro que era víctima del alcoholismo. En la mañana, enseñaba y, en la tarde, ingería hasta perderse. Conocí, también, a Santos, que tenía deseos de que en el pueblo existiese secundaria. Cuando me dio la noticia de que habían aprobado la propuesta, se lo aplaudí, así, cuando me invitó a dar clases de biología, lo acepté. Revisé a todos los niños de la primaria, impartí pláticas a diferentes grupos y conviví con ellos.

Por ese entonces, me regalaron un puerco grande, pero flaco. Me dediqué a engordarlo, para obsequiarlo al comité pro construcción de la escuela. Para tal cosa, organizamos un baile. Las veces que había asistido, sólo ponían bancas pegadas a la pared donde las muchachas se sentaban. Los varones de pie, haciendo bola y tomando cerveza. Esperaban que el conjunto tocase para sacar a bailar a su dama de preferencia. Cuando el puerco engordó, el día del baile, adornamos la pista con palmeras y hojas de plátano, se consiguieron mesas y manteles. Hubo refresco, cerveza y carnitas. El salón lució como nunca. Los muchachos de la escuela la hicieron de meseros y la fiesta terminó después de la media noche dejando ganancias al comité.

LLEGÓ Y SE FUE

Un maestro nuevo. ¡Por fin llegó! El más contento era el director, que atendía a tres grupos. Los padres de familia habían levantado otra aula, para que el docente recién llegado auxiliase. El maestro venía de la ciudad y fue recibido por su colega, quien le mostró dónde viviría.
—Has llegado oportunamente. En la noche hay baile y habrá muchachas que te querrán conocer. Seguir leyendo Un paseo por la montaña VII

Un paseo por la montaña VI

ALGUNOS PACIENTES Los ahorcados
—Es camino a Chumatlan, no hay pierde, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen. — ¿Ahorcados?
— Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban gente.
No fue difícil dar. Reconocí al enfermo: muy delgado, respiraba con dificultad y con fiebres que lo llenaban de sudor por las noches. Tos de meses. Un mal con siglos de historia y que conocemos bien: “Enfermedad de pobres con tratamiento de ricos”, nos decían los maestros. De poco sirven las medicinas, si no hay una buena alimentación. Por más que miraba y miraba, sólo había pobreza. Por fortuna, traía medicinas para el mal, pero habría que insistir que con un mes de tratamiento no bastaba. En aquellos tiempos, se tardaba un año para completar el proceso. ¿Y el alimento, de dónde lo sacarían? En el pueblo, cada semana mataban res y cerdo, dos o tres veces. Gallinas en el patio no se veían. —Come cada tercer día carne de tlacuache. Con eso empezarás a engordar, pero no te olvides que es un año de tratamiento.
Dejé de verlo, y en una ocasión, el día de la plaza, entre tanta gente, una persona joven me enfrentó. — ¿Ya no te acuerdas de mí? Qué difícil, la verdad nunca he sido buen fisonomista y cuando la gente pertenece a una etnia y visten igual, pues mucho menos. — Yo soy el enfermo que fuiste a ver a la salida de Chumatlan. Tengo la casa debajo de los “ahorcados”. — ¿Tú eres..? Mi sorpresa consistía en que éste se veía gordo, luciente, enérgico. — ¿Te sigues tomando las medicinas? —Sí, pero lo que me está curando es la carne de tlacuache que me recomendaste, pero ya me chocó. ¿Puedo comer carne de gallina?
LA GASTRITIS
Había otros pueblos de la sierra que tenían mejores condiciones. Disponían de un centro de salud, luz eléctrica y vías de comunicación. Era el caso del pueblo de Coyutla. Aunque estos poblados están al pie de la sierra cuando el calor aprieta, se siente el pellejo colmado de ardor, pero teniendo luz, un ventilador mitiga el sofoco. Tuve un amigo que hizo su servicio social unos años antes de que yo hiciera el mío. Una noche que compartimos, me hizo la siguiente confesión: -En tres días no hubo luz en el pueblo. El sol rompía y mi cuerpo era una esponja seca. El ventilador parecía meditar. Había terminado la consulta. Pronto, darían las dos de la tarde, y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba, mentalmente, qué amigos podrían estar dispuestos, pero todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de consulta, llegó un paciente. Entre el bochorno, el sudor que brotaba de mi testa, le comuniqué, que tenía una gastritis y que debía tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes. Nada de chile, nada de grasa, nada de caña y venga dentro de quince días. Cerré el consultorio y fui a dar de vueltas al centro del pueblito con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio, nada como algo frío en la mano y una buena plática. Sin embargo, a esas horas, encontré lagartijas, señoras comprando de última hora, pero ningún amigo. Estaba bajo la sombra de un árbol cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Le abracé, y pronto charlé como si no le hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito. — Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta— y a empellones le metí a la cantina, ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo ¡Salud! — Yo tengo gastritis, no puedo tomar. — ¿Quién dice que no? — Pues usted. — Yo no me acuerdo. — Me lo dijo hace como una hora. — ¡Qué memoria tengo! ¿Y qué te dije? — Que no podía comer, ni chile ni grasa. — ¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa. — Pero irrita. — Bueno, irrita, si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces… ¡Salud! De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, tomó resuello y me dice: — Médicos como usted, hay pocos. ¡Me caí de madre! Yo no le hacía caso, sólo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.

CUANDO UN RICO SE ENFERMA
Fue en la madrugada. Tocaron a mi puerta. Supe que la esposa de Walo tenía un fuerte dolor. Poco después, iba rumbo a su rancho, adolorido por el golpe que tuve al caer del caballo brioso. Acostumbrado a mi yegua, jalé la rienda sin precaución, y el caballo relinchó. Iba imaginando cómo fue mi caída y la suerte que tuve de no lastimarme, ya que el suelo era rocoso. Me reí, tengo dura la cabeza.
La señora de treinta y tantos años, refería un dolor bajo la costilla del lado derecho de gran intensidad. Descarté inflamación de apéndice y administré analgésicos. Media hora después, el dolor cedió. Cuando su marido me preguntó si le volvería el dolor, le dije que sí. -Requiere estudios y probablemente termine en cirugía.
Horas después, llegó una avioneta. Más tarde, abordaría un avión para que la trasladase a la ciudad de México, a un centro hospitalario de lo mejor en aquel entonces. Poco antes del mes, había regresado, con menos kilos y con una cicatriz en el abdomen. Los ricos de todos lados así se curan, siempre y cuando, la vida les dé oportunidad de llegar al hospital.
El pobre se cura con hierbas y a la buena de Dios, también, si tiene suerte de encontrar pasante y medicina. Porque si no hay medicina, de qué sirve el mejor diagnóstico. Es real decir que el médico deja de ser médico cuando carece del recurso. Se nos olvida que debemos conocer sobre medicinas alternativas y, llevar una buena estrategia educativa para enseñar y promover la salud: con el paciente, con los grupos, en un marco de respeto a su cultura.