La depilación

Hoy, los pelos de la nariz han crecido. He conseguido un espejo con aumento y una pinza. A ver, allá­ está uno. Trataré de apresarlo, no logro, ¡buf!f al fin; ¡tardé una eternidad! Parece que fue ayer cuando mi amante me decí­a, acuéstese, que yo lo depilaré. Uno tras otro los sacaba y cada vez que gritaba, ella corrí­a sus dedos por mi mejilla y frotaba su nariz contra la mía. Eres chillón,  y me besaba..

 

Las margaritas

margaritas,1

El señor que vendió las margaritas enanas dijo que eran grandes, casi gigantes. Me tapé la boca para no carcajearme. Las cultivan bajo la luz de luna y en un valle que está cercado por las montañas. Los pétalos, al comienzo, son transparentes y terminan en blanco sideral. El centro de la flor parece estar en llamas, luego, sobreviene un amarillo suave. Lo grandioso es cuando se asoma a ellas. Se quitó los lentes hechos de migajón, movió las cejas hirsutas y afinó su mirada.
— ¿Y qué es lo grandioso?
—Que en el momento de meter sus ojos dentro, ellas dejan de ser de usted.
— ¡Explíqueme!
—El ramo le pertenecerá a la mujer que ama. Siempre y cuando la quiera de verdad y lo oriente hacia donde ella tiene su hogar.
Le compré el ramo, era el único.
—Hay otro secreto, para que su amada piense en usted — arqueó la ceja, y me sonreí – tiene que comprar otro ramo; de esa manera se simbolizan las dos almas.
¡Ah qué señor, ahora quiere que le compre otro! – pensé.
De buena manera se lo pedí, pero dijo que no, que era imposible pues por alguna razón los productores de las margaritas “gigantes” —que yo las veía casi enanas— no le habían dado el par; agregó que tendría que esperar el otro ciclo lunar para traérmelo.
— ¿Y a poco las flores van a resistir hasta que llegue el otro ramo?
Se alisó el mostacho y me contestó.
—Sí. Sólo tiene que meterlas en un florero de vidrio y ponerlas en agua, pero no es un agua cualquiera.
De su maleta sacó una botella con un líquido ámbar.
-Agua y dos cucharadas diarias de este líquido, le dará alegría a las margaritas y ellas se mantendrán frescas y lozanas.
-¡Ya me tenía agarrado del cogote! ¿Y cuánto vale el frasquito?

Cuando lo vi partir, parecía moverse entre la multitud con facilidad de un maestro de artes marciales. Arreglé el ramo, lo puse en el florero y le eché las dos cucharadas del líquido ámbar y sin pensarlo, las observé. No percibí ningún cambio. Ubiqué el florero en el mostrador y las ventas fueron cuantiosas. Ya entrada la noche, llegó ella, falda de vuelo de flores y una blusa sencilla de algodón y ojos de paloma.
— ¡Qué hermosas margaritas!, parecen recién cortadas, yo vivo en la parte sur de la ciudad y estaría encantada de tener un ramo como ese.

Hoy he salido del negocio más de cuatro veces, es día de tianguis y la gente va y viene, pero él, el señor de cejas hirsutas y que camina pareciendo no tocar el suelo, aún no llega.

En el parque

Monumento a Cuba MadridHay una estatua, que cuando tránsito por la arboleda siento que me mira. Giré la testa con rapidez para sorprenderla y sólo conseguí aceptar que su mirada es más pesada que la mía. Bajé la cabeza y un sabor de hojas removidas me abrazaba.

Tuve una novia que cierta vez, se desató de mi mano y corrió a una banca abanicada por el mar y se recostó cruzando la pierna imitando a una estatua. Nunca supe de ella…
y sólo la recordaba cuando pasaba por esa banca.

Me llené de años y percibí que al pasar por el bosque
la estatua que saluda al sol me mira insistente. Un día, cansado de la persistencia la enfrente cara a cara, ojo a ojo y reconocí en su frente la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y dejé que mi cuerpo se perdiera entre la arboleda.

El día se marca en las mañanas

Hoy en la mañana me bañaba, cuando escuché que abrían la puerta, al darme vuelta me encontré con mi esposo en una actitud de recuperar una noche perdida de sexo. Le dije que ya tendríamos tiempo. Pero el agua que caía de mi pelo dejaba gotas que se prendían a mi piel, ya sus palmas sopesaban mis promontorios excitándolo más. Hubiese querido sentir lo mismo, sin embargo, las urgencias de citas contraídas, me limitaban. Nada me excitaba. pensaba en el maldito tiempo que nunca es suficiente, ni para el descanso, ni para el sexo. Sentía un coraje que no deseaba expresar con palabras y no hacerlo sentir mal “por favor déjame salir” y en un titubeo me zafé de sus brazos llegué a mis labores, pero atrás dejé una mano que estalló en la puerta del baño.

Nostalgia

Gato en el tejado de zinc calientepor las mañanas sorbíamos café. Ella, sentada en mis piernas;
—¿No quiere más?
yo sonreía, mientras mi mano jugaba con el rulo de su pelo y extasiado con el olor de su cabellera. Todo está igual: los libros, el viejo ventilador, las flores en el esquinero.

He prometido no preguntarme: ¿sí ella recordará? ¡maldigo!

¡Qué tiradero! Un poco de orden antes de cerrar las ventanas, mientras escucharé la melodía que gustábamos y de su pelo salían mariposas oliendo a manzanilla. ¡Uff!, ¡qué cansancio!; todo reluce como si ella lo hubiese hecho! Me dormiré en la poltrona, antes pondré mis días en mis manos, se irán en la madrugada, sin que puedan asustarse por los ruidos de la ciudad.

Tormenta

tormentaLlovía, llovía intensamente…Detuvo el carro. Soltó la mano del volante y la depositó en la frágil nuca de la mujer. En silencio toleraba el martilleo en su cabeza. Era un cuello frágil y llovía, llovía, llovía…. La mano subía y bajaba. Eran caricias analgésicas obsequiadas con las yemas de los dedos. Sólo se detenían entre los dorsales y el Nilo de la espalda. Ella Aflojó la tensión y lo invitó a seguir. Dos manos iban y venían que mojaban, que humedecían. Afuera del carro los cántaros de agua se rompían en el parabrisas.
—¿El dolor? -le preguntó.
—Me lo quitas con las manos.
Estas crecieron desmesuradas. Llegaron al pómulo de sus pechos. El clímax del agua coincidió con el arrebato. Ella fue quién lo guío; y sentada, lo cabalgó en la tormenta. Después le musitó.
—Llévame a la casa no sea que me vuelva el dolor.

El novio

Lo presenté a mis padres como mí novio. Aceptamos que en la casa había que tratarnos con mesura. Al anochecer pasaba a verme. Decía “hola que tal como te ha ido” sonreía y contestaba “bien” Luego íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Cuando las palabras se hacían bolas en nuestra mente nos mirábamos como idiotas y reíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá me decía:
—Que serio es tu novio, siempre tan callado, ¿Así es?
Uno de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban platicando en la cocina lo empecé a cachondear y, él molesto me decía “nos van a ver” y se corría al extremo del sofá. Me enojó que tuviese gelatina en las venas y persistí. Acariciaba su pierna y subía la mano hasta llegar a sus ingles; sobaba de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta que obtener la respuesta deseada.
Él no sabía que hacer… y me agradaba verlo colorado y caliente. Yo tenía una risa que trataba de detener, pero me ganaba. Risa que a veces se convertía en carcajada. En la noche lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos y siempre con un ojo al gato y el otro al garabato. “Por favor estate quieta” y lo dejaba un momento, para después volver. Y ver su respiración agitada.
Un día mis padres salieron y preguntó por ellos, “luego vienen” le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en temor, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ya no me río.

La mariposa

mujer dueloHabía comprado un lote de libros viejos a insistencia de su esposa. Él confió en la intuición de ella y resolvió la operación obteniendo un préstamo con intereses altos y dejando en garantía el resto de sus propiedades.

 —Con una joya que te encuentres será suficiente para hacernos ricos.

 

La biblioteca perteneció a una familia que llegó en el siglo pasado proveniente de Europa. Se encerró días y noches entre libros viciados de tiempo. Los últimos meses los pasó alejado de los eventos sociales con el objetivo de encontrar un volumen que tuviese alto valor en el mercado y, que le permitiese salir airoso de sus acreedores. Alicia, su compañera lo asistía y solamente recordaba los días de vino y placer. Muchas veces el cansancio le había cancelado la vigilia y su esposa lo encontraba sobre las pastas de polvosos libros.

 

Esa noche, fatigado por la lectura y, después despertar en la hora que los gallos descorchaban la alborada; sin explicarse cómo, logró comprender un libro sobre recetas y hechizos escrito en latín. En la mañana cuando su mujer llevaba café y panecillos lo encontró ensimismado. Dejó a su lado el aromático y  se retiró en silencio. —Algo encontró.

 

Horas después había redactado dos cartas: En una decía, lo que todo el que se va suicidar dice: “No se culpe a nadie de mi muerte” y el final: “dejo todos mis bienes, pólizas y seguros a mi amada esposa”. La segunda carta dirigida a su cónyuge. “Como sabes, nos casamos por bienes separados, así que, no tienes por qué pagar mis deudas. Entiérrame de tal manera que tú, sin ayuda de nadie, puedas rescatarme. Estaré en un estado catatónico y al mes exacto, volveré a mi conciencia”. Destruye la carta y este viejo libro redactado en latín.

 

Entre los rezos, el novenario, los abrazos de condolencia se pasó el tiempo. Los acreedores se retiraron y el día previsto, ella canturreaba bajo el velo y vestida de duelo. Cuando caminaba hacia el cementerio, el viento zarandeaba sus ropas. Casi al llegar a la tumba llamó al mozo del cementerio, y ordenó que la mantuviera limpia, que los floreros estuviesen relucientes y que nunca faltasen rosas blancas, que eran de la preferencia del finado. La gente la veía con el rosario, los ojos hundidos y un manto de agua que humedecía el pañuelo y cómo en los caminos solitarios parecía a la distancia una enorme mariposa negra que se perdía entre la arboleda de aquella tarde vieja.

La servidumbre

tender-la-camaYa había barrido el patio; pero Celia gustaba de ver el azahar del naranjo esparcido en la tierra negra y al fondo la enredadera con sus flores que parecían tacitas de té. Después seguía con la vivienda. Asear cuarto por cuarto, era cada vez más pesado. Las camas se hacían inmensas y tardaba más de lo debido tratando de que las sobrecamas quedaran con ese toque de exactitud que deseaba la señora. Cuando sacudía, el polvo la hacía estornudar con violencia infinidad de veces. De su bolsa extraía un pedazo de papel higiénico y con fuerza se sonaba y movía la cabeza. “Tengo años haciendo esto y cada día me canso más. Me cuesta trabajo meter la escoba debajo de las camas. Cuando exprimo el mechudo, el agua fría me entumece las coyunturas y la fuerza se hace torpe. El ajetreo cansa y cuando arremete el dolor de espalda dan ganas de tirarme al piso. ¡Pero no!, tengo que seguir, pues a la señora le gusta que los vidrios estén relucientes y para lograr el efecto hay que pulirlos con papel periódico”. Suspiraba, se iba a la cocina y consumía una taza de café y pan para poder continuar. Volvía al quehacer. “¡Ya no tardan en llegar! El tiempo apenas me alcanza para hacer una sopa de arroz y guisar el pollo con ajo y tomate. Debe estar bien sazonado, pues si a la señora le disgusta no me dice nada, pero le queda el mal carácter por el resto de la tarde”.

El calor del mediodía, se escurre por el tejado y en el bochorno de la cocina recuerda que el clóset de Toñito está en desorden. “Es un niño que piensa que al esconder sus trebejos ya se ganó la gloria. Si su mamá se da cuenta, con seguridad lo regañará y en vez de jugar fútbol el domingo, tendrá que acompañar a sus hermanas a la fiesta. ¡Ah si no fuera por él!, yo anduviera en mi rancho, tiene quince años y cada día se parece más a su padre. Va a ser alto, con unos ojos que solitos platican; como los de su papá en aquella tarde: estaba sentada en el escalón, secándome el pelo y el señor llegó con los ojos brillosos y me empezó a decir cosas cerca de mis oídos, dejándome pedazos de respiración en mi cuello. Me hacía la tonta, pero sus palabras fueron hallando acomodo y después me encontré ansiosa de que siguiera, y él siguió. Sus brazos alrededor de mi cintura eran duros como ramas; y luego, su voz que me decía: si tienes un varón me harás el hombre más feliz. No recuerdo las veces que lo intentamos, pero todos los meses la regla llegaba como soldado a su guardia. La que se embarazó fue su mujer, pero a Toñito lo siento como mío. Si no fuera por él, no sé dónde andaría”.

 

 

 

 

 

La noche

Entregó el aluminio en el centro de acopio para comprarle a su esposa un vestido que tuviese rayas negras y llevarla el domingo al circo; en las afueras de la ciudad. A sus sesenta años, conservaba un aire robusto que lo hacía parecer más joven. Dulce, su esposa, aún sin cumplir los treinta, podía ser su hija. Ella lo escogió por la ternura que percibió en él, después de haberlo conocido. Nunca le hizo reclamo alguno por la penuria en que vivían. Todas las tardes lo esperaba meciéndose en una poltrona oxidada; su mirada caía sobre un montículo, desde donde él levantando los brazos le chiflaba. Ella le respondía con un silbido agudo y entrecortado; después se iba a la casucha y ponía al fogón la escasa cena que compartirían. Entre risas y toqueteos, el cabo de vela se consumía, luego ella reposaba sobre su brazo y lo veía en sus sueños. Él le alisaba el pelo hasta quedarse dormido. Esa vez ella no contestó el chiflido, él respiró hondo y aceleró la caminata. La vio en el catre, balbuceando por la fiebre. La respiración parecía un pájaro que volaba sin control golpeándose contra los riscos. Pensó en buscar ayuda, pero temiendo lo peor, se quedó a su lado. Media hora después, el aliento se detuvo. Bajo la luz magra la depositó sobre un banco de madera. Desollado del ánima, la empezó a vestir. Rezaba las oraciones que aprendió de niño y otras que salían de su interior. Cuando la luz de la vela desfallecía, cayó en el sueño y recostó su cabeza sobre el regazo de la finada. ¡Cuántas veces durmió sobre su vientre!

Entre el ensueño, escuchó el estruendo de un bulto al caer y el sonido que hace un cuerpo al ser arrastrado por sobre la superficie terrosa. Impulsado por el instinto, cortó con un grito el silencio, y con rapidez, tomó una barra de metal, asestó golpes en la oscuridad haciendo un ruido ensordecedor. Pudo escuchar un chillido y el salto de una bestia en fuga. Después, en la penumbra, percibía el aroma de la parafina, y tuvo el deseo apremiante de gemir. Prendió otro cabo y vio a su mujer en el suelo, casi en la puerta, la levantó, recostándola inerte sobre el banco de madera, que servía de velatorio. Cuando hubo suficiente luz observó la piel rasgada de su cuello y con delicadeza trató de acomodarla. Parecía que la difunta lloraba, eran lágrimas de él que caían sobre los ojos abiertos de ella. El cadáver tenía las manos apretadas, y una gran tarascada en el brazo. Caían los sollozos y  hablaba como si le oyese, arregló lo mejor que pudo el cuerpo amado y con esfuerzo  abrió  los puños. Un aullido intenso salió de su entraña, al ver que dentro, había sangre, pedazos de ojo y pelos negros.

POESÍA, CUENTO Y FICCIÓN BREVE

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