SITUACIÓN ACTUAL

Tengo un menú de cirugías; Pensé que sería la última la de columna lumbar, pero la vida se escribe día a día. La evolución ha sido insatisfactoria. La pierna derecha  se queja de dolor profundo, intenso, cuando apoyo mi cuerpo sobre ella, o bien cuando inició la marcha y me hace trastabillar. Tengo que dormir en determinada posición para no despertar el animal que llevo dentro y no gritar por dolor. (posición fetal y del lado izquierdo es como mejor me siento ), para caminar me apoyo con una andadera .Sentarme para comer  puedo hacerlo  con maña. El reposet  me acoge mejor y me permite distraerme con la televisión.Tomo la pc portatil para comunicarme breve con ustedes  amigos reales y virtuales. En días veré a otro especialista. Lamento no tener la misma actividad y no poder darles las gracias por acompañarme cuando publico algún texto.

Abrazos con afecto a mis amigos que me leen en mi blog y en fb y en la pagina azul, los cuentos.net Ficticia.com

Sendero – Rubén García García

 

La esperanza

mujer caminandoLlegan mujeres de otras vidas.
Mujeres que pasan a mi lado
doblando orillas de hombre.
zurciendo la esperanza.

Tú no llegabas.

En mis sueños veía
que la inquietud te despertaba
y en el cielo de tus ojos
las nubes aceradas
transitaban en sospechosa calma.

Despertaba con un tal vez,
y en la boca un resabio de la oscuridad de tu trenza.

Estoy en esta esquina
viendo pasar a las mujeres,
que van hilando su camino;
y no te veo.
Quizá nada es cierto.
sólo fantasmas.

Mas… sigo esperando a que llegues.

La tocata

piano

La ciudad es un hormiguero de alientos que se aleja y vuelve. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones de vehículos que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados por el claxon, la prisa y la ansiedad.

Hay un cielo con grises en desparpajo que presumen agua. El viento que llega tiene olor a metal, cuero y ácido; viene en ráfagas, mueve tendederos, antenas y anuncios espectaculares. Los pájaros nómadas toman un descanso, huyen del frío, del ruido y el smog.

Estoy guarecido bajo una cornisa y miro a la gente que corre. Algunos cubren sus testas con los periódicos del día, otros se tapan con un viejo suéter, estremeciéndose. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. En ese momento tu imagen aletea en mis ojos y me prende en el recuerdo.

Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.

Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante.
Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis gruñidos y monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineándome el alma, pero todo cambia.
Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.

Aquella mañana, cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagino en qué problemas te verías, si el carruaje se detuviera en cada esquina, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano. Recuerdo que cuando te sentaste, los cabellos se tendieron en la superficie de la mesa. Olías a mañana de pueblo, que en la noche se lava por la sorpresa de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, zigzagueantes, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.

El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiré tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma a manzanilla. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas, pero no fue posible, y escapaste.

Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.

Así llegaste a mi vida. Simplemente te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y esa tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambiando de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba.
— Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas indefenso, cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos, si llega el viento, parecen dos rehiletes.
Era increíble, ¡me tomabas en cuenta!
Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me suavizaste la piel con tus caricias y mis ojos eran dos girasoles cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante y el alma se vitalizaba.

Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse del jarrón. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río sin saber nadar, bracear sin ton ni son, hasta el desmayo, percibir que en el fondo resbalaban los musgos por la calvicie de mis rodillas y el agua llegándome al alma a través de las corrientes celulares. Luego, cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad; cabizbajo, solía regañarme por no haber interpretado correctamente tus señales.

Hoy, a tu lado, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se acuestan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros.
—Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas.
—Déjame en la esquina, por favor.
— ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres?
—No, gracias.

El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado, un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva

Atrapada

mujeresEsteban siempre sonríe, me busca con su mirada y cuando creo haberlo perdido, me asalta con su porfía, pero se retira al percibir mi indiferencia. ¡En cambio tú…! En el bar, la penumbra es cómplice. Soy yo la que te besa, la que ausculta tus latidos con mi boca. ¡Estoy atrapada en ti! ¿Por qué no fuiste como Esteban?

La urgencia

durazo

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede.

Con un trapeador el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares están de pie.

De pie, es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan.

Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. 

Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. 

Si acaso se oye una radio que da la hora, es el programa del “ojo pelón”. Los que toman las decisiones críticas, duermen; se despiertan sólo si es necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Presienten un mundo vacío, sin asideros. 

Las enfermeras –algunas, ángeles; otras, no tanto– aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina.

El puente entre la paciente y la institución son los internos, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen cuatro centímetros de dilatación.

Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico interno de pregrado es no tener “Camachos”. 

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero –ese sí– clavado en la vena.

Dos de nosotros guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros. 
El jefe –en el silencio del hospital– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. 
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaba con énfasis nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud. 

Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron 
sus extremidades, para que las apoyara en las pierneras en posición ginecológica. 

Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien –y, por dentro, muriéndonos de risa.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. 

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado.

No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. 

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

POESÍA, CUENTO Y FICCIÓN BREVE

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