Celedonio era mi vecino, y su trabajo era la aplicación en las paredes de las casas de un insecticida muy tóxico que se le conocía por sus siglas: DDT. También tomaba muestras de sangre a todos aquellos que tuviesen fiebre. Iba con su bomba sobre la espalda, caminando entre maleza, lodo, sol y lluvia, recorriendo muchos kilómetros diariamente.
—Estamos bien tapados doctor, imagínese que la gente no quiere cooperar y no deja que le piquemos el dedo para sacarle una gota de sangre y ponerla en la laminilla.
— ¿Por qué no quieren Loño?
— Usted cree, dicen que el gobierno, les va a vender su sangre.
Me quedé pensando, en la burrada que decían los indígenas, pero detrás de tal expresión está el resentimiento y la desconfianza.
Renunció a su trabajo porque había perdido deseos y el color de la piel parecía un pan mal cocido. Y fue lo mejor que hizo. Platicábamos con familiaridad, después me acompañaba a lugares alejados para visitar algún enfermo en recompensa le atendía a sus hijos. Pero lo mejor que sucedió es que nos hicimos amigos.
— Va a ver doctor que antes de tres meses, tengo mi casa.
Celedonio cumplió a los tres meses había hecho su casa, él con una carretilla traía la piedra de la cantera y cuando hubo reunido la suficiente empezó a levantar paredes: dos cuartos, una cocina y letrina.
Otro día en el camino me dijo que aprendería talabartería para hacer ajuares para los caballos y los jinetes. De los olores que recuerdo, fue el secado de las pieles, el aroma es penetrante, insidioso. Aprendió la artesanía sin que tuviese maestro y luego alzó otro cuarto que fue su taller.
Años después me cantó que su pueblo debería de tener agua entubada. Sin ser autoridad, y organizando a las familias, llevó agua de la montaña a su pueblo.
El mundo y México tiene muchos de esos y sucede que quienes están arriba, en el poder, los ignoran. O todavía peor: los matan.
MIS VECINOS: EL AMIGO
•Diciembre 26, 2009 • Dejar un comentarioMIS VECINOS. LA MADRE
•Diciembre 13, 2009 • Dejar un comentarioMIS VECINOS
Tenía mi espacio. El carpintero acomodó la madera y el aroma en el lugar que había sido un mes antes el refugio de los murciélagos. El veteado de la madera a la luz de las lámparas parecía tener vida. Tres espacios, el consultorio, el área de observación y atrás un desayunador, un catre y una cocina que daba a un minúsculo jardín. Era mi cueva. Zoila,
delgada, eficiente, se encargaba de mantener limpio el local y era depositaria del café y los totopos. Neme, un niño de diez años era el recadero y cuando no estaba Zoila podía traducir con facilidad.
Tenía un radio de frecuencia modulada. — Actualmente esto es común— con interferencia escuchaba algunas estaciones del Distrito federal, pero si colocaba un alambre, mejoraba la claridad. Distraído no percaté que atrás de mí estaba el papá de Neme a quien conocía sólo de vista.
— ¿Qué hace?
— Tratando de que el radio suene mejor.
— Ese alambre no le servirá de mucho. Espéreme.
En diez minutos trajo un cable delgado de cobre, lo situó de lado a lado en lo más alto de la casa y con otro conectó al radio y se hizo el milagro, tenía música de toda, llegaban las estaciones como si las tuviese al lado mío. Tuve la dicha de escuchar a los grandes músicos, las orquestas y de vez en cuando a mis oídos llegaba un tango de Gardel. Por qué se escuchaba tan bien, no lo sé, las ondas son así.
Lillo se dedicaba a sacar tabla, es decir su oficio era aserrador. Pero antes de talar un árbol, pedía perdón y sembraba, siempre sembraba.
Doña Candi, era esposa de un vaquero. El vaquero sabía de vacas, de hacer hijos. Doña Candi tenía como oficio ser mamá. El vaquero era como muchos varones, gustaba de la cerveza y de gastar lo poco que ganaba en otras mujeres. Doña candí, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor hacia ellos antes que los maltratos del vaquero. Qué quién me lo decía, nadie, sólo la veía trasteando frente a mi consultorio y lavando ropa ajena y cargando a sus pequeños. Nadie me decía nada, sólo de vez en cuando ella se acercaba a darme de lo poco que tenía: un café una enchilada. Le veía la cara, su andar, su silencio y sabía entonces que esa mujer no estaba para odiar a nadie. Amaba a sus hijos por encima de toda pobreza.
BUSCANDO UN PUEBLO
•Diciembre 8, 2009 • 2 comentariosTerminé mis estudios cuando las plazas de servicio social se habían obsequiado. Pero meses atrás fui una hormiga juntando material de curación y medicina. Ignoraba dónde, pero tenía conciencia de que estaría en un pueblo alejado de los centros urbanos.
.
— Puede buscar una comunidad que no tenga médico y la secretaría le reconoce su servicio social. — me dijo el
encargado de la oficina. Por supuesto la secretaría, no le daría beca,—agregó.
Me di a la búsqueda de localidades que no tuviesen servicio médico. Mis compromisos eran intensos: casado, dos hijos, sin casa. Vivía con mi suegra. Cruzaba los dedos para tener tino y ubicarme en una comunidad próspera, que me permitiera un sustento digno y hacerme de algunos bienes. Había escuchado historias de médicos que en un año forjaron fortuna. Un maestro decía “Si ven que en la comunidad, hay un dentista, es seguro que hay tela de donde cortar, pues los servicios dentales son caros”.
Visité algunos pueblos que no fueron de mi agrado y a cuanto fulano veía con sombrero y machete al cinto, preguntaba y preguntaba y preguntando alguien me dijo:
— Vaya por la sierra, por allá cultivan café, maíz, pimienta, y hay ganado y cedro. Para que llegue pronto, váyase en avioneta.
En el campo aéreo, todos conocían al capitán Camacho, quién era el piloto de una avioneta. Yo traía enlistados varios pueblos que copié de un mapa.
—El mejor es éste, pero ya tiene médico, se lo digo porque el doctor cada quince días viene y va. Él es el encargado del centro de salud. El otro pueblo grande es el de arriba, pero es un pueblo difícil, casi nadie habla español y no son queridos los médicos. Le recomiendo el pueblo Cox. Ahora no tiene médico, ni centro de salud, la población es grande. Pero la última palabra usted la tiene. Vaya y si le gusta, pues quédese. Mirar no hace daño.
— ¿Por tierra que tiempo hace uno?
Me quedé sin respuesta, pues el pasaje estaba completo y había que subirse a la avioneta. Después sabría…
La avioneta aterrizó en un potrero, que era el “aeropuerto“, caminé cuesta arriba hasta que divisé las casas. En una encrucijada coincidió la floración de la buganvilia, el olor de vainilla, aromas de café. El pueblo estaba asentado en una ladera de la montaña con calles de piedra, tejados rojos. Hacia el norte los caminos subían y subían entre arboles de carboncillo y cafetales, hacía abajo se situaba el lomerío. Tierras de selva convertidas en potreros y árboles salteados: cedros, mangos y avalos donde el ganado sestea.
Llegué al centro del pueblo. Una iglesia que piedra a piedra había conquistado altura. La puerta de entrada miraba al oriente, al mar. Podía admirarse el paisaje, caminos pelones, aplanados por el casco, el pie o el tiempo. La nave principal con retablos tallados por manos morenas, artesanales. Al centro la imagen de Jesús crucificado y el olor a silencio esparcido entre las paredes, recovecos y débilmente aluzado por algunas veladoras.
Recorrí calles, comercios, platiqué con algunas familias, y por último me entrevisté con las autoridades y ellas dieron el visto bueno.
— ¿Señor presidente y aquí hay dentista?
— No hay, pero viene uno cada mes. ¿También saca muelas?
— Para nada.
No tuve duda, mi intuición me decía que allí estaba un tesoro. Años después sabría que el tesoro no eran riquezas. Sino la comprensión de un pueblo olvidado, rico en cultura, despojado de sus tierras.
Pude sentarme en la plaza, bancas sencillas, cómodas, con un kiosco al centro. Unas palmeras altísimas, como viejos tributos del mar a la montaña. Al frente, el edificio del palacio municipal, a mis espaldas unas escaleras, tan anchas como si hubiesen formado parte de una estructura. Subiendo por ellas llegaba uno al curato, lugar donde vive el párroco. Siempre me pregunté por el tiempo, la piedra olía a vieja. ¿y si fuese una pirámide?, tal vez no tenga nada de extraño, pues los conquistadores arriba de las pirámides construían iglesias, los conquistados aceptaron, porque sabían que sus dioses moraban allí.
EL ASOLEADERO
•Noviembre 22, 2009 • 2 comentariosFui conociendo gente por las consultas, por los vecinos y por las noche, después de cenar, tomando el café, platicaba con Doña Licha. Otras veces iba sin rumbo por las calles empedradas, así. Llegué por casualidad a casa del comisariado de tierras, que no se le miraba buena cara.
–Buenas tardes señor comisariado.
–Buenas tardes médico, ¿Qué lo trae por acá?
–Ando conociendo el pueblo. Veo que está haciendo un piso.
–No pude terminarlo. ¡Mujer! Tráete dos pocillos de café.
En una brevedad estaba sentado tomando café y escuchándolo.
– Explíqueme, usted que ha estudiado mucho, cómo le hago para entender a los indios. Mire. Me urge hacer el asoleadero, porque ya viene la cosecha de café y para secarlo, hay que extender la semilla bajo el sol. Necesito el piso con urgencia y le dije a J , que le prestaba mis mulas para que fuera al río y trajese arena. Eso fue a mediodía y cerca de las cuatro había descargado. “Anda J , ve por otro viaje” y dijo que no. “J es más dinero para ti, te lo pagaré como si fuera un día de trabajo. Necesito la arena para terminar el piso” ,
—me contestó. Explíqueme Médico, usted debe de saber.
Al comisariado no le faltaba razón, la desesperación no era por un día, sino que su suegra, reumática, le había dicho por la mañana que el tiempo iba a cambiar. Aquí en esta parte que mira la montaña, cuando el agua llega, luego no quiere irse, se detiene por ratos, pero después persevera y así se está y eso equivale a más de diez días. Los cafetales no tardarían en madurar la cereza y luego, los cortadores y, la máquina despulpadora empezaría su trabajo. El fruto entonces pide sol, y en el asoleadero se mueve, se palea para que se deshidrate parejo y la almendra no se manche. El café queda en pergamino. De no tener donde asolear el grano, hay que arrendar y eso equivalía a perder dinero.
De llover, los caminos quedarían intransitables y la arena no podría ser trasladada del río hasta su casa. Esa era la urgencia. Nadie se estaba muriendo, pero no poseer el asoleadero conllevaba a perder dinero. ¿Cuánto? no sé, pero seguro, que alcanzaría para pagar muchos jornales.
Tal vez J tenía cosas importantes que hacer, como fornicar con su mujer, o platicar con su compadre con algo de aguardiente para sazonar la palabra. Al menos ya había sacado lo suficiente para que los hijos comieran tortilla, frijoles y chile. Y pudo haberse preguntado ¿con otro viaje me haré rico?
FRAGMENTOS
•Noviembre 19, 2009 • Dejar un comentarioNo había luz, mucho menos agua entubada. Pero se contaba con niños de doce años, que diestros jinetes de burros llevaban agua con tanques de cincuenta litros, dos por viaje y de esa manera abastecía un depósito
para que funcionase wáter y regadera. La casa que había rentado, permitió tener un consultorio y un espacio para observar pacientes delicados y en la parte de atrás situar cocineta y comedor. Z se encargaba del aseo y N niño de doce años de traer cuanta cosa se necesitase. Ambos para mi fortuna sabían el dialecto. Este lugar es habitado por gente creativa, hacedores de un oficio de milenios.
Los carpinteros acariciaban la madera, la ponían al sol, la mojaban en veces y con el ojo afinado trazaban su línea para definir donde tendrían que emparejar. El banco despedía olores de tabla recién cepillada, rizos que se desprendían y que a manera de un humo invisible, dejaban en el ambiente el santo olor del cedro. Manos llenas de callos, que se adiestraron en torear la impaciencia, pues transformar la madera requiere de sabiduría y no tan sólo de destreza. Joven él, dividió el espacio en partes precisas y lo fue llenando de bancas, sillas, mesas y, sacó el olor a olvido y lo hizo de cedro. En poco la vivienda tenía vida.
LOS BORRACHOS
•Noviembre 2, 2009 • 2 comentariosMarchan los borrachos dando traspiés por el camino terroso. Van de dos en dos haciendo altos súbitos. El más sobrio es quien lleva la garrafa de caña. Son cuatro litros que pondrán al centro. Ellos acomodarán sus traseros alrededor del galón y terminarán cuando no quede olor a caña. Éste es su sitio preferido: un solar
baldío donde la hierba crece y un árbol de naranja agria que los provee de sombra y fruto.
Estarán tomando en cofradía. Brindando por lo que pudo ser y no fue. ¿Por qué más brindaran? ¿Por la mujer que abandonaron, por los hijos que no han visto, o por el rencor que tienen acumulado?
El final es una calca de otros ayeres, quedan tirados y camuflados por la hierba. Hay uno en píe, es un perro que siempre los acompaña y le convidan de lo que comen y beben y él agradecido lame cara y boca, mientras ellos sueñan y sus manos anestesiadas acarician la testa del can.
MAMÁ CAMILA
•Septiembre 29, 2009 • 2 comentarios
Los sacerdotes a las rancherías casi nunca iban, entonces, la gente apurada por la fé y las epidemias navegaban rio abajo y bautizaban en la playa. El mar no tiene palabra de honor y algunas veces, en la bocana del rió las olas encrespadas volteaban las lanchas y la fiesta se convertía en tragedia. Mamá Meche va hsta su tiempo de niña con su mirada y sigue platicando: donde quiera que ponías los ojos había vida, en el cielo garzas, pelícanos, gaviotas, y muchas aves, en el monte rompían el ruido las chachalacas, pero lo que más asombraba era el mar con su rugido y cómo después de cada ola, dejaba peces, jaibas y pulpos pequeños que reptando buscaban el agua. Le digo: entre sueños, mamá, veo la casa donde viviste con mi abuelita. Grandes árboles de Caimito, blanca por dentro, blanca por fuera con el olor del barro fresco, pues a la abuela la veo alisando su piso de barro y arreglando la cocina. Ella me llevaba al parque los fines de semana, esos días llegaban los dueños de los puestos donde vendían trastes. Yo de la mano de ella y rascando el piso con el pie que no era de tierra, sino de arena, y al picotearla sentía el frescor de la que estaba enterrada. En esa casa, dice mamá, se andaba muriendo Enrique, tu primo, si no es por una gata, él no viviría. Fue una gata que llegó de no sé donde y se quedó con nosotros. Enrique tendría cerca de dos años, gateaba y le gustaba meterse debajo de los catres, pero la gata no lo dejaba y le tiraba zarpazos. “Pues que le pasa a esta gata”.dijo mi mamá y se asoma debajo del catre y también le tira de zarpazos . “ Gata cabrona después que uno te da de comer ahora me quieres morder” y va a la cocina a traer una escoba, cuando vemos salir a una víbora grande y detrás de ella la gata. Enrique vive por aquella gata. El rio de aquellos días era navegable, pues al pueblo llegaban enormes barcos que iban por el plátano, racimos tan grandes como un hombre y cuando no llegaban, decían a la gente “¡vayan a cortar el plátano pero, dejen el racimo, así si vienen los gringos, verán que su fruta no fue vendida!” (Pienso en el rio Cazones actual y veo que está anémico, lleva petróleo y basura en sus entrañas y cuando se viene la sequía queda enfermo). Antes, cuando no teníamos dinero para comprar carne de res o de puerco, o chorizo, Decía tu abuelita, “ Anda Elvira, llévate la cubeta al río” y a la hora regresaba con langostinos y comíamos eso, eso comíamos cuando no teníamos dinero y ya ves, en esta fiesta que hicimos de la familia y mandamos a traer langostinos, nos sacaron los ojos de tan caro que está el platillo. Mamá yo recuerdo que mi abuela, era delgada con su cabello negro, que se hacía trensas y después lo ordenaba en su cabeza y sus brazos los tenia llenos de venas. Claro que sí, así era, pero lo de las venas, se debió a que ella dos veces por semana, manejaba su bote y se iba a comprar leña cerca de la bocana. Mi mamá no se le dificultaba nada, a los varones que crió los traía cortitos y ay de aquel que le rezongara. Era dura, muy dura, pero nos enseñó a trabajar y a respetar lo ajeno. Las venas saltadas de sus brazos es por la fuerza que hacía para manejar la lancha entre los rápidos del río, cargar la leña y regresar dispuesta a darnos de cenar y vigilar que todos tuviéramos la panza llena y el sueño a flor de ojo. Era la última en dormirse.
PERRO NÓMADA
•Agosto 26, 2009 • 1 comentarioBajo la sombra del portón y sentada sobre un cabo de árbol, una púber escudriña el caserío imaginando que su perro yace con el lomo quebrado en alguna callejuela. Su mirada contiene tristeza y cada vez que parpadea talla los ojos como tratando de quitarse alguna brizna. No le arden, no le pican, pero ella los talla repetidamente. Varias amigas la saludan y más de alguna se acompaña por su perro. Está por irse cuando
siente el roce de un lomo peludo por sus piernas, sabe que es “callejero” . Se hace la indiferente y alzando la voz lo regaña por no avisarle dónde es que se había metido. “Dos días sin saber de ti” le dice. Es demasiado, piensa ella. El Perro le mueve la cola. Ella no se inmuta. Su mirada profunda se vuelve más triste y proyecta que en un futuro “Callejero” no regresará- De lo más dentro de ella más que grito es un chillido que le dice “ No has sido buen perro. Eres libertino, andariego” El can lame sus manos, chilla, mueve la cola. Ella sabe lo que tiene que hacer, suspira, lagrimea. Toma de la calle piedras y cerrando los ojos, las tira a no darle y le grita “vete” camina dándole la espalda a pasos cortos y después corre hasta ser un punto.
El albañil
•Agosto 6, 2009 • 1 comentario
Cuantas cosas habré aprendido, no lo sé. Hoy estudié de corrido tratando de que con una ojeada aprendiera lo más. Ya no soy el mismo, el tiempo y los excesos también cuentan. Es lo vivido que habla. Sin embargo, no quedo inmovil, lo intento, acomodo, hago trampas mentales, tomo apuntes y trato de salir del atascadero .Por ejemplo abrazo un objeto y ensueño, me voy lejos, regreso, lo juego en mi cabeza, lo aviento lo más lejos que puedo, lo busco, le hablo y confundido y torpe, lo huelo y aunque esté cambiado lo reconozco; entonces lo tomo de la mano y lo beso.
Estoy en este lugar, en el mismo que estuve, cuando llegué con treinta años menos, ¿o serán cuarenta? Lugar que vieron mis ojos crecer. El albañil, un tipo regordete, con ojitos de sapo trabajaba con uno de sus hijos para levantar las paredes, luego, como sabía de todo, planeó la toma de agua, la pileta, el baño. Lo recuerdo bien, tan bien que lo veo aplanando el muro, sudado de los pies a la cabeza, ordenándole a su hijo como quería la mezcla, era una máquina trabajando en silencio, con manos de cemento, pero hábiles para dejar el aplanado como la hoja de un cuaderno. El hijo al igual que él trabajaba en silencio siguiendo las indicaciones. El verdadero regocijo para ellos, era a la hora de su descanso. En una ocasión que llegué a las dos de la tarde, lo encontré eligiendo un lugar , decía al hijo compra en la tienda refresco bien frío. La verdad hacía bastante calor. Los saludé y pregunté si no le faltaba material, me dijo que no. Pocos minutos después llegaba su esposa, su hija y un bebe de ocho o diez años. La señora acomodaba un mantel limpio, sobre una mesa improvisada, que él previamente había armado. La mujer de unas vasijas sacaba el alimento y servía en platos partes iguales. A la madre y a la hija les buscaban una silla, los varones en cuclillas. Daba una oración en voz baja y empezaban a comer.
No desea un “taquito” -me dijo. Me acerqué y con respeto tomé una tortilla con chile y frijoles y los acompañé. No me había enterado que esa escena se repetía todos los días a esa hora. Entendí que, como él no podía comer en su casa, la esposa y la hija iban a donde estuviese trabajando y comían juntos como una familia pobre, pero con valores.
AMIGAS
•Julio 25, 2009 • 2 comentarios
Muy de mañana esperaba sentada en un café de chinos, cuanta diferencia había de aquella que traté en la escuela del barrio. Susi se levantó en breve para recibirme con un beso en la mejilla y capté su olor a tabaco y fiesta. De jovenes concurrímos a los mismos lugares y al pasear juntas las miradas de los varones siempre se movían al compás de sus caderas.
Caminos diferentes nos separaron, ella fue de tumbo en tumbo yo entre las velas, el rosario y el recato. Mientras sorbíamos el café me pidió una buena cantidad de dinero para rehacer su vida, cosa que aplaudí, se lo prometí de corazón, por los viejos tiempos. Claro, antes continuaría trabajando con los años de juventud que le restaban, en el salón privado donde noche tras noche prostituía. Yo, como administradora general le ahorraría un bono para su retiro.
